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Un poeta es alguien que se propuso practicarle una cirugía
al espíritu con el fin de regalar sus esencias para que
no mueran de sed las ilusiones. Sobre un soneto se va a los confines
de los sueños. Allí donde las fantasías se
palpan como cuerpos tibios, está la poesía escabulléndose
entre los dedos, la imaginación ardiendo, al alma abierta
de par en par.
El arte desmenuzado encima del papel, la rima con sus acentos
y sus sorpresas, los endecasílabos lanzados a la conquista
del deleite.
Con su voz, un poeta acaba de reafirmar sus pasiones. No se esconde
para enarbolar unos principios ensamblados con polvo de las postrimerías,
le canta loas a un engendro y pone en alto su desenfado al sentenciar
su devoción por una dictadura.
No se ha vuelto loco Joaquín Sabina. Vino a curarse sus
nostalgias, también a intensificar el color de sus venas.
Por el rojo apuesta hasta la muerte, militando en una izquierda
que llora a Stalin y suspira por Lenin.
En la Habana declaró su adhesión incondicional a
los postulados que sostienen a un gobierno que no permite elecciones
libres hace más de 47 años y que además encarcela
y golpea a quienes manifiestan sus desacuerdos con esta y otras
realidades no menos ominosas.
Sabina estuvo en la Feria Internacional del Libro que el régimen
organiza anualmente. Poco le importó la larga lista de
escritores y poetas nacionales sentenciados al olvido por sus
obras, consideradas lesivas para el prestigio de esa revolución
que defiende.
La censura que mantiene desplazados, de los ámbitos del
arte, a centenares de creadores, muchos de ellos aún dentro
de las fronteras insulares sobreviviendo entre el anonimato y
el ostracismo, pasó inadvertida para el cantautor andaluz
dedicado a andar por las ramas de una jungla con gran variedad
de flora y fauna.
El trovador prefiere acompañarse de las fieras, afilarle
los colmillos y darle unas palmaditas de estímulo.
A las víctimas basta con una buena dosis de silencios,
y si es preciso, una descarga mortal de descalificaciones y calumnias,
que legalicen el atropello, aprendidas con los llamados grupos
de solidaridad con Cuba que hasta España han exportado
los actos de repudio, las consignas totalitarias y el jingoísmo
en una de sus versiones más perversas.
Joaquín Sabina fue un exiliado en época de Franco,
sufrió en carne propia los avatares derivados de la intolerancia.
Él sabe lo que significa el monopolio del poder, en este
caso igualmente concentrado en una persona. Tampoco puede desconocer
la naturaleza represiva que distingue a todos los absolutismos.
Podría ser cualquier cosa menos un tonto. El es un poeta,
un hombre que ve más allá de los desplantes demagógicos
que los políticos prodigan regularmente en sus discursos.
Me niego a aceptar que Sabina es un idiota, mucho menos un trovador
que compone textos al azar o como un pasatiempo para matar el
aburrimiento.
No he leído "Ciento volando de catorce", el libro
de sonetos que vendió en un salón de la fortaleza
colonial de San Carlos de la Cabaña, en el evento cultural
dedicado este año a Venezuela.
Realmente no me impulsa ningún deseo de poner ojos y oídos
delante de su obra cuando pienso que el autor proclama a los cuatro
vientos su amistad con la revolución cubana. La misma que
me mandó a la cárcel por ejercitar la libre emisión
de criterios. La entelequia que resuelve oficializar un dogma
con casi nada de marxismo y suficientes reminiscencias feudales.
Sabina está en el aire, volando. ¿En la órbita
del cinismo o alrededor de una farsa?
Ojo, en 1994 grabó un álbum musical que intituló
"Mentiras piadosas". Me inclino a pensar en un izquierdista
arrastrado por la pasión. Desde este sitio no diviso, ni
en el horizonte, las convicciones.
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