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Papeles secundarios a veinte años de su estreno: más metáfora del totalitarismo que nunca

Por Baltasar Santiago Martín


El jueves 30 de abril del 2009 a las 7:00 p.m. se proyectó en el Teatro Tower de la Pequeña Habana la película cubana Papeles secundarios, del director Orlando Rojas, que estuvo presente en la proyección junto a varias de las actrices participantes en la película.

A veinte años de su estreno en La Habana, “el cuartico está igualito”, o mucho peor, para ser exactos.

Asombra la valentía del director, actores y guionistas al haberse arriesgado en el mismo seno del monstruo a hacer esta película tan metafórica del totalitarismo castrista, con la inclusión de fotos de Fidel Castro y de Alicia Alonso, la versión del Comandante en Jefe en tutú y en puntas, en algunas de las escenas del provocador film.

Se sabe incluso que Alicia se molestó bastante con Rosa Fornés por haberse prestado para protagonizar el film, evidente alegoría de su férreo feudo, a imagen y semejanza del de su barbudo mentor.

Sorprende también constatar que el nombre del personaje femenino protagónico haya sido Rosa “Soto”, cuando en esa época no era del dominio público que Dalia Soto era la mujer del Comediante en Jefe, así que el apellido de ficción se tornó real, haciendo la metáfora más cercana aún.

Orlando Rojas logra recrear acertadamente en el film la asfixiante atmósfera de la Cuba castrada, usando como marco la sede de un grupo de teatro habanero, cuya fachada es la del Estadio Universitario, su interior el del Teatro Terry de Cienfuegos, y su azotea la de un edificio de la Habana Vieja, con cúpula incluida; donde los actores sobreviven en medio del culto a la personalidad de la directora, una vieja actriz que se resiste a lo inevitable -el relevo generacional- en un país donde pretender que esto ocurra es un verdadero sacrilegio para los inamovibles dirigentes históricos de la Revolución.

Así, Rosa Soto, brillantemente interpretada por esa maestra de las tablas que es Rosita Fornés, acaba prefiriendo que sea Mirtha, su “rival” de tantos años, la que interprete a “la Santiaguera” - que ya no puede encarnar debido a su edad- , en vez de aceptar que lo haga la insolente recién graduada del Instituto Superior de Arte, que se acuesta con el director para obtener el protagónico.

O sea, que de dos males, Rosa opta por el menor, y se convierte hasta en mentora de Mirtha, con tal de “combatir” a la “advenediza”.

Muy valiente también la cruda exposición de cómo funciona la “vía horizontal”-léase la cama- para la obtención de los papeles importantes en el cine cubano, regla general que se cumple con las esposas de los directores (Titón - Mirtha Ibarra, Pastor Vega - Daysi Granados) y con las/los amantes de los mismos, de lo que no se salva casi nadie, excepto Rosita, que no se tuvo que poner horizontal para que Orlando le ofreciera el rol.

(Circula por ahí la historia de un premio Coral obtenido gracias a unas nalgas de ensueño, un culo cinematográfico, vaya).

El montaje de la obra teatral Réquiem por Yarini es el pretexto empleado para la realización de esta especie de autopsia del régimen totalitario, y la metáfora es hoy aún más “fidedigna”, cuando Fidel ha designado a su hermano Raúl como su sucesor, y defenestrado recientemente a los “más jóvenes” Carlos Lage y Felipe Pérez Roque, empalagados según él con la “miel del poder”. Es preferible, según la lógica castrista, pasarle el batón al ya cansado y predecible “rival” - la Mirtha de la película-, que a la juventud que irrumpe para interpretar a la nueva santiaguera.

Pero como en la historia real a la que la película sirve de espejo el único papel protagónico es el del Máximo Líder, hasta la propia Rosa Soto pasa a ser un papel secundario -como todos los demás súbditos del reino- cuando es destituida por López Treto siguiendo órdenes de la extensión 970 a la que llama recurrentemente, tal y como le pasó a Alicia Alonso cuando fue destituida como directora del Gran Teatro de la Habana, por haberse salido un poquito del guión central, para que aprendiera que mayoral sólo hay uno en esa isla donde el teatro del absurdo se torna cada vez más real.

Por último, una crítica general a los actores: todos deben mejorar la dicción, para que la discriminación por el marcado acento de que son víctimas los actores cubanos por parte de las televisoras mexicanas no tenga ese pretexto, y nuestros artistas en libertad puedan acceder sin trabas a papeles protagónicos.

Baltasar Santiago Martín.