Color





Cuba: una música expoliada
Conferencia leída en el Congreso Cultural del Exilio (Madrid)
organizado por la Asociación Española Cuba en Transición.
30 de enero de 2004
William Navarrete

 


Primera historia
En octubre de 1995, la ciudad francesa de Nantes celebró la sexta edición del festival conocido como "Les Allumées de Nantes". Durante los cinco festivales precedentes, las autoridades de esta importante ciudad portuaria del Atlántico francés habían homenajeado a cinco ciudades del mundo con las que Nantes había mantenido, en tiempos pretéritos, vínculos comerciales vitales para su propio crecimiento. La edición de 1995 quedaría así consagrada a La Habana, plaza comercial del Nuevo Mundo con la que la ciudad había mantenido estrechas relaciones mercantiles durante el vergonzoso tráfico negrero. La celebración, al parecer, no ponía mientes en esto, como tampoco, como se verá en lo adelante, en el objetivo mismo del encuentro. Era, lo que los anglosajones excluyen del concepto de lo "políticamente correcto".

De este modo, 300 artistas cubanos (en lo esencial músicos) atravesarían el océano para desempolvar, más de un siglo después, los lazos comerciales entre ambos puertos. El programa anunciaba una auténtica constelación de estrellas del patio hasta la fecha nunca vista, en calidad y calidad, por el público francés. Cien mil entradas había previsto vender el Ayuntamiento y de éstas, unas diez mil, había sido vendidas ya. La zona portuaria acogía para esta ocasión decenas de kioscos de comestibles y tenderetes que apaciguarían la sed de exotismo de los nanteños. Mas, el programa incluía también –y aquí vale destacar que el Ayuntamiento se había documentado muy bien acerca del pasado común entre Nantes y La Habana, pero había descuidado informarse sobre la triste realidad contemporánea de la isla–, incluía, repito, un panel y debate dedicado al espinoso tema de la democracia en Cuba. De más queda aclarar que, en consecuencia, ninguno de los 300 artistas de la isla fue autorizado a salir del país (en Cuba, por absurdo que a un hombre del mundo libre le parezca, un ciudadano debe ser autorizado por los servicios de emigración para salir de su propio país). Las pérdidas acarreadas por tal decisión fueron considerables para el Ayuntamiento y los comerciantes de Nantes: las entradas vendidas tuvieron que ser rembolsadas y los comercios de artesanías, comestibles y bebidas no han podido aún, años después, deshacerse del cúmulo de mercancías adquiridas con motivo de aquella festividad.

La sexta edición de "Les Allumées de Nantes" (la última además), fue la más deslucida de todas, a pesar de los intentos por parte de sus organizadores de remendar los estragos causados por el desgobierno cubano con agrupaciones bastardas de ritmos latinoamericanos contratadas, con premura, para remediar la ausencia de los cubanos. Pero en francés se dice que le malheur des uns fait le bonheur des autres (con la desgracia de unos otros construyen su felicidad) y como triste consuelo, si acaso hubo alguno, de aquel desastre nacería el último mito prefabricado de la música cubana en el siglo XX: el cantante y compositor Francisco Repilado (conocido como "Compay Segundo" y prácticamente desconocido entonces), quien se hallaba trabajando en España, sí pudo acudir a la cita de Nantes. Toda la prensa televisiva e impresa, que se había movilizado para el magno evento, se vio obligada a focalizar sus reportajes en el único sobreviviente de la hecatombe. Esa misma semana, el sonero santiaguero, ocupaba, sin rivalidad alguna, los grandes titulares de cultura de los principales medios de comunicación franceses. De la censura cubana y del azar nacía una estrella; del mito y de su carrera fulgurante posterior, se ocuparían la prensa y los productores.

Segunda historia
En junio de 1998, un crucero de la compañía Royal Caribbean, zarpaba del puerto francés del Havre para surcar el grisáceo Mar del Norte. Su destino: un periplo de diez días a través de los fiordos noruegos. El personal de navegación, además de francés e inglés, hablaba, en su mayoría, español. La música que desde el salón de fiestas inundaba los corredores del barco, se cantaba en la lengua de Cervantes pero se tocaba en cubano. Entre cubanos resulta difícil comunicarse de otro modo que en cubano, y aquel ejército de camareros, personal de servicio y músicos no cesaba de comunicar entre sí en un lenguaje gestual y oral que me resultaba demasiado familiar.

Recuerdo que no habíamos descubierto aún las costas escandinavas cuando temblé ante la idea, tal vez absurda, de que en lugar de un viaje a través de los célebres fiordos nórdicos, aquel gigantesco edificio flotante, me llevara, desprevenido, a las más cálidas pero no menos turbulentas aguas del Caribe cubano, para mostrarnos, en lugar de fiordos, los pintorescos cayos del archipiélago de Sabana-Camagüey.

Mas no fue este temor ni las fuertes marejadas los que me aguaron aquel viaje, sino el enterarme, poco después, por mis pesquisas e innata curiosidad, la razón por la cuál aquella armada de cubanos viajaba hacia tan inusitados parajes. Aquella gente atenta, eficaz y profesional era lo que en los manuales de marxismo estudiados en Cuba solía llamarse "mano de obra barata", y había sido contratada por la compañía naviera al Estado cubano por una bagatela. En el canje, sólo una ínfima parte del precio pagado por la naviera terminaba en los bolsillos de los explotados empleados cubanos.

Al final del viaje, los turistas declararon haberse sentido muy a gusto: vieron los anhelados fiordos y se recrearon además, durante las tediosas noches de travesía, bailando al Son de la Loma (muy descontextualizado, por cierto, en un viaje que suponía más bien algo así como un acompañamiento musical inspirado de la Polska de los Glaciares). Nadie supo que aquellos músicos y aquellos empleados cubanos constituían una violación flagrante de las normas de la Convención Internacional del Trabajo. Por mi parte –yo que sí lo sabía–, intenté obtener de mis compatriotas, tan o más errantes que yo, la complicidad necesaria para denunciar públicamente su caso ante las instancias pertinentes. Todos, sin excepción alguna, me suplicaron que "dejara aquello quieto", que en vez de ayudarlos terminaría por hundirlos (con barco y todo). Aquel subempleo, aquella humillación a la que entregaban los mejores años de sus vidas y su talento, constituía la única tabla de salvación para ellos. Desembarcamos en el Havre y tengo entendido que aún realizan este mismo viaje bajo idénticas condiciones.

Tercera y última historia
El 19 de julio de 2003, una cola gigantesca, la más larga que la ciudad de Miami haya conocido hasta hoy, se extendía, bajo el tórrido verano floridano, desde la llamada Torre de la Libertad (en el Biscayne Boulevard) hasta los elevados de la vía rápida I-95, a lo largo de quince manzanas. Había muerto Celia Cruz, la Guarachera de Cuba, y su cuerpo yaciente, por voluntad de la artista, había viajado desde Nueva Jersey a la capital del exilio cubano para que, expuesto en una capilla ardiente, el pueblo de Cuba Libre pudiera rendirle un último tributo. 175 000 personas intentaron desfilar ante el féretro de Celia aquel día, unas 45 000 no pudieron hacerlo. Un día no había bastado para que el nutrido cortejo de admiradores, cubanos y del mundo entero, desfilara en su totalidad.

Celia Cruz, casi octuagenaria, era, al final de su vida siempre activa, una artista realizada. Su carisma e innegable talento la convirtió en el ídolo de varias generaciones de hispanoamericanos, emigrantes, exilados como ella, o simples ciudadanos. Para los cubanos, Celia representaba algo más: la fuerza inquebrantable y la dignidad de no haber renunciado nunca –siendo ella misma la esencia de Cuba–, a su condición de exilada.

En uno de sus últimos trabajos discográficos, el penúltimo exactamente, sabiéndose muy enferma, Celia quiso dejarnos su testamento musical. En él –"Por si acaso no regreso", es el título de esta pieza–, nos anuncia, alegre y resignada a la vez, que se está muriendo ya y que su único pesar es irse de este mundo sin ver a su Cuba liberada. En múltiples entrevistas, Celia había revelado que su sueño era poder visitar la tumba de su madre en el cementerio habanero de Colón, madre en cuya muerte no pudo asistir porque el gobierno cubano, ensañado y vil, le arrebató ese derecho de hija, negándole la visa de entrada al país (aquí también hay que aclarar que todo cubano, haya o no adquirido otra nacionalidad, debe solicitar una visa de entrada a Cuba que sólo es acordada a aquéllos que, en el exilio o emigración, según el caso, hayan mantenido una conducta compatible –ejemplar, diría yo– con los intereses del Estado cubano).

Celia era y es la cubana más conocida de todas los tiempos, también era y es la que más glorias ha obtenido con respecto a decenas de artistas, cantantes y compositores cubanos muertos en exilio que, como ella, han muerto sin ver sus sueños del regreso realizarse. La lista de todos es enorme y me es imposible aquí (es el tema de mi libro de ensayo de reciente edición "Cuba: la musique en exil"), en este breve espacio, ofrecerles, al menos mencionándoles, el homenaje que todos merecen.

Coda inacabada
Con estas tres historias –la censura por parte del gobierno cubano actual a los artistas de la isla; la explotación solapada y sórdida de nuestros músicos por parte de ese mismo gobierno y el dolor de miles de artistas exilados de morir sin poder recorrer de nuevo las calles de su infancia– he resumido lo que a mi juicio constituye el triste panorama de la música cubana actual, su parte humana, la que debería conmovernos y dolernos a todos y la que la mayoría de los libros salsosos, artículos y reportajes periodísticos, en los que el pueblo cubano es mero instrumento de diversión, placer y de alegría jacarandosa, ignora o finge ignorar, por conveniencia propia.

Nuestra música, por muy alegre que parezca, es una de las más tristes del mundo. Lo es –y no vacilo en afirmarlo–, porque detrás de cada nota tocada, de cada letra entonada, por nuestros músicos y artistas en general, hay un hondo pesar que anuda sus gargantas, y ese pesar, se llama libertad.

Madrid, 30 de enero de 2004.

William Navarrete (Cuba, 1968). Reside en París, Francia. Escritor e investigador cubano, naturalizado francés. Presidente y fundador de la Asociación por la Tercera República Cubana. Su último libro publicado es "Cuba: la musique en exil" (Ed. L'Harmattan, París, 2003, 260 pp.)

Ver tambien
Lo que nos enseña la comunidad cubana en Francia