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Dos patrias tengo yo: / Cuba, y la mía.
(Paráfrasis de Roque Dalton sobre unos versos de José
Martí)
Más de una patria
tiene el cubano; más de una nostalgia padece. Y digo tanto
del cubano encerrado en la Isla como del cubano que lleva la Isla
encerrada en su corazón.
La Patria, a pesar
de ser una abstracción, es también una ristra de
vivencias y recuerdos. El lugar en que hemos vivido, luego, nos
vive para siempre en la memoria. Hay un olor de tiempo transcurrido
en cada paso nuevo. Una casa, un barrio, una ciudad es la sementera
donde nace la nostalgia cuando los ojos, que ya no son los mismos,
se cierran y los evocan. La nostalgia es candil que sólo
espera la brisa del recuerdo para arder con más brillo.
No sabe el hombre vivir sin su memoria. Un amigo, un amor, una
mascota, pueden, en la distancia del tiempo o del espacio, devolvernos
la orgía de fantasmas que creímos era la felicidad.
Cada ser humano tiene
una patria íntima que es la verdaderamente dolorosa. En
ella él es Rey y habitan todos los súbditos de su
corazón que, más tarde, lo tornan vasallo de su
ausencia. La compone y recompone con la urdimbre de días
que se entretejen y confunden, relumbran y se pierden. Es más
bello el pasado porque puede borrarse lo que dolía. Es
más triste el pasado porque sólo podemos enmendarlo
en la memoria. De ese juego esplendente de ver con nuevos ojos
nacen los abrazos que dejamos de dar, caricia se trueca el correazo
de la abuela gruñona, salta el perdón que a tiempo
no otorgamos, brota, al fin, el amor que nos torna magníficos
en nuestra nimiedad frente al vasto universo, la ancha vida.
La lidia perenne en
que seguimos siendo para dejar de ser, es la fuente de todas las
nostalgias. La Patria se conforma de esa enrevesada geografía
de cicatrices con que se dibuja nuestra poca historia. Donde hubo
una casa queda el sueño de quien la habitó, donde
hubo un camino queda el resonar de las pisadas de quienes lo cruzaron,
y, aunque a la vuelta no hallemos la casa ni el camino, o nos
parezca distinto al que hibernamos en el recuerdo, seguiremos
doliéndonos por ellos. No hay salvación. Es la memoria
un cesto de prodigios. La flor muerta vuelve a perfumar, vuelve
a soñar el niño que dejamos atrás y nos alcanza
una sonrisa que tal vez perdimos.
Para el cubano, que
se llevó su casa y su camino en la maleta del exilio, la
nostalgia le nace del pasado. Para el cubano, que le han borrado
su casa y su camino cuando aún la habita y lo cruza, la
nostalgia le nace del presente. Para el cubano del exilio la nostalgia
es volver. Para el cubano de la Isla la nostalgia es marcharse.
Pero irse o volver
es una trampa. La patria íntima permanece. No puede volverse
a ella porque ya no estaría tal cual la evocamos. No puede
abandonarse porque viajaría con nosotros a cualquier parte.
La patria no se hace de viajes o de claustros. No escapa de ella
quien se aleja, ni permanece en ella quien se queda. La patria
anda con nosotros. Es personal, irrepetible, propia. Sólo
los tontos, los locos o los sátrapas creen que su patria
es la patria de todos. Sólo los tontos, los locos o los
sátrapas creen que su patria es la patria única.
Sólo los tontos, los locos o los sátrapas creen
que aquéllos que no aceptan su patria se quedan sin patria
alguna. Para que la patria sea de todos es necesario que se respete,
cuide y deje florecer la patria de cada uno. Nadie tiene derecho
a imponer su patria como paradigma. La gran patria se arma cuando
confluyen en ella todas las patrias íntimas y hallan juntas
su realización.
Padece nostalgia el que se va obligado por alguien que quiere
imponerle una patria que no es la de él, y padece nostalgia
el que se queda desandando una patria prestada, dibujada por otros
caprichos y que le imponen a riesgo de perder la suya propia.
Víctimas son los dos. Los que de lejos añoran la
patria que fue, los que desde dentro añoran la patria que
sería. Víctimas son los dos porque ninguno tiene
patria grande. Sólo la patria que permite el don natural
de la patria íntima merece el privilegio de llamarse patria.
Y ésa no es Cuba, o no es la Cuba mía.
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