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POE EN LA ESQUINA
Jorge Olivera, periodista independiente.
Condenado en la primavera negra de
2003. Actualmente en libertad con la "extrapenal".

 


LA HABANA, Cuba -
Tenía el pelo empercudido, anémica la complexión. Para mí era su tercera
incursión sobre aquella tierra de nadie y de todos. La esperanza de
encontrar un bocado se insertaba, con buen puntaje, en el ámbito de las
probabilidades.

Insistía, escrutaba como poseído por el espíritu de Sherlock Holmes en el
centro y los alrededores de la montaña de avituallamientos. Paciente y
entregado de lleno en su búsqueda, lo volvía a sorprender en una de las
noches de la Habana Vieja, atrapadas como de costumbre en la levedad del
alumbrado público y acentuando los peligros de "cortarse" un pie con los
excrementos sembrados por las calles consumidas por las penumbras.

Hace unos días lo vi enfrascado en una riña. Su contendiente huyó
despavorido después de recibir una mordida en el maxilar inferior. Defendía
el terreno que había descubierto primero. Allí estaba su despensa bajo la
luz del Sol y los trazos blancos de la Luna. Inamovible, profusa, en forma
piramidal.

Ayer crecieron las ofertas y con ellas los inquilinos. Mi vecino ahí,
empeñado en llevarse lo mejor y dándole prioridad a la indiferencia respecto
a los recién llegados.

Comprendió que es imposible resolver dos cosas en el mismo intervalo de
tiempo. A fin de cuentas hay para todos. ¿Para que tanta pelea?

Entre los asiduos es notorio el apetito y cierta similitud en las
intenciones. La pulcritud es un vestigio deforme, una nota que desafina en
el concierto de la sobrevivencia. Las huellas de la enfermedad sobre la piel
es otra realidad que impone un gesto de repugnancia en el rostro de quienes
se atreven a enfocarlos, a boca de jarro, con las pupilas. Enjutos y con la
mirada perdida en el laberinto de su precariedad arrancan lástimas y
rechazos.

Son los perros que viven en la esquina del edificio donde resido,
restregando sus hocicos en los desperdicios. Este es el lugar ideal para
calmar sus depresiones y domesticar sus hambres.

Recostado a la pared de un círculo infantil, el basural crece impunemente a
la vista de todos. La última vez parecía una obra surrealista, una montaña
desde donde las pestilencias y los microbios despegan con ánimos de
conquista.

Esa es la Habana suprimida de los informes de la prensa oficial. Mi barrio
echado en los brazos del abandono, con una topografía impuesta por la
deficiente labor de la empresa de comunales.

La ineficiencia en el sector encargado del saneamiento es también un guiño
para los gatos que ya cuentan con una fuente segura de aprovisionamiento.
Escurridizos, los roedores les toman el tiempo a sus eternos adversarios
para llevarse entre los dientes los restos de algún animal enrollados en
otras inmundicias.

Caránganos, lombrices, moscas, pulgas, mosquitos, se agregan a la comitiva
que vive a todo lujo.

En la medida que muchos sufrimos, otros gozan a sus anchas. Es la dialéctica
que prevalece en estas zonas donde las promesas y el triunfalismo quedan
cubiertos por las náuseas y las dudas.

Yo creo no haberme equivocado, pero detrás de un saco con tripas de pescado,
justo al lado de dos perros que degustaban un hueso con puntos negros, y una
rata con los ojos puestos en los intestinos de un cerdo, pintados de verde
por la descomposición, descubrí el fantasma de Edgar Allan Poe tomando notas
para un relato espeluznante. A un kilómetro, como pegada en el cielo, un
aura tiñosa. ¿Será mi próxima vecina?

Artículo publicado en Cubanet.