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LA HABANA, Cuba
El inicial deslumbramiento
de Jean Paul Sartre por la Revolución Cubana, si bien tuvo
un epílogo de
inquieta opacidad por la postura de las autoridades de la Isla
ante la
Primavera de Praga, el caso Padilla y otros actos censurables
contra los
cuales el escritor y filósofo francés comprometió
su autorizada firma, es
rescatado en el año de su centenario como si jamás
hubiese existido ningún
tipo de fisura.
Aunque arrimar la brasa
de la eticidad y el compromiso intelectual al fuego
de una ideología en ascuas resultó un acto rutinario
en la Cuba de
hoy -necesitada del apoyo de ilustres concomitantes en su bregar
del ser a
la nada, en el concepto más práctico-, el rescate
del pensamiento y acción
de un hombre que siempre se alineó junto a las causas más
justas, paga una
deuda moral con el creador, y estimula el resentimiento de un
escenario
político-cultural contradictorio como toda obra humana,
pero aún más cuando
nace del dogma y no del análisis de las reglas impuestas.
Resumir desde una actitud
más abierta todas las coordenadas filosóficas del
autor de La Náusea, La Ramera Respetuosa, El Ser y la Nada,
entre otras
obras que redondearon su teoría filosófica del existencialismo
como acto de
libre compromiso, es sin dudas un paso adelante en la búsqueda
de esa
libertad que tanto propugnó Sartre.
La publicación
de La Náusea y ensayos por la Editorial Arte y Literatura
que, además, recoge en el volumen de 380 páginas
la serie de artículos
Huracán sobre el azúcar, escritos por el también
dramaturgo durante su
visita a la isla en 1960 junto a su compañera de la vida
y la literatura
Simone de Beavoir, establece un replanteo ético-social
que borra las
rupturas surgidas desde anteriores décadas, y abre un nuevo
camino hacia el
debate existencial de las nuevas generaciones de cubanos del único
escritor
que rechazara el codiciado Premio Nobel de Literatura por temor
a la
supuesta deuda que contraería con su libertad de creación,
y como acto de
rebeldía ante lo establecido, más que un placer
resulta una inmersión en las
posturas políticas y humanas desde el preámbulo
de la Segunda Guerra
Mundial, pasando por los convulsos años 60 hasta llegar
a nuestros días.
El alevoso pacto Molotov-Ribbentrop,
que puso en la misma balanza los
supuestos valores del comunismo soviético con el fascismo
alemán; a Iosiv
Stalin junto a Adolf Hitler, fue un detonador sin nombre contra
los
luchadores de izquierda, quienes, traicionados en sus más
íntimos principios
del demagógico eslogan: "Un mundo mejor para todos",
sólo vinieron a
restañar sus maltrechos pensamientos y sus credenciales
de antagonistas y
profetas del rumbo militarista del conservadurismo occidental,
cuando la
guerra de Viet Nam y otros terrores desembarcaron en las calles
de Francia
en mayo de 1968, o los ensordecedores ecos de contiendas actuales
no dejan
escuchar los gritos inconformes de la humanidad.
Si las múltiples
conferencias, los diversos debates, las puestas en escena,
la proyección de películas y la edición de
otros títulos como Sartre-Cuba.
Cuba-Sartre, Surco, Semilla, y ¿Qué es la literatura?,
realizadas en varios
escenarios de Ciudad de La Habana, del 22 al 26 de noviembre como
homenaje
al centenario de Sartre, fructificaran, sólo sería
posible bajo el fértil
terreno de la libertad, porque como decía el autor de A
puerta cerrada y Las
palabras: "No se escribe para esclavos. El arte de la prosa
es solidario con
el único régimen donde la prosa tiene sentido: la
Democracia".
La presentación
en los portales del Palacio del Segundo Cabo de La Haban de
libro La Náusea y ensayos, que contó con una introducción
al mundo sartreano
de la doctora Graciela Pogolotti, junto a un intelectual anglo-pakistaní,
amigo y seguidor del filósofo francés, y el doctor
Eduardo Torres
Cuevas -como punto final de un merecido homenaje-, si bien no
es una clara
señal de que los tiempos cambian, al menos puede ser el
último aviso de que
tienen que cambiar.
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