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Es difícil encontrar un cubano que no sepa leer y escribir.
Más del 90 % conoce el abecedario, los fundamentos de la
aritmética, algo de geografía y apuntes históricos
reciclados por los escribanos de la corte, absortos en las recomendaciones
y exigencias del poder.
Teóricamente
la cultura es una distinción que derriba las fronteras
nacionales para colocarse en el pináculo de la excelencia
universal.
El énfasis
y la reiteración persiguen grabar en el subconsciente los
presuntos éxitos. Unos pocos lo creen, otros lo consideran
un disparate y la mayoría se queda en el limbo de la indiferencia.
Para estos últimos el hedonismo y la banalidad son dos
valores que revierten la grandilocuencia del discurso del gobierno,
presto a sacrificar la cultura en las alturas del decreto y las
planicies de la uniformidad.
Aquí
la verdadera sabiduría escapa del campo de la didáctica.
Se aprende sobre la marcha. Surge de la inmediatez que suele acompañarse
del ultimátum del hambre y las insatisfacciones.
Es usual
que muchas de las manos que aplauden en el auditorio son las mismas
involucradas en los robos y las piernas que desfilan en los actos
convocados por las organizaciones patrocinadas por el régimen
de partido único, son las que tal vez más tarde,
emprenden una carrera delante de un policía.
El hurto,
los desfalcos, la corrupción, el soborno, se despliegan
a fondo detrás del silencio que como una cortina se cierra
en la inmediaciones del escenario dando por terminada la función.
El problema es la dimensión del elenco y sus tropelías.
Nadie
en su sano juicio se propondría anunciar el descubrimiento
del agua tibia, mucho menos decir que la honestidad y la ética
son términos consustanciales a la actual sociedad cubana
como se manifiesta en los medios de comunicación oficiales.
Empíricos,
pragmáticos, eficientes, y puntualmente creativos, cualquiera
de tales calificaciones servirían para identificar a casi
la totalidad de mis coterráneos jóvenes y adultos.
Lástima que estas referencias emanen de circunstancias
desfavorables.
Para explicarlas
basta con medir la cortedad de los salarios con una inflación
de longitudes mastodónticas, reseñar la politización
de todo lo concerniente a la vida y obra del ser humano al margen
de razones que permitan un sostenible crecimiento material y espiritual,
y detallar la represión que alienta una moralidad atada
con un nudo gordiano al oportunismo.
Es una
pena que al cubano promedio no le interese ampliar su inteligencia
en los centros educacionales. Esto no se revierte en la obtención
de un buen puesto de trabajo, ni en satisfacer la autoestima.
El cultivo
del intelecto es percibido como un elemento marginal, intrascendente,
superfluo, distante de la espontaneidad.
Ya es
común que los aspirantes a un empleo no indaguen sobre
la escala salarial, sino por lo que se produce y su posible demanda
en el mercado negro para proceder a su extracción.
Si un
cubano se atreve a insinuar en público que no ha participado
en ninguna actividad ilícita durante el transcurso de su
existencia se expone al ridículo.
La trampa,
el fraude y la simulación se han convertido en una constante.
Son lazos de los que casi nadie puede desembarazarse.
Recientemente
hubo un intento de proscribir la corruptela en los expendios de
combustible automotor en la capital. Cientos de los llamados trabajadores
sociales, procedentes del oriente del país, tomaron por
asalto, los sitios que ofrecían estos servicios.
Según
explicaron el desvío de gasolina y su venta a particulares
proveía ganancias exorbitantes a los implicados en las
transacciones. Han roto un eslabón de una cadena que engarza
a millones de personas en la isla.
Una victoria
no define la desaparición de lo que sin dudas en un flagelo,
más cuando son demasiados los intereses, prolíficos
los cómplices y abundantes las alternativas para traficar
con los productos birlados en la dependencias del estado. El laberinto
de ilegalidades permite llegar a la conclusión de que habrá
triunfos impresos en los periódicos y en los noticiarios,
pero en definitiva es justo reconocer que el pillaje es una institución
con capacidad suficiente para adaptarse a las coyunturas.
Centrarse
en las consecuencias en detrimento de las causas es una manera
de perder el tiempo.
La espectacularidad
fue lo verdaderamente notorio. Todo en función de la alharaca
y el exhibicionismo. Siempre faltará una estrategia encaminada
a soluciones duraderas.
Robar
no es un placer. Es un asunto de peso en la agenda de la subsistencia
para millones de trabajadores. Una arista de la debacle.
No estaba
equivocado quien afirmó que el poder corrompe y que el
poder absoluto corrompe absolutamente.
Parte
del fenómeno está implícito en la frase anterior.
La corrupción llega a la base por gravedad. Allá
arriba es donde comienza el despilfarro y el saqueo. ¿Alguien
lo duda?.
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