|
Parecía levitar entre las cuatro paredes. Su anatomía,
muy cerca del techo, daba en un primer instante una información
alejada de la realidad. No era un duende, ni un ángel.
En unos minutos, Gelasio había escapado de sus agonías,
de sus insatisfacciones. La frialdad de sus pies indicaban que
la vida era una metáfora y la muerte una certeza infalible.
La tráquea destrozada, el alma rota en mil pedazos, el
grito de su esposa como alarma tardía delante del cuerpo
y la soga. Tenía 73 años.
Para algunos es un
antídoto contra la lobreguez que persigue y atenaza. Para
otros el golpe definitivo contra las cadenas del pesimismo y el
tedio.
Un número envuelto
en el misterio, un daño colateral inscripto en las asimetrías
de una guerra entre las escaramuzas de la mayoría frente
al desabastecimiento, la orfandad de perspectivas, la delación
y las evidencias de ser convicto en una isla que es prisión
o en su defecto, una república transformada en manicomio.
Así puede identificarse a Gelasio y a los que optan por
transgredir la naturaleza del curso biológico con el sarcófago
como suerte y destino. En 1996 hubo en Cuba 2 015 suicidios, es
decir casi 6 diarios o para ser más exactos 1 cada 4 horas.
Especialistas de la Organización Mundial de la Salud (OMS),
consideraron que era el mayor índice de América
Latina.
Aunque la actualización
de las muertes por suicidio es imposible debido a la censura gubernamental,
es muy difícil pensar en una disminución. El clima
social continúa con su rigor. El acoso de la escasez, el
aumento de la represión y las tensiones exacerbadas por
el miedo y la incapacidad para encontrar una vía de escape
a las frustraciones, funcionan como el combustible que quema las
últimos átomos de cordura.
Hablar de 3 o 4 suicidios
por cada 100 000 habitantes para una población de unos
11 000 000 de habitantes, es un hecho que avala una catástrofe,
según criterios de especialistas en salud mental. Los indicadores
de hace 9 años atrás, situaron a Cuba en el orden
de 18,3 por cada 100 000. Una proporción que podría
calificarse en el rango de epidemia. Afirmar que los resultados
actuales conservan números de dos dígitos no es
un pecado es simplemente una aproximación a un contexto
que se revela por la sordidez tejida con las hebras del silencio
y las agujas de la indiferencia. Cálculos conservadores
subrayan que son como promedio 2 500, los cubanos que actualmente
hacen con la inmolación un pacto en el transcurso de un
año. Más de 20 por cada 100 000.
Desconozco que número
identifica a Gelasio, solo sé que el baño de su
residencia fue el patíbulo, y una mañana de Febrero
del 2005 el momento elegido para poner su cuello en el dogal.
La horca es una frecuente
opción para los suicidas, como lo es también la
ingestión de algún brebaje venenoso o una sobredosis
de medicamentos. Otros prefieren que una bala le astille el occipital
y ponga en blanco su materia gris. Arder como una antorcha es
una de las maneras de decirle adiós a la familia, a las
ansiedades, a un patriotismo incompatible con el manotazo hercúleo
de las penurias y al abrazo de la depresión.
Realizar un viaje desde
una azotea hasta el pavimento además de una muerte segura
es un rito de exorcismo, el estandarte de la locura, el signo
que anula la paz que se anuncia en los discursos, la unanimidad
esparcida entre los huesos quebrados de alguien que se perdió
en el bosque de la utopía.
Los promedios mundiales
sitúan en 10 los intentos por cada muerte, en Cuba son
solo 3, lo que especifica el nivel letal de aquellos que toman
el camino de autoeliminarse del mundo de los vivos.
No son falsos los indicadores
en cuanto al alto número de médicos por habitantes,
los ambiciosos programas de instrucción. Cuba es un país
con una tasa de docentes per cápita comparable a las naciones
desarrolladas. La escolarización primaria es del 100% similares
a las del Reino Unido y Canadá.
Algo anda mal. Los
contrastes ofrecen las respuestas a la ineficiencia de los servicios
sociales, las consecuencias de la masificación en detrimento
de la calidad, el libertinaje y la superficialidad en el reparto
del presupuesto, la hondura de la corruptela, el pésimo
empleo de los recursos. En fin es la cosecha de la dirección
centralizada, el afán de gobernar un país como una
parcela feudal.
Es realmente descorazonador
que exista la capacidad para atender la salud de otros pueblos
cuando en el nuestro sobran los enfermos del cuerpo y de la mente.
No lo dude. En este
instante es probable que se este planeando un suicidio. Un cubano
menos, otra baja en una conflagración sumida en la bruma
del anonimato.
Una mujer que ya es
viuda, una madre que se le acabó la esperanza, tal vez
un joven sin futuros, ni glorias o un abuelo abandonado por la
autoestima.
Parece que la insularidad
y el totalitarismo ofrecen un producto más cerca de la
desgracia que de la armonía.
|