|
Un hombre inocente y sin miedo. Una hermosa isla en mitad del
Caribe, destruida. Avasallada. Un pueblo negado. Sólo un
culpable. Su rostro no tiene ya máscara. Cayó resquebrajada
por cada uno de los atropellos que infligió a su pueblo.
Pueblo gobernado con mano férrea durante más de
cuarenta años. ¿Derecho a la información?
Un sueño. Una aspiración por la que los cubanos
están dispuestos a dar lo más sagrado de sus posesiones:
la vida. Un gobernante no elegido, que no ha vacilado en perseguir,
acosar, difamar o encarcelar a todo aquel que osara oponérsele
o que, simplemente, exigiera su derecho a ser libre y decidir.
Nunca su mano vaciló ni tembló para condenar a los
insumisos, a los rebeldes. Pero, a pesar de los bastos medios
puestos al servicio de sí mismo, se le escapó un
detalle: no puede hacerse callar a los hombres dignos, a los convencidos
de que el hombre posee un alma capaz de elevarle por encima de
las miserias y enfrentarle cara a cara con el miedo.
Guillermo Fariñas será la próxima víctima
de un insaciable verdugo vestido de verde olivo, trasgresor universal
de la Declaración de los Derechos Humanos. El pasado treinta
y uno de enero, Guillermo Fariñas, psicólogo, periodista
independiente y director de la Agencia Independiente Cubanacan,
inició una huelga de hambre que su dignidad y su valentía,
demostrada a lo largo de los años en el ejercicio de su
derecho a informar y expresarse, impedirán abandonar. La
opinión internacional tendrá una importante misión:
presionar al caudillo cubano para que atienda las legítimas
reivindicaciones de un hombre que sólo aspira a que los
derechos que disfrutamos los ciudadanos de los países libres
y democráticos, sea realidad para ellos. Fariñas
está dispuesto a no claudicar. Porque, por encima de la
propia vida, está la dignidad del hombre libre que vence
el miedo y reclama sus derechos. Derechos que nadie puede pisotear
impunemente.
Castro enarbola la bandera del miedo. Sabe que el miedo paraliza.
Nada hay más paralizante que el miedo. Con él se
aprende a bajar la voz, a disimular, a hablar entre líneas.
Castro ha manejado el miedo y éste ha cobrado vida en la
mirada de los cubanos. Miedo que es manejado hábilmente.
Sabe que el miedo puede socavar el empuje vital de un individuo
y que también puede corromper a una sociedad entera. El
miedo es un virus que se extiende y se contagia. Que logra acallar
y convierte a seres humanos que nunca debieron dejar de ser dignos,
en seres sumisos y avergonzados, que tienden a enmascarar su debilidad
en razones ideológicas para que no se note.
Pero Castro sabe que tras ese sometimiento un alma indómita
late y se revela. Que se yergue por encima de amenazas y persecuciones.
Y exige. Exige información para poder contrastar. Información
para opinar, para formarse criterios propios, para decidir libremente.
Por eso Castro teme a la información tanto como teme a
la cultura, al contraste de ideas, mostrando una inquietante ausencia
de virilidad espiritual. Y la niega a su pueblo. Impone el silencio,
y también el cinismo. Las declaraciones efectuadas por
el representante de Castro en la ONU en la Cumbre sobre el libre
acceso a la información son todo un alarde de cinismo e
hipocresía. Allá, este buen hombre aseguró
"Todos los cubanos tienen acceso directo a Internet y si
no lo tienen es por el embargo" Fariñas se declara
en huelga de hambre para demostrar que esas palabras son un insulto
a la inteligencia y también a la decencia. Algo profundamente
innoble late en el alma de un gobernante que miente y pretende,
o necesita, engañar a sabiendas de que sus palabras resonarán
en los oídos de los representantes internacionales allí
reunidos como una bofetada o, en el mejor de los casos, será
recibida con una cortés sonrisa de ironía.
Fariñas ha emprendido una épica lucha por la libertad.
Él conoce bien el significado de la palabra democracia.
Lleva muchos años en una indómita lucha contra la
intolerancia, contra los abusos y los atropellos. Él mismo
define el objetivo último y supremo de su Agencia: "denunciar
todos los desmanes, abusos, atropellos, golpizas, encarcelamientos
y cualquier punto de vista que su sistema no permita sea difundido
en los órganos de prensa oficialista". Fariñas
está inválido de cuerpo, padece una polineuropatía
que le obliga a utilizar bastón para poder caminar. Pero
su entereza sobrevuela por encima de discapacidades para exigir
a un dictador verde olivo su derecho a la libre información
y a la libre expresión, para denunciar cuantas iniquidades
se cometen en nombre de la igualdad y la justicia. Palabras mancilladas.
Pero, además, Fariñas, como una gran mayoría
de los opositores, es también víctima de la irresponsabilidad
de los inversionistas extranjeros que, lejos de aplicar políticas
éticas y democráticas en sus inversiones y presionar
a Castro no haciéndose cómplices de las iniquidades
por éste impuestas, acatan servilmente cuanta iniquidad
se pretende cometer, aliándose con la política represora
y discriminatoria en detrimento de los derechos básicos
de todo ciudadano. ETECSA, empresa mixta ítalo-cubana,
es la única responsable del sistema telefónico en
la isla y, aceptando las imposiciones gubernamentales se convierte
en cómplice de la violación de los artículos
19 y 27 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos,
por los que Fariñas está dispuesto a dar su vida.
El aislamiento y el control. La discriminación por razones
ideológicas y la violación del derecho igualitario
a la expresión, opinión o comunicación son
armas utilizadas contra la disidencia para obligar a callar. El
silencio se conjuga con el miedo para hacer de la isla el paraíso
de la arbitrariedad y la discriminación. De la injusticia
elevada al paroxismo.
Fariñas, como tantos otros hombres críticos y rebeldes
que han perdido el miedo, no se doblega. Y llegará hasta
donde sea menester para obligar al Mesías cubano a reconocer
que los derechos dejan de serlo cuando no se universalizan. Y
para demostrar que si nuestra alma no es capaz de luz propia,
si no queremos iluminarla por dentro, la barbarie y la iniquidad
perdurarán. Castro ha convertido a Cuba en un páramo
espiritual, en un páramo informativo del que sólo
osadías retadoras como las que Fariñas emprende
serán capaces de vencer. Castro ha pretendido convertir
a los cubanos en una población encanallada y huera, pero
indomables espíritus como el de Fariñas demuestran
una vez más que los dictadores vencen pero no convencen.
Algo profundamente inmoral anida en el alma de un gobernante que
humilla a su propio pueblo.
|