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LA CORRUPCIÓN, UN CÁNCER EN CRECIMIENTO.
Oscar Espinosa Chepe

 


LA HABANA, Cuba -

Una nueva campaña contra la corrupción está en marcha. Un proceso repetido
cada cierto tiempo contra un mal que no deja de crecer y penetrar por todos
los poros de la sociedad cubana. Sus efectos, devastadores en la esfera
económica, son aún más terribles en los aspectos sociales y espirituales de
la vida nacional.

Muchas campañas de este tipo, bajo el manto de combatir la corrupción y el
delito, fueron llevadas a cabo en el pasado, siempre con medidas represivas,
amenazas y la adopción de reglamentos llenos de restricciones y
prohibiciones. Recuérdense las operaciones Adoquín y Pitirre en el Alambre,
entre una larga lista de acciones anticorrupción que, con singulares
apelativos, no han podido erradicar un cáncer que cual gigantesca Hidra,
cuando le cortan una cabeza le surgen tres.

Con la pérdida de la sustentación económica en forma de subvenciones
provenientes del Este de Europa a fines de los años 80, y el consiguiente
aumento radical de la precariedad y escasez de bienes, se ha incrementado la
corrupción a niveles insospechados. Este fenómeno está acompañado de un
irracional manejo de los recursos materiales, financieros y humanos que, en
el marco de un anárquico capitalismo de estado, ha desembocado en un colosal
despilfarro de bienes, de tal magnitud que podría pasar a los anales de la
historia universal como único, y digno de estudio para las generaciones
venideras.

Los periodistas independientes y disidentes pacíficos vienen denunciando
este terrible estado de cosas desde hace muchos años, y han recibido por
ello la incomprensión oficial, persecución y largas condenas de cárcel. Las
informaciones recientes ratifican que sus llamados y denuncias contra la
corrupción y el delito en la sociedad cubana en modo alguno eran
elucubraciones. Si acaso, pecaban por defecto ante el alcance del desastre
expuesto por las autoridades recientemente.

La experiencia que comenzó en la provincia de Pinar del Río al sustituirse
el personal suministrador de combustible -los llamados pisteros- en las
estaciones de gasolina por jóvenes trabajadores sociales provenientes del
oriente de la isla, pronto desveló que lo sustraído era tanto o más que lo
ingresado por la venta del carburante. En algunos momentos se robaba casi la
mitad, y en ocasiones más de la mitad. Cálculos oficiales aseguran que en
breve las dos terceras partes de la energía consumida por la nación podría
ahorrarse con las medidas y controles en vías de implementación, lo cual
puede brindar una somera idea del caos existente.

La corrupción y el delito, como se ha demostrado, no sólo están presentes en
las refinerías, la distribución y el suministro del combustible. Se
evidencia con fuerza pujante en todos los sectores de la sociedad cubana.
Puede hallarse en hospitales, fábricas, hoteles, farmacias, tiendas de venta
en divisas, mercados agropecuarios, obras en construcción, puertos,
panaderías y otros muchos lugares. Sin olvidar a millones de cubanos que
viven en la mentira, con una doble moral por temor a que se les hunda el
mundo si reconocen públicamente la verdad.

La Fiscalía General detectó unos 16 mil delitos en entidades estatales
durante los últimos tres años, según informaciones ofrecidas en junio
pasado. Una prueba más de la grave situación existente en la salud moral de
lugares donde administran personas de confianza, militantes del Partido
Comunista, donde además existen sus organizaciones de base y otras
subordinadas, como la Unión de Jóvenes Comunistas y los sindicatos
oficialistas.

Lo más preocupante del calamitoso escenario nacional en cuanto al
indetenible avance de la corrupción y el delito no es el fenómeno en sí,
sino la forma en que las autoridades se obstinan en combatirlo. Otra vez
utilizan viejos y fracasados métodos, basados en la represión y las
amenazas, negándose a reconocer que la causa principal del problema radica
en un sistema económico, político y social absolutamente obsoleto, que en
todos los lugares donde se ha aplicado ha dado idénticos resultados:
miseria, marginación, pérdida de valores, escasez y, por consecuencia,
corrupción y delito a gran escala.

Nadie debe dudar de la buena voluntad de los jóvenes trabajadores sociales,
ni de generales en retiro con meritorios expedientes, por querer solucionar
las enormes tareas asignadas. No obstante, las perspectivas de éxito, como
en otras ocasiones -recuérdese la recuperación de la industria azucarera- so
bastante dudosas, con misiones imposibles de cumplir si sólo se aborda la
corrupción y el delito desde el punto de vista de los efectos y no de sus
causas.

En un país donde los salarios y pensiones cada día alcanzan menos para
vivir, la escasez de los artículos esenciales se profundiza, existe una
voluntad estatal encaminada a controlarlo todo mediante una vasta burocracia
desestimulada, incapaz de controlar algo. Todo en un contexto al cual se
añade la anárquica interacción de distintas monedas, mercados y precios en
el marco de una persistente crisis de 15 años, que además de perjuicios
económicos y sociales ha provocado daños incalculables en el alma nacional.

Alguien señaló hace mucho
tiempo que ser radical es ir a la raíz de los problemas. En Cuba, para dar
la batalla a la corrupción y el delito debe irse a la raíz, que está en un
sistema que ha bloqueado las fuerzas productivas, frenado la iniciativa y la
creatividad ciudadanos y promovido la miseria y la escasez. Al mismo tiempo,
sistemáticamente ha hecho dependiente a la nación de la subvención
extranjera, antes de la extinta Unión Soviética y países del Este de Europa,
ahora de Venezuela y las remesas provenientes del "enemigo".

La solución nunca será hallada a través del incremento de la represión, la
construcción de nuevas cárceles y el aumento de la ya impresionante
población penal con personas muchas veces empujadas al delito por el
desesperante clima social. Mucho menos darán resultado las medidas en
marcha, dirigidas a recentralizar la economía, remonopolizar el comercio
exterior y cerrar los pequeños espacios a la iniciativa individual.

Como en otras oportunidades, estos movimientos involutivos sólo traerán
consigo dosis más elevadas de ineficiencia e improductividad que luego se
traducirán en menos riquezas creadas, más precariedad, ingresos reales de la
población disminuidos, desesperanza y frustración: caldo de cultivo propicio
para el florecimiento de la corrupción y el delito. Combatir estos males con
más totalitarismo es como querer sofocar un incendio con gasolina.

El camino acertado para comenzar la lucha contra la corrupción y el delito
es el de la liberación de las fuerzas productivas, y la promoción del
espíritu emprendedor del cubano en un marco legal adecuado, con normas
éticas aceptables y el respeto a los derechos humanos consagrados
universalmente.

La versión oficial de que la única opción al aberrante capitalismo de estado
actuando durante tantos años en Cuba es un sistema neoliberal resulta un
total absurdo. Para la inmensa mayoría de los cubanos, ambos modelos -el
estatista y el neoliberal- son rechazables por su naturaleza
antidemocrática, elitista y promotora de injustas diferencias sociales. El
primero basándose en instrumentos ideológicos para conseguir sus fines de
mantener el poder absoluto, y el otro en un ridículo darwinismo
económico-social para los suyos.

Los cubanos, herederos de una rica tradición cristiana, patrimonio de
creyentes y no creyentes, y de concepciones liberales promulgadoras de una
democracia integral, donde además de la libertad política esté priorizada la
justicia social y la solidaridad con oportunidades de desarrollo para todos
los ciudadanos, sin discriminación de ningún tipo, no ven contradicción
alguna entre la propiedad pública y la individual en un estado democrático y
de derecho.

La experiencia de muchos países, en especial de algunos salidos de la
extrema pobreza en los últimos decenios, indica que la combinación de la
iniciativa pública y la privada ha dado resultados excelentes. Los casos de
China y Vietnam muestran claramente lo anterior. La populosa nación asiática
tuvo una tasa de crecimiento anual del PIB de 8.2% entre 1975 y 2003, siendo
la tasa para el período 1990-2003 de 8.5%, según el Informe de Desarrollo
Humano 2005 del PNUD. Los indicadores de la nación indochina para iguales
etapas fueron de 5 y 5.9%, respectivamente. Impresionantes y sostenidos
aumentos de la riqueza nacional logrados por la sabia coordinación de los
diferentes intereses existentes en esos países, y el uso del mercado y la
competencia como categorías económicas que, controladas debidamente,
resultan magníficos instrumentos para la distribución de los recursos y el
desarrollo de las naciones.

Aríiculo publicado en Cubanet