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Cubanet / Noticuba Internacional
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La Habana, 25 de mayo
de 2006
Siempre estuvieron
allí, con más o menos suerte. Durante años
se les
vio pregonar su mercancía. Tuvieron su peor momento en
los años 70.
Para la década de los 80 casi habían desaparecido.
Llegó el 95
y cobraron de nuevo fuerza. Menos vistosas que las 
jineteras internacionales, asentaron sus lares en la esquina de
Monte
y Cienfuegos, en Centro Habana, y vivaquean por los alrededores.
Cobran cinco dólares por un completo, y anuncian su tarifa
entre
policías sordos y chulos desarrapados y borrachos.
Mara es una de ellas,
una hermosa mulatita de 14 años. Caminaba por
la calle Monte acompañada por una mujer de edad indefinida.
Ella le
hacía la pala, y de vez en cuando ligaba a algún
cliente borracho. En
cuanto me vio lanzó una hermosa y provocativa sonrisa.
Luego la mujer
mayor se me acercó y dijo por lo bajo: "Papi, ¿quieres
matar una
jugada?"
Qué manera de
decirlo, pensé, pero le dije que me explicara, y como
quien lee el menú de un restaurante me recitó la
lista de servicios
que prestaba Mara. Conversamos un rato la vieja y yo. Mientras
Mara
atendía a un cliente, le hice la pregunta más inevitable
y más tonta
del mundo en estos casos: ¿Por qué una muchacha
tan hermosa y joven
como Mara se dedicaba a eso? Me miró de arriba abajo, incrédula.
Luego me preguntó en qué trabajaba y cuál
era salario. Le dije
que era periodista en una emisora de radio, y se comenzó
a reír.
"¿Sabes cuánto gana Mara en un día malo?
Entre 50 y 60 dólares. Saca
la cuenta, periodista. Ustedes ganan menos y hacen el mismo trabajo".
Era cierto, estaba hablando de mi salario de seis meses más
o menos.
Después nos
vimos varias veces. Pasaron los años, y siempre que
transitaba por allí me detenía a conversar con ellas.
Mara se fue
deteriorando. Como veterana de Monte y Cienfuegos mantenía
ciertos
privilegios, pero con sólo 24 años parecía
una mujer mucho mayor. Eso
le hacía perder clientes, ante la avalancha de muchachas
llegadas de
provincia, dispuestas a todo y con menos años de uso.
Un día dejé
de verlas, y la curiosidad me dio por investigar la
suerte corrida por ellas. No sin mucho trabajo, y luego de vencer
la
desconfianza de sus colegas, encontré a la vieja. Ya no
hacía la
calle, ya no acompañaba a la bella mulata. Con sus ahorros
había
comprado un cuartucho cerca del Mercado de Cuatro Caminos. Ahora
se
dedicaba a alquilar el lugar, una mugrienta covacha, por 20 pesos
la
hora, a sus antiguas cofrades.
Mara tuvo que cambiar
de rumbo. Fue desplazada de su esquina el año
pasado y buscó sitio y clientes en el Mercado Agropecuario.
Luego fue
a parar al Malecón, y alguna que otra noche trabaja en
un cabaretucho
clandestino cerca de la Plaza Vieja.
Ya no se ven tanto
por Monte y Cienfuegos. La persecución de la
policía y la competencia de los travestis las ha llevado
a buscar
otros lugares. Merodean las paladares (las pocas que sobreviven),
las
casas de juego clandestinas, los parques oscuros, las esquinas
en
penumbras de Centro Habana, los clubes nocturnos, los bares donde
venden cerveza a granel. Algunas, para ganar un poco más,
venden
pastillas o marihuana.
Mucho más baratas
que las internacionales, más en precio que ellas,
practican el oficio más viejo de la humanidad, y a su alrededor
se
teje toda una red de negocios clandestinos. Mucha gente vive de
esas
jineteras: policías, chulos, traficantes, dueños
de cuartos próximos
a sus áreas de trabajo. Sus clientes son los nuevos ricos,
los
gerentes de las empresas mixtas, los campesinos e intermediarios
de
los mercados agropecuarios, pero alguna que otra vez algún
mal
padre de familia dilapida su salario del mes en busca de un poco
de
sexo tarifado.
Están más
en precio, pero muchos sólo pueden conformarse con verlas
pasar. Como quiera que sea, ganan mucho más en un día
que un médico o
que un ingeniero, mucho más que un obrero o un militar,
aunque sus
tarifas contemplan estos casos y hay servicios más baratos
y rápidos
para quien quiera usarlas.
Hay algunas expertas
en semáforos. Son rápidas, baratas y eficientes.
Otras se especializan en esquinas, baños de cafeterías,
salas oscuras
de cines y bancos de parque.
El rango de edades
de las jineteras nacionales ofrece mayores
posibilidades. Las hay desde 12 años hasta 50. Las hay
también de
todas las razas: blancas, chinas, negras, mulatas. De todas las
regiones del país, de todas las profesiones y oficios:
enfermeras,
maestras, lingüistas, camareras. Las hay doctas y analfabetas.
Nada,
las hay para todos los gustos y para un mayor número de
bolsillos.
Algunas incursionan en el negocio internacional, pero esto es
una
excepción y no una regla. Para esto se requiere apoyo,
chulos bien
conectados. Además, el nacional es menos arriesgado y,
según dicen
ellas, más rentable.
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