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PRISION 1580, La Habana - Febrero 14, 2006.
Hija querida: Yo, el
que te ha acompañado desde la infancia, al que nunca
has visto atentar contra nadie ni tocar con el dedo el fino pétalo
de la
concordia social, hoy está en el presidio, desde el cual
te escribe.
Nosotros, tú
y yo, que durante tantos años hemos estado escribiéndonos,
jamás imaginamos que un día tuviéramos que
hacerlo bajo una situación tan
adversa para mí. Nunca pensé escribirte desde el
presidio.
¡Así son
las cosas por acá! De todo se ve y todo puede suceder sobre
esta
verde islita, sobre este mundo alucinante y triste del que algunos
aún tejen
ideas y fantasías alejadas de nuestra realidad, y poseedores
únicamente de
algunos criterios difundidos por la historia negra que sobre Cuba
ha
fabricado el castrismo.
¡Pobres los incapaces
de hurgar en pos de la verdad! ¡Ha habido otros que
por envidia y demás oscuros sentimientos justifican cualquier
atropello
siempre que se haga en nombre de una falsa igualdad y de una justicia
social
inexistente. Están aún los que, utilizando las prerrogativas
de la sociedad
democráticas crean tiranías que niegan toda libertad
y conculcan los más
elementales derechos humanos.
Las razones para mi
encarcelamiento son incomprensibles para cualquiera que
viva en la sociedad en que tú vives, pero totalmente entendible
para el
cubano.
Tuve la indiscreción
de criticar y cuestionar al gobierno de mi país y
denunciar su carácter totalitario y dictatorial ante el
mundo. Lo hice de la
única forma que sé hacerlo y que se aviene con mi
carácter: pacíficamente y
a través de la palabra.
El gobierno cubano,
como otrora hicieran las dictaduras de Gerardo Machado y
Fulgencio Batista, nos endilgan el nombre de delincuentes y le
agregan los
epítetos de mercenarios y agentes del imperialismo yanqui.
Te juro, hija mía,
que jamás he tenido ni siquiera una entrevista privada
con funcionario alguno de los Estados Unidos o de cualquier otro
país.
Aunque nada de malo hubiera en ello. Por otra parte, la única
remuneración
económica que he recibido de la única agencia de
prensa para la cual he
escrito, Cubanet, apenas ha cubierto mis modestas y escasas necesidades
materiales.
Te respeto demasiado
para mancillar mi nombre con algo tan deshonesto. Te
amo con la requerida intensidad como para evadir cualquier desliz
que empañe
mi reputación. Te quiero lo suficiente, y más aún,
para nublar tan hermoso
cariño con el deshonor.
La verdadera razón
de mi cautiverio es haber denunciado al gobierno de mi
país ante una agencia de prensa cubana radicada en Miami
porque los medios
de prensa de Cuba están cerrados para los que, como yo,
expresan criterios
independientes. En ellos sólo tienen cabida los adulones
y apologistas del
poder político. Por mi parte, siempre he pensado y he pensado
lo que he
dicho en un clima de absoluto respeto.
He sentido la necesidad
expresada en un mandato de conciencia, de hacer
públicos los abusos y atropellos del poder político
que por más de 47 años
ha estado sobre la nación cubana.
Nunca pensé
que mi modesto e irrelevante aporte al futuro de Cuba tuviera
mayor connotación. Soy un simple ciudadano que intentaba
difundir la
naturaleza brutal y demagógica del gobierno cubano, pensando
que con ello
colocaba un grano de arena en la edificación inexorable
de la Cuba venidera.
¡Cómo pensar que tan nobles e inofensivos propósitos
pudieran acarrearme un
presidio a mis 62 años y con mis achaques! El amor a mi
país, mi devoción a
la libertad y a la democracia han sido los causantes de mi cautiverio.
Si algún día
oyeras a tu padre decir algo que contradiga lo que hasta aquí
te he referido, piensa que no es tu padre el que habla. Sería
otro hombre
maniatado, endrogado o presa del miedo, pero no sería tu
padre y estaría
obligado a decirlo bajo la presión del chantaje o la amenaza.
Espero que algún
día podamos vernos aquí en nuestro país,
en un futuro de
libertad y progreso. Tomados de la mano andar por las calles de
La Habana,
sin odios ni temores y sin el desasosiego de volver la cara temerosos,
y con
la vista fija únicamente en el porvenir.
Incúlcale a
mi nieto, junto al amor a Dios y al prójimo, la devoción
a los
derechos humanos y a la libertad, de modo que nunca comulgue con
la
injusticia y el atropello.
Que Dios los bendiga
y que me permita pronto depositar un beso grande que
para tu frente llevo aquí en el corazón.
Te quiere, Papá.
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