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Juan Antonio García Borrero
Para Nelson H (la h es de hermano),que me ha invitado a explorar otras
orillas de la vida, incluyendo la que el habita.
"Además, es evidente que está en mejores condicionespara
juzgar aquel que ha oído,como si se tratase de un litigio, todos
los argumentos opuestos."
Aristóteles
Yo no había nacido aún cuando alguien (puede que mi padre)
me habló mal por primera vez de Miami. No lo culpo. En el imaginario
colectivo del cubano (me refiero al imaginario construido entre todos
a partir del 1 de enero de 1959), Miami dejó de ser hace mucho
tiempo algo puntualmente geográfico, para convertirse en un ambiguo
emblema de bienestar o maldad:
"cubanos de la isla" versus "cubanos de Miami" suele
ser todavía la figura retórica que más se emplea
en los medios de "adentro" y de "afuera", para intentar
exponer la esencia de un diferendo político que rebasa los cuarenta
años de vigencia.
Eso a pesar de que cubanos, a estas alturas, deben existir en todos los
rincones del mundo, y con las más diversas ideas. Explicar la persistencia
connotativa de esa ríspida antípoda demandaría todo
un tratado que tome en cuenta las circunstancias existentes en el país
en el momento que triunfa la Revolución, pero también los
acontecimientos que en el planeta entero se estaban desenvolviendo como
parte de un sueño plural que parecía cumplir, al fin, con
las viejas promesas de un mundo mejor
Cuba, a través de una insurrección popular que planteaba
ante todo el rescate de la dignidad del hombre, pasó a encarnar
todo un símbolo de posibilidad humanista, reciclándose tal
vez el mismo efecto que en su momento propiciara que un Tomás Moro,
agobiado por las sangrientas guerras que vivía el continente, encontrara
en las lejanas tierras "recién descubiertas" la inspiración
inmejorable para su hoy célebre "Utopía".
"Ser revolucionario" en aquellos instantes casi que equivalía
a decir "ser cubano". En cambio, renunciar a ese llamado del
momento histórico transformaba al que lo hiciera en un enemigo,
"un gusano", cuando no un mal patriota
Desde entonces, las famosas palabras de Fidel a los intelectuales ("Dentro
de la Revolución todo, contra la Revolución nada")
aún siguen marcando lo esencial de una política cultural
que aunque ahora mismo intenta aspirar mas a la inclusión que a
la exclusión, todavía prioriza el enfoque ideológico
a la hora de calificar o descalificar la supuesta cubanía de una
producción artística o simplemente intelectual.
Fue el cine cubano el que de alguna manera dio origen a toda la política
cultural diseñada por el gobierno revolucionario, en tanto fueron
los debates originados por el documental PM (1961), de Sabá Cabrera
Infante, los que propiciaron las mencionadas "Palabras a los intelectuales".
A partir de entonces, todas nuestras discusiones (o ausencia de estas)
en torno al arte (en general) y el cine (en particular) que se hacen en
Cuba, han girado alrededor de esa dualidad excluyente desde su mismo planteamiento,
como si las circunstancias que dieran origen al razonamiento no hubiesen
variado en estas cuatro décadas y un poco más de creación.
Lo curioso es que, a su vez, la discutida frase de Fidel generó
en quienes se le oponen un pensamiento tan furiosamente bipolar como el
que se plantea por la ortodoxia intelectual, esa que aún cree en
la validez de un cine cubano únicamente cuando responde a los intereses
del gobierno.
De manera que si en la isla buena parte de la creación artística
se sigue midiendo por el rasero que pre-establece el "Dentro de la
Revolución todo, contra la Revolución nada", una zona
del exilio intelectual promueve un sentimiento que en su afán de
descalificar todo el cine del ICAIC por responder a las expectativas del
poder, reproduce la máxima fidelista en esta otra que pudiera resumirse
más o menos así: "Contra la Revolución todo;
a favor de la Revolución nada".
Tal vez el paradigma inmejorable de este punto de vista absolutamente
nihilista lo refrende mejor que nadie Guillermo Cabrera >Infante. Sin
embargo, aún cuando ambas partes puedan tener sus razones para
el rechazo mutuo, es difícil que logre entenderse lo que ha sucedido
(o dejado de suceder) en el contexto audiovisual cubano en estos cien
años de historia (y no solo los cuarenta y tantos de revolución),
si tan solo se toma en cuenta uno de estos dos puntos de vista mencionados.
Negar la validez de un proyecto cultural como el que ha representado en
todos estos años de su existencia el ICAIC, atendiendo apenas al
matiz ideológico, es síntoma de un reduccionismo que desaprovecha
el examen de lo que estéticamente significó una obra que
se pronunció por la renovación formal, el saludable distanciamiento
crítico, la renuncia al encasillamiento temático, así
como la problematización de la mirada fílmica.
Hay un valioso ensayo de la estudiosa Ana López, que tomando como
referencia a la archiconocida "Memorias del subdesarrollo" (1968),
de Tomás Gutiérrez Alea, se propone ir más allá
del superficial inventario de escenas críticas del filme, con tal
de desmontar las maneras en que la película re-escribe los conceptos
en torno a la cubanidad. Para Ana López es mucho más interesante
"analizar cómo en "Memorias del subdesarrollo" la
identidad cultural cubana se forja a través de la producción
cinematográfica del espacio social", a lo que añade,
Invocando la distinción que establece Michel de Certeau entre lugar
y espacio - donde el "espacio" es el producto de una actividad,
un "lugar activo"- quiero cuestionar cómo el "lugar"
revolucionario -el sitio de orden que genera estrategias, políticas,
leyes y mecanismos de inclusión o exclusión- es utilizado
como un espacio nacional por Sergio y por la propia película
Al hacerlo, sugeriré algo herético: que, tal vez, "Memorias
del subdesarrollo" debe ser considerada la primera película
del exilio cubano, pues marca la desarticulación del espacio "interior"
de la Nación y rearticula una vía trasnacional (o, por lo
menos, norte-sur) de la identidad ambivalente de una "Cuba Mayor".
Se podrían mencionar también las investigaciones desplegadas
por Emmanuel Vincenot, uno de los poquísimos que ha sabido encontrar
en el cine pre-revolucionario antecedentes de la producción del
ICAIC, como lo demuestra su ensayo sobre los filmes "De espaldas",
de Mario Barral y "Memorias del subdesarrollo", y con el cual
contribuye a desmantelar la idea de un cine pre-59 solo ocupado del facilismo.
Igual las investigaciones de Jorge Ruffinelli, Michael Chanan, Paulo Antonio
Paranagua, por anotar solo algunos de los que mas allá de la isla
han querido explorar al cine cubano como parte de un conjunto mayor llamado
cultura cubana, así como el exhaustivo sondeo que van logrando
María Eulalia Douglas, Arturo Agramonte(1925-2002) y Luciano Castillo,
en zonas de nuestra historia fílmica hasta hace poco consideradas
de silencio.
Sin embargo, no abunda alrededor del cine nacional, sea el de "adentro"
o el de "afuera", este tipo de mirada rigurosamente perturbadora
y comprometida con la complejidad del pensamiento. En sentido general,
se insiste en reducir el análisis a la división esquemática
de un "con esto"o "contra esto", como si el lugar
físico de enunciación en cada caso garantizara la transparencia
inequívoca de lo que se quiere decir.
Aún así sabemos que para hablar con rigor del cine cubano,
es preciso ir más allá de ese tosco dualismo. Como el más
común de los mortales, los cineastas del ICAIC también han
sido "ellos y sus circunstancias", pero la tendencia predominante,
examinada esa producción con cierta objetividad, nos sugiere tensiones
creativas antes que fáciles apologías de un sistema que,
es real, propició el propio nacimiento de la institución.
Por otro lado, contar la historia del cine cubano prescindiendo de lo
que ha sucedido más allá de lo que el ICAIC ha sido capaz
de crear, a la larga resulta una narración incompleta que en nada
beneficia la memoria audiovisual de la nación, esa que no es exclusiva
de una sola ideología, sino que se configura a partir de los anhelos,
frustraciones, conflictos, que los cubanos de cualquier parte del mundo
vamos protagonizando en el afán de ser reconocidos.
Por nación tendríamos que entender, obviamente, aquel espacio
intangible en el que un conjunto de hombres y mujeres toman como denominador
común la simple evocación de un término (para el
caso Cuba), con el fin de construir una figura que les permita ejercer
su voluntad de pensarse como partes de un todo mayor. Porque si algo ya
tenemos claro a estas alturas, es que la sensación de ser cubanos
no la concede el vivir físicamente en la isla: demasiada intensa
resulta la imagen de Martí en su exilio neoyorquino, como para
otra vez caer en el error de interpretar la cubanía como un atributo
del habitat insular.
Una Cuba mayor, como nos ha sugerido Ana López, no solo es ya perfectamente
verificable, sino que hoy en día su configuración resulta
tan imprescindible para entendernos en nuestras contradicciones, como
la que tradicionalmente se ha tomado en cuenta.
Hace poco viví una circunstancia realmente insólita para
un cubano de estos tiempos, al participar en lo que considero (más
allá de las direcciones ideológicas que distinguen la concepción
de cada uno), dos gestos culturales que sospecho la cara y cruz de una
misma moneda: por un lado, la "II Muestra del Cine Cubano Alternativo",
realizada en Miami con el apoyo del Miami- Dade Conmunity (septiembre
del 2003) y, por el otro, la "III Muestra de Jóvenes Realizadores"
celebrada en La Habana, bajo los auspicios del ICAIC (febrero del 2004).
No deja de ser trágicamente divertido el hecho de que, a pesar
de los abundantes puntos comunes que comparten, se advierta entre ambos
eventos un deseo de apenas dialogar entre sí. Como diríamos
los cubanos: una voluntad de no hablarle al otro aunque vivamos en la
misma casa. Lamentable que en Cuba los ecos del encuentro de Miami se
perdieran incluso antes de empezar, y que en Miami apenas se hiciera referencia
a la existencia de esas muestras preparadas por el ICAIC en los últimos
años, pues aún cuando el diferendo político se empeñe
en silenciar el posible diálogo, las interrogantes comunes persisten
De allí que más interesante que reciclar anécdotas
referidas a la censura existente en la isla de materiales incómodos,
o la falsa indiferencia ante ideas rivales que pueden aportar un punto
de vista novedoso, me atrajese el debate de cuestiones más esenciales.
A mí, por ejemplo, me sigue pareciendo todo un misterio el hecho
de que el exilio, aun con la libertad que dice haber encontrado, no haya
aportado un título que esté a la altura de "Memorias
del subdesarrollo" (1969) o "Suite >Habana" (2003) de
Fernando Pérez. En un emotivo ensayo sobre lo que llama el rostro
oculto de Miami, Uva de Aragón reflexiona sobre una de las contradicciones
más notorias de la que es presa frecuentemente la comunidad de
cubanos que vive allí:
Los exiliados, que tienen a su haber tantos éxitos, están
marcados por la frustración de su gran fracaso: no haber podido
incidir en la realidad de la isla. Más claramente, y en buen romance:
no haber tumbado a Fidel. De esta frustración nace mucha de esa
intolerancia que ha provocado un raro fenómeno: los exiliados llegan
en ocasiones a comportarse igual que aquellos a quienes dicen combatir
A lo que yo añadiría otra gran frustración colectiva:
la de no haber podido fomentar un cine con niveles similares a lo que
el exilio ha logrado en la música, la literatura, la plástica
o el teatro, para no decir, similar al que ha logrado el propio ICAIC.
Alejandro Ríos, otro estudioso del tema, ha percibido algo de esto
cuando dice:
Es curioso, Miami tiene una literatura de la ciudad, como se puede ver
en las obras de Néstor Díaz de Villegas, por ejemplo, o
un individuo como Santiago Rodríguez y su novela La vida en pedazos,
pero cuando se trata de cine, la gente que hace proyectos como Joe (Cardona)
y Mario (de Varona) siempre tropiezan con algún tipo de escollo.
(...) Es la satanización de Miami, porque la gente de otras partes
oye el nombre de la ciudad, y piensa inmediatamente en exiliados cubanos.
Claro, suponer que el relato de un cine cubano en el exilio tendría
su escenografía natural en Miami, no es más que otro de
esos prejuicios que nos llevan a formular hipótesis falsas, las
cuales lejos de descubrir algo nuevo, tienen como fin confirmar una idea
preconcebida.
En realidad, no tdos los cineastas que han decidido apartarse del proceso
revolucionario se han marchado a Miami, ni siquiera en esa primera etapa
ubicada en los sesenta en que un par de éxodos masivos (1960/1962
y 1965/1973), provocaron que más de 500 000 cubanos llegaran a
los Estados Unidos.
En Miami se radicó en una primera etapa Manolo Alonso, sin dudas
el realizador que más aportó a la cinematografía
pre-revolucionaria con títulos como "Siete muertes a plazo
fijo" (1950) y "Casta de roble" (1953), pero su gestión
allí, antes de desplazarse a Nueva York, no pasó del documental
"La Cuba de ayer" (1962).
Cuarenta y tantos años después, solo pueden percibirse esfuerzos
aislados que no terminan por cuajar en un cuerpo contundente, revés
colectivo que Sergio Giral expone de manera admirable en su filme "La
imagen rota" (1990).De hecho, la película más lograda
hasta ahora del exilio la hicieron León Ichaso y Orlando Jiménez-Leal
en Nueva York (El super/ 1979), mientras que "Guaguasí"
(1978) de Jorge Ulla, considerada la primera cinta rodada íntegramente
por exiliados cubanos (por cierto, debut actoral de Andy García),
fue rodada en República Dominicana
Otros, como Roberto Fandiño, filmarían en España
("La espuela"/ 1976; "María La Santa"/ 1977),
al igual que Fausto Canel ("Juego de poder"/ 1982), este con
capital hispano y británico.
Miami ha sido un indiscutible imán aglutinante de la labor creativa
del cubano más allá de la isla en sus más diversas
facetas, pero el cine, por un conjunto bastante complejo de circunstancias
y motivaciones, no ha tenido demasiada suerte.
Para alguien interesado en aproximarse sin prejuicios a la historia del
cine cubano (mejor decir: "audiovisual cubano"), participar
en los encuentros de Miami y La Habana es de una utilidad impresionante.
Lejos de anularse entre sí, ambas citas proponen al investigador
una idea mucho más atenta a la complejidad de una cultura audiovisual,
cuyo estudio riguroso reclama superar las estrategias de un enfoque "icaicentrista".Justo
como consecuencia de ese "icaicentrismo", hasta hace muy poco
la historiografía referida al cine cubano apenas se preocupaba
por registrar momentos decisivos dentro de la producción de este
centro, relegando a las sombras todo aquello que no formara parte del
patrimonio del mismo, incluso sumergiendo en el olvido esa zona del propio
ICAIC que no cumplía con las expectativas del canon dominante (Guillén
Landrían, algunos documentales de Sara Gómez, el Son o no
son de García Espinosa, etc).
Las pruebas de esos olvidos están en los libros que todavía
hoy omiten esa producción. La Cinemateca de Cuba, por ejemplo,
que debiera ser la institución depositaria de toda esa información,
y gestora ella misma de su promoción, hasta hace poco tiempo solo
tomaba en cuenta lo producido por el ICAIC.
En cambio, trabajos como las de los Estudios Fílmicos de la FAR,
los Estudios Fílmicos de la Televisión, los del Taller de
Cine de la Asociación "Hermanos Saíz", los cine-clubes
de creación o la Escuela Internacional de Cine y Televisión
de San Antonio de los Baños, jamás figuraron en los catálogos
destinados a conservar y promover la memoria del cine cubano.Pero tampoco
se tomó en cuenta la obra de aquellos que en algún momento
decidieron abandonar el país por las razones que tuvieran, y hasta
donde sé, solo pocos se plantearon la hipótesis de que pudiera
existir una labor cinematográfica cubana, no importa cuán
dispersa, más allá de la isla.
Esa actitud en su momento propició que la revista Variety del 7
de marzo de 1986, publicara una carta de cineastas cubanos exiliados,
protestando por la omisión de sus filmes en programas y muestras
organizadas por el ICAIC, una actitud subsanada en períodos posteriores.
Supongo que fue esa inconformidad lo que más estimuló en
mí el deseo de participar en el encuentro de Miami.
A Miami fui buscando pensamiento sobre el cine cubano desde otro ángulo,
debates en torno al audiovisual de la isla mayor, ese que se hace en el
espacio físico nombrado Cuba, pero también el que se realiza
por cubanos que, aunque lejos, no dejan de pensar en esa área.
Todavía hoy, mi interés sigue centrado en la búsqueda
de una mirada crítica que permita entender al audiovisual caribeño
como un todo complejo, y no como fragmentos aislados que, de acuerdo al
contexto político, se aplauden o se ignoran; de allí que
escuchar y ver las obras de cineastas cubanos hoy en el exilio como Sergio
Giral, Ernesto Fundora, Bill Teck, Joe Cardona, Emilio Oscar Alcalde,
entre otros, resultara tan atrayente.
Confieso que a mí la posible utilidad de los eventos no se me revela
hasta después de cinco o seis meses de celebrados. Si transcurrido
ese tiempo algo de lo que allí se discutió sigue rondando
tu cabeza, entonces es que puede considerarse como útil la inversión
del tiempo. Por suerte, las ideas que ahora anoto tienen su inspiración
en lo que escuché en el encuentro de Miami. En términos
teóricos se propuso un panel con un nombre inmejorable para estimular
el debate ("Alternative Cuban Cinema, the Other Way, the Only Way"
, ponentes Esther María Hernández, José Antonio Evora,
Ernesto>Fundora, Jorge Dalton, Juan Antonio García Borrero y
como moderador Alejandro Ríos), así como un encuentro intergeneracional
de realizadores con la presencia de Orlando Rojas, José Padrón,
Joe Cardona, Emilio Oscar Alcalde, Nicolás Humberto Calzada y Sergio
Giral.
De todas las intervenciones, tal vez la que más me hizo meditar
fue la de Ernesto Fundora, un realizador con un formidable currículum
artístico, donde destacan los video clips realizados a Celia Cruz,
Willy Chirino o Amaury Pérez, por citar solo algunos, confirmadores
de aquel talento que anunciara a principios de los noventa cuando presentó
en la "V Muestra del Taller de la Asociación Hermanos Saíz"
su trabajo "Cha Cha Chá plin". Fundora dijo algo que
quizás no sea exactamente como repito ahora, pero que a mí
me hizo entender el por qué de buena parte de la inconsistencia
de nuestras discusiones alrededor del cine nacional: "Cuba vive hoy
una >neurosis colectiva".
Es una sentencia dolorosa, pero que suscribo por lúcida. Quizás
ni los cubanos de la isla, ni los cubanos de fuera nos demos cuenta de
hasta qué punto hemos terminado obsesionados con la idea de ganar
un combate político, antes que pensar en las batallas individuales
que nos depara la vida. No importa donde estemos. Aquí o allá,
Cuba se sigue viendo como una trinchera, un refugio al que hay que defender
o atacar siempre, dada la presencia de un enemigo omnipresente que no
da tregua ni posibilidades de distancia crítica. Y al final, aunque
la realidad más llena de matices no pueda estar, terminamos asumiendo
la tentación de los extremos. Lo mismo aquí que allá.
Sería ingenuo de mi parte pretender soslayar lo complejo de una
circunstancia como la que políticamente ha vivido y vive Cuba.
Y además, se tendría que ser muy ciego para no detectar
la relación tan estrecha y a ratos traumática que, desde
el mismo 24 de marzo de 1959, han desarrollado el ICAIC y el poder.
La Historia, en efecto, no es precisamente una pasarela donde solo tienen
espacio los triunfadores, y entiendo que en Miami abunden los que fueron
víctimas de una circunstancia colectiva que no reparó en
individualidades dada la urgencia de hacer tangible un ideal: "el
Hombre nuevo".
Como consecuencia de ello, nadie puede negar a estas alturas la existencia
de un sector beligerante que ha hecho del anticastrismo radical un estilo
de vida, y que a su vez ha conseguido una impresionante influencia en
los lobbys políticos del Washington más anticomunista, pero
de allí a creer que toda la actividad existencial de esa localidad
se reduce a una totalitaria manera de gritar consignas contra Fidel, pecaría
cuando menos de ingenua.
El exilio de Miami es tan híbrido como híbridas se van haciendo
cada vez más nuestras culturas.
Ese mismo razonamiento me ha hecho desconfiar de aquellas tesis que intentan
vendernos una imagen platónica del ICAIC, en la que solo cabe el
retrato de una institución armónica, impecablemente orgánica
y carente de conflictos internos, una imagen, por cierto, más que
desmentida por Alfredo Guevara en su osado libro "Tiempo de fundación".
De allí que me parezca simplista la teoría de que toda la
producción estatal no es más que hábil propaganda
del gobierno
El hecho de hacer público el rechazo total a la otra parte estará
bien para exaltar las polaridades ideológicas, pero explica poco
lo que sucede cuando alguien (ya sea en La Habana o en Miami), regresa
de lo que Nietzsche llamaría "la plaza pública",
olvida por unos instantes las exigencias colectivas de un "sí"
o un "no", e intenta atenuar el dolor casi insoportable que
provoca, en cualquier época, en cualquier país, querer ser
uno mismo y no lo que los demás esperan que uno sea.
Debo confesar que al final del coloquio no me quedó claro si los
participantes compartían la sensación de que no necesariamente
por trabajar fuera de la industria, un realizador obtiene de manera mecánica
la independencia. Por lo menos en términos artísticos se
ha demostrado que en la actualidad, la otrora censura ideológica
ha sido reemplazada con otra mucho más inteligente y brutal, que
es la censura económica
.En esta vida casi nadie filma lo que quiere, sino lo que puede.Aplaudo
la idea de luchar por un cine plural, que sea capaz de examinar la realidad
cubana desde los más diversos e insospechados ángulos, sin
que nada ni nadie nos detenga en la exploración, pero ese romanticismo
no me hace olvidar que eso que llamamos libertad no es más que
otra gran fábula.
Toda sociedad, sea la que sea, siempre será una prisión.
Algunas más confortables que otras, pero prisiones al fin. Solo
somos absolutamente libres en nuestra soledad.
De cualquier forma, el ingreso a la historia del cine cubano de estos
nombres generalmente postergados a las sombras, en algún momento
tendrá que naturalizarse. Ello sería coherente con esa política
cultural que desde la isla está rescatando en otras áreas
a Jorge Mañach, Lydia Cabrera, Reynaldo Arenas o Enrique Labrador
Ruiz.
Sin embargo, es de destacar que la exclusión sistemática
no ha sido privativa de la estrategia cultural de la isla, pues con bastante
frecuencia se escuchan quejas de cineastas exiliados que comprueban cómo
sus películas no son aceptadas por diversos festivales internacionales.
A mí "Azúcar amarga", por ejemplo, me parece una
película fallida, y sobre todo epidérmica a la hora de enfrentar
el drama que cuenta, pero eso no me concede el derecho de excluirla del
repertorio audiovisual de la isla, mucho más si sé que León
Ichaso es, hoy por hoy, el cineasta cubano que mejor se ha insertado en
un contexto creativo que no es el suyo, un contexto con un altísimo
grado de competitividad. A lo largo de estos años, es cierto que
Hollywood ha simbolizado una especie de enemigo cultural del cine propuesto
por el ICAIC, pero también es verdad que el lenguaje desarrollado
por este, si bien a estas alturas reiterativo y cansón, le ha aportado
a la historia del séptimo arte momentos insoslayables. Que un cubano
logre colocarse en la industria hollywoodense, lejos de ser un desmérito,
en principio habría que tenerlo en cuenta como un crédito,
un aval. O como alguien que en algún momento podrá aportarle
al lenguaje cinematográfico insular nuevos matices, en razón
de un talento que su más reciente "Piñero" (2002)
confirma.
Sin embargo, para la historiografía al uso el nombre de León
Ichaso todavía es irrelevante, como tampoco se conocen los de Orlando
Jiménez-Leal ("Conducta impropia"/ 1984, junto a Néstor
Almendros), Jorge Ulla (Guaguasí/ 1978; Nadie escuchaba/ 1988,
junto a Almendros), Camilo Vila (Los gusanos/ 1980), Miñuca Villaverde
(To My Father/ 1974; Ten City/ >1984), Iván Acosta (Amigos/
1984), Enrique Oliver (Photo Album/ 1984; Cosas que olvidé recordar/
2004), Joe Cardona (Rompiendo el silencio/ 2004; Adiós, Patria/
2004; Café con leche/ 2004), Bill Teck (El Florida/ 1998) o Raúl
Ferrera-Balanquet (We Are hablando/ 1991; No me olvides/ 1992), por mencionar
solo algunos, ni se interesa por seguir los destinos de cineastas como
Roberto Fandiño, Fausto Canel, Alberto Roldán, Eduardo Manet,
Nicolás >Guillén Landrián (Inside Downtown/ 2002),
Sergio Giral (La imagen rota/ 1995), Ricardo Vega (Cuba La Bella/ 1998),
Ivonne López (Las lágrimas del >alma/ 2000), Joel Cano
(Siete días, siete noches/ 2003), Marco Antonio Abad (La insoportable
neurosis de la rosa/ 1998), Ernesto Fundora o Rolando Díaz, que
una vez fuera de Cuba han intentado continuar con su carrera, o comenzarla.
En casos así se pone de manifiesto esa carencia intelectual tan
típica de los cubanos, en la cual la simple mención del
nombre de un enemigo, o ni siquiera eso, de alguien que no piensa igual
que tú, corre el peligro de considerarse una concesión imperdonable
de principios.
La gran dificultad que, a mi juicio, deberá sortear el historiador
que intente recuperar las nociones de ese mapa fílmico ahora invisible,
conformado por todas esas películas realizadas por cubanos más
allá de la isla, no reside exactamente en la dispersión
de esa producción (que es real), sino en la inexistencia de un
enfoque culturológico que consiga entender esa misma producción
como síntoma de algo más complejo que la simple oposición
ideológica.
De otra manera, no se podrían captar las sutiles diferencias existentes
entre la generación representada por León Ichaso, Jiménez
Leal o Jorge Ulla y esa otra donde han de ubicarse a Joe Cardona o Bill
Teck, entre otros, que prefieren explorar a Cuba desde el ángulo
de lo emotivo, de lo que supone ser alguien que nace en los Estados Unidos
mientras vive en una casa donde los padres parecen no haber abandonado
la isla.
Asimismo, si el historiador quiere dejar a un lado los estereotipos, tendría
que tomar en cuenta también la diversidad de estilos propuestos
por estos cineastas. A Marco Antonio Abad no le interesa filmar como Jorge
Ulla, aunque probablemente tengan en común la misma obsesión
antifidelista, eso por mencionar apenas dos ejemplos, mientras que cineastas
como Miguel Coyula, egresado de la Escuela de San Antonio de los Baños
y hoy residente en Nueva York, se encargan de dejar a un lado el paradigma
de representación más al uso, con una propuesta que parece
desentenderse de manera voluntaria de la exigencia de una identidad insular
expresa, entiéndase palmeras y otros símbolos ya agotados.
Su "Cucarachas rojas" (2003) es un raro ejemplo de cine abierto
a la exploración del lenguaje audiovisual más allá
de pertenencias ideológicas, si bien tendremos que esperar la culminación
de "Memorias del desarrollo", esa suerte de secuela de "Memorias
del subdesarrollo" que actualmente trabaja junto a Edmundo Desnoes,
y que pondrá a prueba la solidez de su reto estético.
A mí no me consta, pero dicen que hacia finales de los ochenta,
en una de las reuniones con los realizadores del Taller de Cine de la
Asociación Hermanos Saíz, el propio Fidel invitó
a sus jóvenes interlocutores a superar aquello de "Dentro
de la revolución todo; contra la revolución nada".
Eso no se ha logrado, y en la mentalidad colectiva que evalúa el
saldo artístico sigue predominando la utilidad política
antes que el análisis rigurosamente estético; de allí
el cúmulo de desencuentros que registra el período, que
iría desde el escandaloso affaire de "Alicia en el pueblo
de Maravillas", pasando por la omisión de "Fresa y chocolate"
en las exhibiciones televisivas, el embate público a "Guantanamera",
hasta llegar a la no programación en cines y mucho menos en televisión
de películas dirigidas por realizadores que no residen en Cuba,
pero que ni siquiera han expresado un rechazo al sistema de gobierno vigente
(ejemplo: "Melodrama" >(1995) y "Si me comprendieras"
(2000), ambas de Rolando Díaz).
Ahora, si bien en Cuba no se ha logrado madurar todo lo que se desearía,
sería igual de interesante que el cine del exilio se planteara
superar aquello de "Contra la revolución todo; a favor de
la revolución nada", y consagrarse a contar historias donde
se reconozca lo mismo el cubano de aquí que el de allá.
Ni siquiera Guillermo Cabrera Infante, cuando arma sus fabulosas ficciones,
se entrega al "contrarrevolucionarismo": hace literatura, y
el resto lo deja para los periódicos.
Eso no quiere decir que se hagan concesiones ideológicas, pues
cada persona, en efecto, debe ser libre de expresarse como lo desee. Estoy
hablando de un cine que sea capaz de soportar el paso de los años,
las coyunturas o circunstancias efímeras que de tanto acumularse
terminan pareciéndonos un siglo
Creo que una película como "El super" en su época
insinuó ese camino que más tarde se frustró.
"Más que las ideas, a los hombres los separan los intereses",
escribió hace mucho tiempo Alexis de Tocqueville, si bien la observación
sigue resultando inquietantemente moderna. Miami y La Habana, para seguir
utilizando por el momento una simbología que se me antoja fatal
por su simpleza, tal parece una antinomia diseñada no sobre el
esquema de una batalla de ideas que, de ser real, debiera ser ventajosa
incluso para ambas partes, al propiciar un tercer enfoque que en términos
marxistas implicaría una superioridad.
Pero la mencionada contraposición, así expuesta, representa
no más que un intercambio de nociones congeladas desde hace ya
más de cuatro décadas, donde con su obstinada y mutua manera
de reiterarse consignas e insultos, cada parte va enfatizando su decisión
de escuchar solo lo que dicen ellos mismos.
Ahora, por poco que le puedan simpatizar a uno las ideas de un exilio
cubano radical que propone la violencia como única opción,
se supone que un intelectual serio tenga que estar al tanto de que la
vida no es una película de buenos absolutamente buenos, y villanos
que peores no pueden ser.
A diferencia de aquellos que se empeñan en percibir apenas el aspecto
político de un fenómeno tan universal y complejo como es
empezar una nueva vida en una cultura ajena, prefiero explorar al exilio
como lo que desde tiempos inmemoriales ha sido: el drama tremendo de un
individuo, un ser humano, excedido por los imperativos de la Historia.
En medio de ese escenario tan ferozmente polarizado, si se quisiera obtener
una imagen un poco más confiable de lo que ha sucedido con el cine
cubano (sea el del ICAIC o cualquier otro) en tantos años de divergencias,
es evidente que tendríamos que asumir otro método que no
sea el estrictamente ideológico. Un método que no mutile
en nombre de los intereses de la nación o de grupos concretos a
los que no les interesa participar del proyecto revolucionario, sino que
integre, y sobre la base de esa integración gane una idea mucho
más profunda de lo que ha significado para un cubano vivir, filmar
o querer filmar durante todos estos años lo mismo en La Habana
que en Miami, en Camaguey que en Málaga, en Nueva Orleáns
que en Barcelona, en Suecia que en Los Ángeles, en San Antonio
de Los Baños que en Benalmádena. Después de casi
cuatro décadas y media de pugnas políticas irreconciliables,
parece evidente que el único espacio de convivencia posible para
cubanos que miran e interpretan la realidad de diversas maneras, es la
cultura. En medio de esta, el cine (hágase donde se haga), con
sus historias sobre nuestras alegrías y frustraciones, podría
convertirse en otro gran embajador de ese anhelo de reconciliación
que tiene en sí misma toda la nación. O lo que es lo mismo:
nuestra Cuba mayor.
Bembeta 723 (Cuba)- Málaga (España), el 10 de septiembre
de 2004.[1] Ana López. "Memorias of a Home: Mapping the Revolution
(and the Making of Exiles?)" en Revista Canadiense de Estudios Hispánicos
Vol. XX, 1, Otoño1995: 5-17.
Es de sospechar que dentro de medio siglo, el dato referido al lugar donde
se celebra un evento carezca de importancia. Dará lo mismo que
la gente se reúna en La Habana o en Camaguey, en Miami o Barcelona,
porque al final lo que interesa son las ideas, no el sitio donde se expongan.
Pero en el 2003 las cosas todavía no funcionan así entre
cubanos. Detesto mezclar lo anecdótico con lo que pretendo resulte
un análisis desprejuiciado de determinada situación; sin
embargo, a veces las anécdotas ayudan a iluminar el escenario en
que se mueven esas ideas: de hecho, mi participación en el evento
de Miami no fue lo que en términos "oficiales" se hubiera
esperado de mí, y aún estoy a la espera de que alguien en
la isla interesado en asuntos culturales me pregunte qué se discutió
allí, y si fue de alguna utilidad.
Por su parte, no puedo decir que en Miami no me respetaran mis puntos
de vista, pero tampoco faltó la pregunta que uno descubre metida
a la fuerza, y que nada tiene que ver con lo que voy buscando en este
tipo de intercambio. "¿Por qué la visa a tí
y a los músicos de los Grammy no?", fue una de las interrogantes
lanzadas a quemarropa por una amable periodista del Miami Herald.
Desde luego, siempre será más fácil escribir veinte
ensayos en un mes, que pretender una respuesta medianamente razonable
a esa difícil adivinanza. Al final, la única conclusión
que saco es que tal vez Cuba hubiese sido el último lugar del mundo
donde a Aristóteles se le habría ocurrido disertar sobre
su famoso "término medio" como virtud.
Uva de Aragón. "El rostro oculto de Miami". Revista Encuentro
de la Cultura Cubana Nro. 18, p 8. Alejandro Ríos en Hacia un cine
miamense. El Nuevo Herald. Viernes 11 de junio de 1999, p 5c, a propósito
del estreno de "Water, Mud & Factories" (1999) de Joe Cardona
y Mario de Varona.
Por lo días que escribo estas líneas se anuncia un despertar
de la creación en Miami con el rodaje de "Cercanía",
el nuevo filme de Rolando Díaz que cuenta con las actuaciones de
un elenco de lujo integrado por Reynaldo Miravalles, Carlos Cruz, Grettel
Trujillo, Ana Viña, Mabel Roch, Lily Rentería y Gilberto
Reyes, entre otros, y que según Díaz marca un sueño:
"El sueño de un cine cubano cualitativamente superior en el
exilio". El cuestionamiento he de iniciarlo por casa, en tanto yo
mismo no he podido escapar de esa tendencia abiertamente excluyente: recuerdo
que hace un par de años, al escribir cierto ensayo sobre esto que
pudiéramos seguir llamando "el cine cubano sumergido",
no dudé en titular el texto "La otra orilla del cine cubano",
como si en realidad la creación artística (la de allá
o la de acá) pudiera revelar con transparencia los bordes de su
propio espacio.
El título en sí mismo era ya una propuesta bastante lamentable
de bipolaridad, pues mirado en profundidad no soluciona el problema que
enuncia (la posible existencia de otros cines y la falta de espacios para
conocerlos), sino que da por sentado que apenas hay dos cines: el de esta
orilla y el de la otra.
Ver Juan Antonio García Borrero. "La otra orilla del cine
cubano" en Rehenes de la sombra (Ensayos sobre el cine cubano que
no se ve). Festival de Cine de Huesca, Filmoteca de Andalucía y
Casa de América, España, 2002.
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