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A LA IZQUIERDA DE
UN SONETO.
Por Jorge Olivera Castillo.


Un poeta es alguien que se propuso practicarle una cirugía al espíritu con el fin de regalar sus esencias para que no mueran de sed las ilusiones. Sobre un soneto se va a los confines de los sueños. Allí donde las fantasías se palpan como cuerpos tibios, está la poesía escabulléndose entre los dedos, la imaginación ardiendo, al alma abierta de par en par.
El arte desmenuzado encima del papel, la rima con sus acentos y sus sorpresas, los endecasílabos lanzados a la conquista del deleite.
Con su voz, un poeta acaba de reafirmar sus pasiones. No se esconde para enarbolar unos principios ensamblados con polvo de las postrimerías, le canta loas a un engendro y pone en alto su desenfado al sentenciar su devoción por una dictadura.
No se ha vuelto loco Joaquín Sabina. Vino a curarse sus nostalgias, también a intensificar el color de sus venas.
Por el rojo apuesta hasta la muerte, militando en una izquierda que llora a Stalin y suspira por Lenin.
En la Habana declaró su adhesión incondicional a los postulados que sostienen a un gobierno que no permite elecciones libres hace más de 47 años y que además encarcela y golpea a quienes manifiestan sus desacuerdos con esta y otras realidades no menos ominosas.
Sabina estuvo en la Feria Internacional del Libro que el régimen organiza anualmente. Poco le importó la larga lista de escritores y poetas nacionales sentenciados al olvido por sus obras, consideradas lesivas para el prestigio de esa revolución que defiende.
La censura que mantiene desplazados, de los ámbitos del arte, a centenares de creadores, muchos de ellos aún dentro de las fronteras insulares sobreviviendo entre el anonimato y el ostracismo, pasó inadvertida para el cantautor andaluz dedicado a andar por las ramas de una jungla con gran variedad de flora y fauna.
El trovador prefiere acompañarse de las fieras, afilarle los colmillos y darle unas palmaditas de estímulo.
A las víctimas basta con una buena dosis de silencios, y si es preciso, una descarga mortal de descalificaciones y calumnias, que legalicen el atropello, aprendidas con los llamados grupos de solidaridad con Cuba que hasta España han exportado los actos de repudio, las consignas totalitarias y el jingoísmo en una de sus versiones más perversas.
Joaquín Sabina fue un exiliado en época de Franco, sufrió en carne propia los avatares derivados de la intolerancia. Él sabe lo que significa el monopolio del poder, en este caso igualmente concentrado en una persona. Tampoco puede desconocer la naturaleza represiva que distingue a todos los absolutismos.
Podría ser cualquier cosa menos un tonto. El es un poeta, un hombre que ve más allá de los desplantes demagógicos que los políticos prodigan regularmente en sus discursos. Me niego a aceptar que Sabina es un idiota, mucho menos un trovador que compone textos al azar o como un pasatiempo para matar el aburrimiento.
No he leído "Ciento volando de catorce", el libro de sonetos que vendió en un salón de la fortaleza colonial de San Carlos de la Cabaña, en el evento cultural dedicado este año a Venezuela.
Realmente no me impulsa ningún deseo de poner ojos y oídos delante de su obra cuando pienso que el autor proclama a los cuatro vientos su amistad con la revolución cubana. La misma que me mandó a la cárcel por ejercitar la libre emisión de criterios. La entelequia que resuelve oficializar un dogma con casi nada de marxismo y suficientes reminiscencias feudales.
Sabina está en el aire, volando. ¿En la órbita del cinismo o alrededor de una farsa?
Ojo, en 1994 grabó un álbum musical que intituló "Mentiras piadosas". Me inclino a pensar en un izquierdista arrastrado por la pasión. Desde este sitio no diviso, ni en el horizonte, las convicciones.