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2 de agosto de 2006
La Habana www.PayoLibre.com
Yuneisi puede ser cualquier adolescente cubana. Pobre,
hambreada, hacinada en una casa en ruinas llena de familiares.
Todos frustrados y sin esperanzas como ella.
Nació en Santa
Clara, pero igual pudo nacer en La Habana o Santiago.
Con 14 años
entregó su cuerpo, por un poco de dinero, ropa, por comer
un poco mejor y en busca de diversiones, algo que su edad impone.
A los 15 ya había
recorrido algunos hoteles y lugares turísticos que sus
amistades no conocían. Para conocerlos, si no se hubiera
prostituido, hubiera tenido que ocurrir un milagro o esperar pacientemente
a que el gobierno cambie.
Hubo una noche que
no olvidará jamás. Eran unos españoles, tres
para ser exacto. En el hotel Cohíba, bailó y tomó
hasta la madrugada.
Sintió un mareo
no común, había aprendido a beber sin perder la
cordura. Habilidades de su oficio. Fue al baño, deseaba
irse pero estos españoles le darían buena paga.
Vivía alquilada en La Habana. La pensión de sus
padres y su forma de vida necesitaban ese dinero.
Al montar en el carro
perdió la noción del tiempo, no recuerda casi nada.
Unas luces, una cámara y tres hombres. Sólo eso.
Por la mañana al despertar, no reconocía el lugar,
mareada aún por las drogas, afirma: Qué otra
cosa podría ser, sus ojos se humedecen.
Miró hacia la
mesita de al lado de la cama. Había un sobre. Lo abrió,
el contenido era de 200 dólares y una nota.
Le sorprendió,
al abrirla y leerla, el mundo cayó a sus pies, en un instante
se destrozó. La nota decía: puta barata, bienvenida
al mundo del SIDA. Para qué contar lo que hice
después. Me sentí morir. Me dijo con la voz
quebrada.
Yuneisi regresó
a Las Villas. Deambula por las calles de su pueblo sin rumbo fijo.
Los ojos perdidos en un horizonte de polvo y humo. No le gusta
que le hablen del futuro. Tampoco del presente. Mucho menos si
es el gobierno el que habla. Hace tiempo que no cree en promesas
ni milagros.
Ella sabe que va a
morir, la diferencia es cuánto antes. Sólo desea
que todo cambie y que otras muchachas no sean víctimas
de tanta miseria y desesperanza. Que puedan reír, pasear,
conocer lugares bonitos y amar sin interés. Sólo
amar.
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