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Primera historia
En octubre de 1995, la ciudad francesa de Nantes celebró
la sexta edición del festival conocido como "Les Allumées
de Nantes". Durante los cinco festivales precedentes, las
autoridades de esta importante ciudad portuaria del Atlántico
francés habían homenajeado a cinco ciudades del
mundo con las que Nantes había mantenido, en tiempos pretéritos,
vínculos comerciales vitales para su propio crecimiento.
La edición de 1995 quedaría así consagrada
a La Habana, plaza comercial del Nuevo Mundo con la que la ciudad
había mantenido estrechas relaciones mercantiles durante
el vergonzoso tráfico negrero. La celebración, al
parecer, no ponía mientes en esto, como tampoco, como se
verá en lo adelante, en el objetivo mismo del encuentro.
Era, lo que los anglosajones excluyen del concepto de lo "políticamente
correcto".
De este modo, 300 artistas cubanos (en lo esencial músicos)
atravesarían el océano para desempolvar, más
de un siglo después, los lazos comerciales entre ambos
puertos. El programa anunciaba una auténtica constelación
de estrellas del patio hasta la fecha nunca vista, en calidad
y calidad, por el público francés. Cien mil entradas
había previsto vender el Ayuntamiento y de éstas,
unas diez mil, había sido vendidas ya. La zona portuaria
acogía para esta ocasión decenas de kioscos de comestibles
y tenderetes que apaciguarían la sed de exotismo de los
nanteños. Mas, el programa incluía también
y aquí vale destacar que el Ayuntamiento se había
documentado muy bien acerca del pasado común entre Nantes
y La Habana, pero había descuidado informarse sobre la
triste realidad contemporánea de la isla, incluía,
repito, un panel y debate dedicado al espinoso tema de la democracia
en Cuba. De más queda aclarar que, en consecuencia, ninguno
de los 300 artistas de la isla fue autorizado a salir del país
(en Cuba, por absurdo que a un hombre del mundo libre le parezca,
un ciudadano debe ser autorizado por los servicios de emigración
para salir de su propio país). Las pérdidas acarreadas
por tal decisión fueron considerables para el Ayuntamiento
y los comerciantes de Nantes: las entradas vendidas tuvieron que
ser rembolsadas y los comercios de artesanías, comestibles
y bebidas no han podido aún, años después,
deshacerse del cúmulo de mercancías adquiridas con
motivo de aquella festividad.
La sexta edición de "Les Allumées de Nantes"
(la última además), fue la más deslucida
de todas, a pesar de los intentos por parte de sus organizadores
de remendar los estragos causados por el desgobierno cubano con
agrupaciones bastardas de ritmos latinoamericanos contratadas,
con premura, para remediar la ausencia de los cubanos. Pero en
francés se dice que le malheur des uns fait le bonheur
des autres (con la desgracia de unos otros construyen su felicidad)
y como triste consuelo, si acaso hubo alguno, de aquel desastre
nacería el último mito prefabricado de la música
cubana en el siglo XX: el cantante y compositor Francisco Repilado
(conocido como "Compay Segundo" y prácticamente
desconocido entonces), quien se hallaba trabajando en España,
sí pudo acudir a la cita de Nantes. Toda la prensa televisiva
e impresa, que se había movilizado para el magno evento,
se vio obligada a focalizar sus reportajes en el único
sobreviviente de la hecatombe. Esa misma semana, el sonero santiaguero,
ocupaba, sin rivalidad alguna, los grandes titulares de cultura
de los principales medios de comunicación franceses. De
la censura cubana y del azar nacía una estrella; del mito
y de su carrera fulgurante posterior, se ocuparían la prensa
y los productores.
Segunda historia
En junio de 1998, un crucero de la compañía Royal
Caribbean, zarpaba del puerto francés del Havre para surcar
el grisáceo Mar del Norte. Su destino: un periplo de diez
días a través de los fiordos noruegos. El personal
de navegación, además de francés e inglés,
hablaba, en su mayoría, español. La música
que desde el salón de fiestas inundaba los corredores del
barco, se cantaba en la lengua de Cervantes pero se tocaba en
cubano. Entre cubanos resulta difícil comunicarse de otro
modo que en cubano, y aquel ejército de camareros, personal
de servicio y músicos no cesaba de comunicar entre sí
en un lenguaje gestual y oral que me resultaba demasiado familiar.
Recuerdo que no habíamos descubierto aún las costas
escandinavas cuando temblé ante la idea, tal vez absurda,
de que en lugar de un viaje a través de los célebres
fiordos nórdicos, aquel gigantesco edificio flotante, me
llevara, desprevenido, a las más cálidas pero no
menos turbulentas aguas del Caribe cubano, para mostrarnos, en
lugar de fiordos, los pintorescos cayos del archipiélago
de Sabana-Camagüey.
Mas no fue este temor ni las fuertes marejadas los que me aguaron
aquel viaje, sino el enterarme, poco después, por mis pesquisas
e innata curiosidad, la razón por la cuál aquella
armada de cubanos viajaba hacia tan inusitados parajes. Aquella
gente atenta, eficaz y profesional era lo que en los manuales
de marxismo estudiados en Cuba solía llamarse "mano
de obra barata", y había sido contratada por la compañía
naviera al Estado cubano por una bagatela. En el canje, sólo
una ínfima parte del precio pagado por la naviera terminaba
en los bolsillos de los explotados empleados cubanos.
Al final del viaje, los turistas declararon haberse sentido muy
a gusto: vieron los anhelados fiordos y se recrearon además,
durante las tediosas noches de travesía, bailando al Son
de la Loma (muy descontextualizado, por cierto, en un viaje que
suponía más bien algo así como un acompañamiento
musical inspirado de la Polska de los Glaciares). Nadie supo que
aquellos músicos y aquellos empleados cubanos constituían
una violación flagrante de las normas de la Convención
Internacional del Trabajo. Por mi parte yo que sí
lo sabía, intenté obtener de mis compatriotas,
tan o más errantes que yo, la complicidad necesaria para
denunciar públicamente su caso ante las instancias pertinentes.
Todos, sin excepción alguna, me suplicaron que "dejara
aquello quieto", que en vez de ayudarlos terminaría
por hundirlos (con barco y todo). Aquel subempleo, aquella humillación
a la que entregaban los mejores años de sus vidas y su
talento, constituía la única tabla de salvación
para ellos. Desembarcamos en el Havre y tengo entendido que aún
realizan este mismo viaje bajo idénticas condiciones.
Tercera y última historia
El 19 de julio de 2003, una cola gigantesca, la más larga
que la ciudad de Miami haya conocido hasta hoy, se extendía,
bajo el tórrido verano floridano, desde la llamada Torre
de la Libertad (en el Biscayne Boulevard) hasta los elevados de
la vía rápida I-95, a lo largo de quince manzanas.
Había muerto Celia Cruz, la Guarachera de Cuba, y su cuerpo
yaciente, por voluntad de la artista, había viajado desde
Nueva Jersey a la capital del exilio cubano para que, expuesto
en una capilla ardiente, el pueblo de Cuba Libre pudiera rendirle
un último tributo. 175 000 personas intentaron desfilar
ante el féretro de Celia aquel día, unas 45 000
no pudieron hacerlo. Un día no había bastado para
que el nutrido cortejo de admiradores, cubanos y del mundo entero,
desfilara en su totalidad.
Celia Cruz, casi octuagenaria, era, al final de su vida siempre
activa, una artista realizada. Su carisma e innegable talento
la convirtió en el ídolo de varias generaciones
de hispanoamericanos, emigrantes, exilados como ella, o simples
ciudadanos. Para los cubanos, Celia representaba algo más:
la fuerza inquebrantable y la dignidad de no haber renunciado
nunca siendo ella misma la esencia de Cuba, a su condición
de exilada.
En uno de sus últimos trabajos discográficos, el
penúltimo exactamente, sabiéndose muy enferma, Celia
quiso dejarnos su testamento musical. En él "Por
si acaso no regreso", es el título de esta pieza,
nos anuncia, alegre y resignada a la vez, que se está muriendo
ya y que su único pesar es irse de este mundo sin ver a
su Cuba liberada. En múltiples entrevistas, Celia había
revelado que su sueño era poder visitar la tumba de su
madre en el cementerio habanero de Colón, madre en cuya
muerte no pudo asistir porque el gobierno cubano, ensañado
y vil, le arrebató ese derecho de hija, negándole
la visa de entrada al país (aquí también
hay que aclarar que todo cubano, haya o no adquirido otra nacionalidad,
debe solicitar una visa de entrada a Cuba que sólo es acordada
a aquéllos que, en el exilio o emigración, según
el caso, hayan mantenido una conducta compatible ejemplar,
diría yo con los intereses del Estado cubano).
Celia era y es la cubana más conocida de todas los tiempos,
también era y es la que más glorias ha obtenido
con respecto a decenas de artistas, cantantes y compositores cubanos
muertos en exilio que, como ella, han muerto sin ver sus sueños
del regreso realizarse. La lista de todos es enorme y me es imposible
aquí (es el tema de mi libro de ensayo de reciente edición
"Cuba: la musique en exil"), en este breve espacio,
ofrecerles, al menos mencionándoles, el homenaje que todos
merecen.
Coda inacabada
Con estas tres historias la censura por parte del gobierno
cubano actual a los artistas de la isla; la explotación
solapada y sórdida de nuestros músicos por parte
de ese mismo gobierno y el dolor de miles de artistas exilados
de morir sin poder recorrer de nuevo las calles de su infancia
he resumido lo que a mi juicio constituye el triste panorama de
la música cubana actual, su parte humana, la que debería
conmovernos y dolernos a todos y la que la mayoría de los
libros salsosos, artículos y reportajes periodísticos,
en los que el pueblo cubano es mero instrumento de diversión,
placer y de alegría jacarandosa, ignora o finge ignorar,
por conveniencia propia.
Nuestra música, por muy alegre que parezca, es una de
las más tristes del mundo. Lo es y no vacilo en afirmarlo,
porque detrás de cada nota tocada, de cada letra entonada,
por nuestros músicos y artistas en general, hay un hondo
pesar que anuda sus gargantas, y ese pesar, se llama libertad.
Madrid, 30 de enero de 2004.
William Navarrete (Cuba, 1968). Reside en París, Francia.
Escritor e investigador cubano, naturalizado francés. Presidente
y fundador de la Asociación por la Tercera República
Cubana. Su último libro publicado es "Cuba: la musique
en exil" (Ed. L'Harmattan, París, 2003, 260 pp.)
Ver tambien
Lo que nos enseña la comunidad cubana
en Francia
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