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Quatre fleures très belles se trouvent en
competition, toutes excepcionnelles. Mais, aussitôt
leur candidature connue, se d'echaîne autour
d`elles la sarabande dérisoire d`une rivalité et
des
perfidies de toutes sortes."
El autor
A todas las cubanas,
a las que todavía amando, seguimos privando de una isleña
flor.
Es un verdadero bochorno
que al final del siglo, Cuba, que está considerada la segunda
isla más rica en especies botánicas después
de Madagascar, siga declarando a la "Mariposa" (Hedychium
coronarium) como su flor nacional. El gran escritor cubano Guillermo
Cabrera Infante ha preguntado: "¿quién dice
que es necesaria la cultura?, y sin hacernos esperar mucho, nos
aclara: "de la cultura solamente es necesaria la propaganda,
todo lo que se hace en Cuba es alimentar la propaganda del régimen."
Y así mismo ocurre con esta horrenda e introducida flor.
La Mariposa, oriunda
de la india, se hizo popular en Cuba durante el siglo pasado.
Muy diferente a las aristocráticas Rosas, las elegantes
Azucenas, los delicados Gladiolos y los ibéricos Claveles,
el cultivo de esta planta nunca requirió de una estación
determinada, ni de tierra abonada, ni de esmeradas podas, ni de
riego frecuente, ni del soporte de tutores. Por el contrario,
esta cuasi mala hierba, escapó al cultivo controlado y
se metió no sólo en nuestros más vulgares
y descuidados jardines, sino en cuanta zanja o sitio húmedo
encontró.
Al igual que su tallo,
de rápido crecimiento, rizomático y ramificado,
Celia Sánchez Manduley organizó alrededor de la
Mariposa, una leyenda (tan densa como sus plantones) en la que
nadie podía interferir. Una historia tan invasora como
la planta y tan afincada como esta en algunos lodosos cerebros
imposibles de cambiar. A recogerla no más, la hizo, entre
la gente vaga y perezosa, además de popular, una flor barata.
"Yo no tumbo caña, / que la tumbe el viento, / que
la tumbe Lola, / con su movimiento." Una flor tan limitada
como su cultura y tan haragana como la Revolución.
Es cierto, la susodicha
Mariposa fue una flor muy admirada por los esclavos y algunos
criollos de las clases bajas que, al verla crecer silvestre y
mundana, la percibieron en su ingenuidad como un símbolo
de cubanía. Blanca, pegaba con sus ropas para los domingos
y la santería. Tanto como con la Bijirita y el Gorrión,
a la Mariposa la echaron a pelear contra nuestras más silvestres
flores, los de la boina y la alpargata. Recogida por millares
en cestones y manojos, la Mariposa, más popular por su
abundancia que por su belleza, se hizo la flor de las plazas coloniales
en la isla. ¿Esperaba alguien que en aquella Cuba mestiza
y gallega hubiera un festival para el Tulipán de Kekenhoff?
¿Aspiraría alguien en aquella Habana colonial a
tropezar con un jardín de Rosas de Té? Imposible.
La leyenda dice, ayudada
todavía más por la propaganda revolucionaria, que
los conspiradores criollos escondían pequeños mensajes
enrollados en el labelo de la flor, o bien ocultos y doblados
entre las brácteas florarles de la Mariposa (que son como
hojuelas acompañantes de la inflorescencia), y eso fue
lo que sirvió como argumento para nombrarla la flor de
la nación. Popular, abundante, ilusoriamente "autóctona"
(lo que a nadie le importaba de momento discutir), la Mariposa
devino, para una aventurera iluminada de Pilón, la flor
de los mambises, su flor, la flor indiscutible de su Revolución.
Y en efecto, Celia
Sánchez Manduley, quien se ganó la fama de tirar
por la borda el erario público en proyectos tan alucinantes
como aquel desvarío mariguanesco de La Güira, (que
más tarde sucumbió al vaivén quebradizo de
las ramas aprisionadas por cabañas y a un comején
que seguramente habrán introducido en Cuba los yanquis)
gustaba adueñarse plantas, árboles y flores en la
misma forma que lo hacía con las casas de Miramar y Kohly,
y con la misma naturalidad con que comercializaba a tráves
de EMPROVA toda nuestra fauna.
No olvidemos el hecho
conocido del Flamboyán Azul, un árbol sudamericano
de la familia de las Güiras que pasó a ser de su exclusiva
propiedad en una época en que Tonino Quintana, Girona y
otros "arquitectos de la revolución" plantaron
flamboyanes azules hasta en nuestras playas, y con el único
objetivo de congraciarse con la doña. Por supuesto, ninguno
de aquellos jacarandas brasileros sobrevivió, pero eso,
como todos saben, no era lo importante. Lo vital, lo verdaderamente
impostergable para aquella botellera nombrada "secretaria
de la presidencia" era cumplir con alusinaciones como "plan
de las flores", y que no fue otra cosa que tapizar con orquídeas
las paredes de la casa de su hermana Flavia (en los días
en que se casaron sus hijas Alicia y Elenita) y cuando conseguir
una flor de muerto para la tumba de un ser querido era algo imposible
de lograr.
Después que
Celia pasó a mejor vida (¿mejor de la que tenía?),
proliferaron los retratos (no se sabe si tomados de fotos verdaderas
o salido da la mano de románticos pintores) que mostraban
a la Manduley entre flores de la Mariposa. A destacar, una plumilla
salida de la mano del ilustre Otón A. Suárez por
la que le pagaron el sueldo de dos meses y en la que sólo
tuvo que pintar un par de horas pues, según me dijo: "Celia
Sánchez era tan fea que cualquier caricatura la haría
lucir muchísimo mejor" "Artifact" o no,
de lo que no cabe dudas es de que a la "Primera Secretaria
del País" la identificaron en vida y post-mortem con
la maldita Mariposa.
Además, esta
supuesta "Flor Nacional" se prestaba de maravillas a
la canonización de la occisa: la inmaculada pureza de una
flor, su "genuina cubanía" y su ya comentada
estirpe mambisa influyeron decisivamente en ello. Fue así
que se acuño aquel engendro de slogan que acompañaría
por siempre a la imagen de Celia Sánchez en la Cuba del
castrismo: "la más auténtica flor de la revolución."
Nada más y nada menos que una flor indoasiática
invasora para una revolución rusa de adopción. ¡Vomitivo!
Si se lo hubieran preguntado a los especialistas, de seguro todos
hubieran coincidido en identificar a Celia Sánchez con
otra flor. Aquella otra introducida desde Africa de la familia
de las Acantáceas que en Cuba se conoce con el apropiado
nombre de "Culo de Poeta."
Años más
tarde, un grupo de biólogos cubanos se reunieron para intentar
enmendar el error histórico. Querían que nuestra
flor nacional fuera como el Copihue de Chile (Lapageria rosea),
indígena de verdad, hasta la raíz, para que tuviera
algún significado. Incluso aceptaban que se acercara al
ejemplo del Guayacán (Guaiacum officinale) en Jamaica,
que sin ser exclusiva del país, si era nativa de aquella
pequeña y verde isla. Entre las candidatas que estos especialistas
pensaron proponer estaban las genuinas flores de "La Peregrina"
(Jatropha integerrima), el "No-me-olvides" (Duranta
repens), la orquídea "San Pedro" (Broughtonia
lindenii) y el "Careicillo de Monte" (Rondeletia odorata),
todas muy hermosas y relativamente comunes del país.
Sin embargo, semejante
cortejo de estrellas nunca pudo competir, pues pronto se advirtió
que una idea como esa corría el riesgo de ser considerada
diversionista, revisionista, y en esencia enemiga de la Revolución.
Nuestra flor, indicaron los sesudos del gobierno, ya fuera amarilla
y con ojos negros y rasgados, tenía que ser continuidad
histórica de las luchas independentistas del pasado. Ni
que hablar de cuestionar la militancia histórica y mambisa
de la Mariposa. Inténtenla cambiar, pero corran a rezar
por agua a "San Pedro." Atrévase alguien a sustituir
esa flor y lo convertiremos en un "Peregrino" de por
vida. ¡Ah, y "No-se-olviden", si no tienen un
carapacho para protegerse como los "Careyes", escóndanse
en el "Monte"!
Después de la
muerte de Celia la idea volvió a retomarse por los inconformes
que aún se avergonzaban de contestar siempre la maldita
pregunta en congresos y simposios. ¿Cuál es la flor
nacional de Cuba? Una hierba mala de Calcuta. Pero esta vez fue
peor, y mucho antes que se llegara a proponer formalmente el asunto,
una advertencia los detuvo: ¡Jamás vuelvan a aparecerse
con tamaña y mezquina idea que, en esencia, no refleja
otra cosa que un ataque disfrazado a la vida y la obra de la "más
genuina y auténtica flor de la Revolución",
lo que se traducía en un ataque a la dictadura en si misma.
Punto final, o el estiércol le llegaría hasta los
ojos.
Hoy, cuando la infamia
y la tiranía en Cuba no pueden ser mayores, ahora que el
castrismo ha demostrado ser un loco y trasnochado experimento,
o ahora, sobre todo, que hay especialistas en el extranjero sufriendo
también en el exilio incierto ¿no valdría
la pena que los cubanos, eternos "peregrinos" condenados
por el comunismo, retomásemos el tema de nuestra flor nacional?
¿No nos grita Cuba "no me olvides" o abandones?
Yo creo que sí. Nuestra patria merece tener como su flor
a la "No-me olvides" y el exilio cubano, tan constante
como histórico y tan leal como viajero sin bordón
en el destierro, se ha ganado, cuando menos, una hermosa "Peregrina."
Carlos Wotzkow
Bienne, Agosto de 1999
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