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LA NAÚSEA EN EL PALACIO DE SEGUNDO CABO
Víctor Manuel Domínguez,
Lux Info Press


 


LA HABANA, Cuba

El inicial deslumbramiento
de Jean Paul Sartre por la Revolución Cubana, si bien tuvo un epílogo de
inquieta opacidad por la postura de las autoridades de la Isla ante la
Primavera de Praga, el caso Padilla y otros actos censurables contra los
cuales el escritor y filósofo francés comprometió su autorizada firma, es
rescatado en el año de su centenario como si jamás hubiese existido ningún
tipo de fisura.

Aunque arrimar la brasa de la eticidad y el compromiso intelectual al fuego
de una ideología en ascuas resultó un acto rutinario en la Cuba de
hoy -necesitada del apoyo de ilustres concomitantes en su bregar del ser a
la nada, en el concepto más práctico-, el rescate del pensamiento y acción
de un hombre que siempre se alineó junto a las causas más justas, paga una
deuda moral con el creador, y estimula el resentimiento de un escenario
político-cultural contradictorio como toda obra humana, pero aún más cuando
nace del dogma y no del análisis de las reglas impuestas.

Resumir desde una actitud más abierta todas las coordenadas filosóficas del
autor de La Náusea, La Ramera Respetuosa, El Ser y la Nada, entre otras
obras que redondearon su teoría filosófica del existencialismo como acto de
libre compromiso, es sin dudas un paso adelante en la búsqueda de esa
libertad que tanto propugnó Sartre.

La publicación de La Náusea y ensayos por la Editorial Arte y Literatura
que, además, recoge en el volumen de 380 páginas la serie de artículos
Huracán sobre el azúcar, escritos por el también dramaturgo durante su
visita a la isla en 1960 junto a su compañera de la vida y la literatura
Simone de Beavoir, establece un replanteo ético-social que borra las
rupturas surgidas desde anteriores décadas, y abre un nuevo camino hacia el
debate existencial de las nuevas generaciones de cubanos del único escritor
que rechazara el codiciado Premio Nobel de Literatura por temor a la
supuesta deuda que contraería con su libertad de creación, y como acto de
rebeldía ante lo establecido, más que un placer resulta una inmersión en las
posturas políticas y humanas desde el preámbulo de la Segunda Guerra
Mundial, pasando por los convulsos años 60 hasta llegar a nuestros días.

El alevoso pacto Molotov-Ribbentrop, que puso en la misma balanza los
supuestos valores del comunismo soviético con el fascismo alemán; a Iosiv
Stalin junto a Adolf Hitler, fue un detonador sin nombre contra los
luchadores de izquierda, quienes, traicionados en sus más íntimos principios
del demagógico eslogan: "Un mundo mejor para todos", sólo vinieron a
restañar sus maltrechos pensamientos y sus credenciales de antagonistas y
profetas del rumbo militarista del conservadurismo occidental, cuando la
guerra de Viet Nam y otros terrores desembarcaron en las calles de Francia
en mayo de 1968, o los ensordecedores ecos de contiendas actuales no dejan
escuchar los gritos inconformes de la humanidad.

Si las múltiples conferencias, los diversos debates, las puestas en escena,
la proyección de películas y la edición de otros títulos como Sartre-Cuba.
Cuba-Sartre, Surco, Semilla, y ¿Qué es la literatura?, realizadas en varios
escenarios de Ciudad de La Habana, del 22 al 26 de noviembre como homenaje
al centenario de Sartre, fructificaran, sólo sería posible bajo el fértil
terreno de la libertad, porque como decía el autor de A puerta cerrada y Las
palabras: "No se escribe para esclavos. El arte de la prosa es solidario con
el único régimen donde la prosa tiene sentido: la Democracia".

La presentación en los portales del Palacio del Segundo Cabo de La Haban de
libro La Náusea y ensayos, que contó con una introducción al mundo sartreano
de la doctora Graciela Pogolotti, junto a un intelectual anglo-pakistaní,
amigo y seguidor del filósofo francés, y el doctor Eduardo Torres
Cuevas -como punto final de un merecido homenaje-, si bien no es una clara
señal de que los tiempos cambian, al menos puede ser el último aviso de que
tienen que cambiar.