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LA HABANA, Cuba -
Una nueva campaña contra la corrupción está
en marcha. Un proceso repetido
cada cierto tiempo contra un mal que no deja de crecer y penetrar
por todos
los poros de la sociedad cubana. Sus efectos, devastadores en
la esfera
económica, son aún más terribles en los aspectos
sociales y espirituales de
la vida nacional.
Muchas campañas de este tipo, bajo el manto de combatir
la corrupción y el
delito, fueron llevadas a cabo en el pasado, siempre con medidas
represivas,
amenazas y la adopción de reglamentos llenos de restricciones
y
prohibiciones. Recuérdense las operaciones Adoquín
y Pitirre en el Alambre,
entre una larga lista de acciones anticorrupción que, con
singulares
apelativos, no han podido erradicar un cáncer que cual
gigantesca Hidra,
cuando le cortan una cabeza le surgen tres.
Con la pérdida de la sustentación económica
en forma de subvenciones
provenientes del Este de Europa a fines de los años 80,
y el consiguiente
aumento radical de la precariedad y escasez de bienes, se ha incrementado
la
corrupción a niveles insospechados. Este fenómeno
está acompañado de un
irracional manejo de los recursos materiales, financieros y humanos
que, en
el marco de un anárquico capitalismo de estado, ha desembocado
en un colosal
despilfarro de bienes, de tal magnitud que podría pasar
a los anales de la
historia universal como único, y digno de estudio para
las generaciones
venideras.
Los periodistas independientes y disidentes pacíficos
vienen denunciando
este terrible estado de cosas desde hace muchos años, y
han recibido por
ello la incomprensión oficial, persecución y largas
condenas de cárcel. Las
informaciones recientes ratifican que sus llamados y denuncias
contra la
corrupción y el delito en la sociedad cubana en modo alguno
eran
elucubraciones. Si acaso, pecaban por defecto ante el alcance
del desastre
expuesto por las autoridades recientemente.
La experiencia que comenzó en la provincia de Pinar del
Río al sustituirse
el personal suministrador de combustible -los llamados pisteros-
en las
estaciones de gasolina por jóvenes trabajadores sociales
provenientes del
oriente de la isla, pronto desveló que lo sustraído
era tanto o más que lo
ingresado por la venta del carburante. En algunos momentos se
robaba casi la
mitad, y en ocasiones más de la mitad. Cálculos
oficiales aseguran que en
breve las dos terceras partes de la energía consumida por
la nación podría
ahorrarse con las medidas y controles en vías de implementación,
lo cual
puede brindar una somera idea del caos existente.
La corrupción y el delito, como se ha demostrado, no sólo
están presentes en
las refinerías, la distribución y el suministro
del combustible. Se
evidencia con fuerza pujante en todos los sectores de la sociedad
cubana.
Puede hallarse en hospitales, fábricas, hoteles, farmacias,
tiendas de venta
en divisas, mercados agropecuarios, obras en construcción,
puertos,
panaderías y otros muchos lugares. Sin olvidar a millones
de cubanos que
viven en la mentira, con una doble moral por temor a que se les
hunda el
mundo si reconocen públicamente la verdad.
La Fiscalía General detectó unos 16 mil delitos
en entidades estatales
durante los últimos tres años, según informaciones
ofrecidas en junio
pasado. Una prueba más de la grave situación existente
en la salud moral de
lugares donde administran personas de confianza, militantes del
Partido
Comunista, donde además existen sus organizaciones de base
y otras
subordinadas, como la Unión de Jóvenes Comunistas
y los sindicatos
oficialistas.
Lo más preocupante del calamitoso escenario nacional en
cuanto al
indetenible avance de la corrupción y el delito no es el
fenómeno en sí,
sino la forma en que las autoridades se obstinan en combatirlo.
Otra vez
utilizan viejos y fracasados métodos, basados en la represión
y las
amenazas, negándose a reconocer que la causa principal
del problema radica
en un sistema económico, político y social absolutamente
obsoleto, que en
todos los lugares donde se ha aplicado ha dado idénticos
resultados:
miseria, marginación, pérdida de valores, escasez
y, por consecuencia,
corrupción y delito a gran escala.
Nadie debe dudar de la buena voluntad de los jóvenes trabajadores
sociales,
ni de generales en retiro con meritorios expedientes, por querer
solucionar
las enormes tareas asignadas. No obstante, las perspectivas de
éxito, como
en otras ocasiones -recuérdese la recuperación de
la industria azucarera- so
bastante dudosas, con misiones imposibles de cumplir si sólo
se aborda la
corrupción y el delito desde el punto de vista de los efectos
y no de sus
causas.
En un país donde los salarios y pensiones cada día
alcanzan menos para
vivir, la escasez de los artículos esenciales se profundiza,
existe una
voluntad estatal encaminada a controlarlo todo mediante una vasta
burocracia
desestimulada, incapaz de controlar algo. Todo en un contexto
al cual se
añade la anárquica interacción de distintas
monedas, mercados y precios en
el marco de una persistente crisis de 15 años, que además
de perjuicios
económicos y sociales ha provocado daños incalculables
en el alma nacional.
Alguien señaló hace mucho
tiempo que ser radical es ir a la raíz de los problemas.
En Cuba, para dar
la batalla a la corrupción y el delito debe irse a la raíz,
que está en un
sistema que ha bloqueado las fuerzas productivas, frenado la iniciativa
y la
creatividad ciudadanos y promovido la miseria y la escasez. Al
mismo tiempo,
sistemáticamente ha hecho dependiente a la nación
de la subvención
extranjera, antes de la extinta Unión Soviética
y países del Este de Europa,
ahora de Venezuela y las remesas provenientes del "enemigo".
La solución nunca será hallada a través
del incremento de la represión, la
construcción de nuevas cárceles y el aumento de
la ya impresionante
población penal con personas muchas veces empujadas al
delito por el
desesperante clima social. Mucho menos darán resultado
las medidas en
marcha, dirigidas a recentralizar la economía, remonopolizar
el comercio
exterior y cerrar los pequeños espacios a la iniciativa
individual.
Como en otras oportunidades, estos movimientos involutivos sólo
traerán
consigo dosis más elevadas de ineficiencia e improductividad
que luego se
traducirán en menos riquezas creadas, más precariedad,
ingresos reales de la
población disminuidos, desesperanza y frustración:
caldo de cultivo propicio
para el florecimiento de la corrupción y el delito. Combatir
estos males con
más totalitarismo es como querer sofocar un incendio con
gasolina.
El camino acertado para comenzar la lucha contra la corrupción
y el delito
es el de la liberación de las fuerzas productivas, y la
promoción del
espíritu emprendedor del cubano en un marco legal adecuado,
con normas
éticas aceptables y el respeto a los derechos humanos consagrados
universalmente.
La versión oficial de que la única opción
al aberrante capitalismo de estado
actuando durante tantos años en Cuba es un sistema neoliberal
resulta un
total absurdo. Para la inmensa mayoría de los cubanos,
ambos modelos -el
estatista y el neoliberal- son rechazables por su naturaleza
antidemocrática, elitista y promotora de injustas diferencias
sociales. El
primero basándose en instrumentos ideológicos para
conseguir sus fines de
mantener el poder absoluto, y el otro en un ridículo darwinismo
económico-social para los suyos.
Los cubanos, herederos de una rica tradición cristiana,
patrimonio de
creyentes y no creyentes, y de concepciones liberales promulgadoras
de una
democracia integral, donde además de la libertad política
esté priorizada la
justicia social y la solidaridad con oportunidades de desarrollo
para todos
los ciudadanos, sin discriminación de ningún tipo,
no ven contradicción
alguna entre la propiedad pública y la individual en un
estado democrático y
de derecho.
La experiencia de muchos países, en especial de algunos
salidos de la
extrema pobreza en los últimos decenios, indica que la
combinación de la
iniciativa pública y la privada ha dado resultados excelentes.
Los casos de
China y Vietnam muestran claramente lo anterior. La populosa nación
asiática
tuvo una tasa de crecimiento anual del PIB de 8.2% entre 1975
y 2003, siendo
la tasa para el período 1990-2003 de 8.5%, según
el Informe de Desarrollo
Humano 2005 del PNUD. Los indicadores de la nación indochina
para iguales
etapas fueron de 5 y 5.9%, respectivamente. Impresionantes y sostenidos
aumentos de la riqueza nacional logrados por la sabia coordinación
de los
diferentes intereses existentes en esos países, y el uso
del mercado y la
competencia como categorías económicas que, controladas
debidamente,
resultan magníficos instrumentos para la distribución
de los recursos y el
desarrollo de las naciones.
Aríiculo publicado
en Cubanet
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