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LA HABANA, Cuba.
Si algo está garantizado en Cuba, con sus igualitarismos
y sus ofuscaciones,
es la muerte.
Ahora se ofrece como producto de marca en los spots políticos
repintados
con el mismo tono gris que Stalin dejó entre sus herencias
y maldiciones.
Siempre había sido una probabilidad rozando las certezas,
un recurso
abundante, un retrato del insomnio, un asalto del delirio. Ahora
es un
hecho habitual, una descarga silente de unos fusileros prestos
a apagar la
vida con balas de odio puro.
La muerte en todas sus facetas, como una actriz versátil
y ensoñadora, se
mueve sobre el escenario, pasea, se distingue en desdoblamientos.
Quiere
vestir a la tragedia de gala, a la rutina ponerle zapatos cómodos
y a la
crueldad investirla con coronas de reyes de oro macizo.
Aquí se muere de sustos, de miedos entrenados para aplastar
todas las
razones, de abucheos e histerias colectivas derramadas sin compasión
sobre
los moradores de humildes apartamentos que pusieron en el colimador
las
aberraciones y los disparates de aprendices de califas con su
séquito fiel
a los dogmas, al abuso y a las infamias.
Han matado sueños con gritos y consignas, han anunciado
golpizas mortales,
ajusticiamientos elevados al hall de la fama.
Promueven la cárcel como la guillotina de los tiempos que
alguien, por acá,
notifica de promisorios, pero que recuerdan a Robespierre y a
Mussolini, a
Goebels y a Pol Pot.
Aquí en La Habana y en Pinar del Río, en Ciego de
Ávila y Santa Clara se
siente el frío de la muerte más allá del
tenue invierno que busca un
espacio en una isla que convirtieron en un cementerio de cadáveres
reales y
conmovedores.
Hay muertos, millones de muertos que caminan y hablan, que transpiran
sus
terrores en cada movimiento, casi siempre ilegal. Sobreviven en
la
precariedad impuesta por el sistema. Una palabra que recuerda
la leve
estructura faraónica y lanza al olvido el constitucionalismo
democrático.
Yo he sentido la humedad cadavérica que satura las interioridades
de una
celda, la voz de un fiscal vestido de negro y parecido al Drácula
de los
filmes de terror, listo a absorber como sangre fresca el decoro
que crece
justo al lado de las disidencias.
Ahora mismo está muriendo en un hospital de Villa Clara,
Guillermo Fariñas.
Languidece disparando el arma contra sus asesinos. En sus resuellos,
van
las balas del heroísmo, la pólvora de una integridad
que invita a la
admiración. Se oyen las palabras como descargas, las denuncias
persiguiendo
las ignominias.
Su muerte es cierta porque desde el 31 de enero no come, ni bebe.
Reclama
que no nos sigan matando a todos los cubanos con la ignorancia
y las
represiones.
Pide acceso a la Internet, que cese el fascismo, que haya tolerancia
y
espacio para un debate serio e incluyente sobre el futuro de Cuba.
Por eso paga con su vida, se consume, delira, levita en su mundo.
Un sitio
que construyó mirando al porvenir, una zona que concibió
con la fe en una
república curada de rencores u otros vicios que la maldad
trae a la luz.
Siento el adiós de Fariñas, el alma escapándose
de su cuerpo junto a mis
ilusiones de poderlo ver otra vez y estrecharle la mano. En las
penumbras,
los adalides de la muerte. Los enterradores de las esperanzas.
Los que han
transformado la isla en un cementerio de vivos y muertos.
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