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¿LA VIDA NO VALE NADA?
Por Jorge Olivera Castillo.

 


Parecía levitar entre las cuatro paredes. Su anatomía, muy cerca del techo, daba en un primer instante una información alejada de la realidad. No era un duende, ni un ángel. En unos minutos, Gelasio había escapado de sus agonías, de sus insatisfacciones. La frialdad de sus pies indicaban que la vida era una metáfora y la muerte una certeza infalible. La tráquea destrozada, el alma rota en mil pedazos, el grito de su esposa como alarma tardía delante del cuerpo y la soga. Tenía 73 años.

Para algunos es un antídoto contra la lobreguez que persigue y atenaza. Para otros el golpe definitivo contra las cadenas del pesimismo y el tedio.

Un número envuelto en el misterio, un daño colateral inscripto en las asimetrías de una guerra entre las escaramuzas de la mayoría frente al desabastecimiento, la orfandad de perspectivas, la delación y las evidencias de ser convicto en una isla que es prisión o en su defecto, una república transformada en manicomio. Así puede identificarse a Gelasio y a los que optan por transgredir la naturaleza del curso biológico con el sarcófago como suerte y destino. En 1996 hubo en Cuba 2 015 suicidios, es decir casi 6 diarios o para ser más exactos 1 cada 4 horas. Especialistas de la Organización Mundial de la Salud (OMS), consideraron que era el mayor índice de América Latina.

Aunque la actualización de las muertes por suicidio es imposible debido a la censura gubernamental, es muy difícil pensar en una disminución. El clima social continúa con su rigor. El acoso de la escasez, el aumento de la represión y las tensiones exacerbadas por el miedo y la incapacidad para encontrar una vía de escape a las frustraciones, funcionan como el combustible que quema las últimos átomos de cordura.

Hablar de 3 o 4 suicidios por cada 100 000 habitantes para una población de unos 11 000 000 de habitantes, es un hecho que avala una catástrofe, según criterios de especialistas en salud mental. Los indicadores de hace 9 años atrás, situaron a Cuba en el orden de 18,3 por cada 100 000. Una proporción que podría calificarse en el rango de epidemia. Afirmar que los resultados actuales conservan números de dos dígitos no es un pecado es simplemente una aproximación a un contexto que se revela por la sordidez tejida con las hebras del silencio y las agujas de la indiferencia. Cálculos conservadores subrayan que son como promedio 2 500, los cubanos que actualmente hacen con la inmolación un pacto en el transcurso de un año. Más de 20 por cada 100 000.

Desconozco que número identifica a Gelasio, solo sé que el baño de su residencia fue el patíbulo, y una mañana de Febrero del 2005 el momento elegido para poner su cuello en el dogal.

La horca es una frecuente opción para los suicidas, como lo es también la ingestión de algún brebaje venenoso o una sobredosis de medicamentos. Otros prefieren que una bala le astille el occipital y ponga en blanco su materia gris. Arder como una antorcha es una de las maneras de decirle adiós a la familia, a las ansiedades, a un patriotismo incompatible con el manotazo hercúleo de las penurias y al abrazo de la depresión.

Realizar un viaje desde una azotea hasta el pavimento además de una muerte segura es un rito de exorcismo, el estandarte de la locura, el signo que anula la paz que se anuncia en los discursos, la unanimidad esparcida entre los huesos quebrados de alguien que se perdió en el bosque de la utopía.

Los promedios mundiales sitúan en 10 los intentos por cada muerte, en Cuba son solo 3, lo que especifica el nivel letal de aquellos que toman el camino de autoeliminarse del mundo de los vivos.

No son falsos los indicadores en cuanto al alto número de médicos por habitantes, los ambiciosos programas de instrucción. Cuba es un país con una tasa de docentes per cápita comparable a las naciones desarrolladas. La escolarización primaria es del 100% similares a las del Reino Unido y Canadá.

Algo anda mal. Los contrastes ofrecen las respuestas a la ineficiencia de los servicios sociales, las consecuencias de la masificación en detrimento de la calidad, el libertinaje y la superficialidad en el reparto del presupuesto, la hondura de la corruptela, el pésimo empleo de los recursos. En fin es la cosecha de la dirección centralizada, el afán de gobernar un país como una parcela feudal.

Es realmente descorazonador que exista la capacidad para atender la salud de otros pueblos cuando en el nuestro sobran los enfermos del cuerpo y de la mente.

No lo dude. En este instante es probable que se este planeando un suicidio. Un cubano menos, otra baja en una conflagración sumida en la bruma del anonimato.

Una mujer que ya es viuda, una madre que se le acabó la esperanza, tal vez un joven sin futuros, ni glorias o un abuelo abandonado por la autoestima.

Parece que la insularidad y el totalitarismo ofrecen un producto más cerca de la desgracia que de la armonía.