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LA HABANA, Cuba -
Resulta tan ofensivo por epidérmica, antipatriótica
y violadora del orden constitucional la carta enviada por el canalla
rumbero a este viejo celador, que sólo desmentiré
las acusaciones más infamantes.
De acuerdo con la misiva escrita desde su tumba por Papá
Montero -el canalla-, quienes aseguran que los muertos descansan
en paz porque morir es vivir en la paz de los sepulcros, ésos
no son cubanos, y mucho menos tienen parientes enterrados en la
Isla.
Sus lesivos argumentos, sustentados en la supuesta cochambre de
que son víctima los personajes, las tumbas, los huesos,
los panteones y los fantasmas que respectivamente y dada su alcurnia
y apreciables valores arquitectónicos dieran al cementerio
de Colón la categoría de Monumento Nacional, no
ahondan en el misterioso maridaje espiritual que existe entre
la cultura del muerto y la del cubano vividor.
Si bien se conoce de las anomalías, profanaciones y actos
de vandalismo que a diario se cometen en este "ámbito
de 56 hectáreas de sostenido silencio entretejido con apasionantes
y curiosas leyendas, entre las que se encuentran la relacionada
con La Milagrosa", no es para tanto.
A la hora de juzgar estos ultrajes es preciso ubicarse en la Cuba
de la década de los 90 y seguir engañando a la parca
hasta hoy, para luego de un infructuoso intento, establecer las
posibles diferencias entre los vivos y los muertos en cuanto a
estabilidad emocional, nivel de vida o muerte, y posibilidades
de avituallamiento alimenticio pro y post mortem en el momento
del punto cero de la nación, y sólo entonces llegar
a conclusiones.
Uno de los señalamientos más conflictivos, divorciados
del amor que siente la mayoría del pueblo y algunos dirigentes
cubanos por el bembé, el cordón espiritual, las
misas -negras, blancas y rojas-, los caracoles y los cocos en
el Ifá; el violín, el tambor, el bautizo, la echadera
de polvos y todo tipo de protección o despojos, es eso
de que con el advenimiento de la revolución en el año
1959 "el ateísmo se deslizó como una supersónica
culebra hacia todos los ámbitos y rincones posibles de
la sociedad".
¡Ni en sueños el cubano es ateo! Y mucho menos por
decreto, ideologías, manuales u otros mecanismos que sólo
sirven para disfrazar la enorme fe o el fanatismo de los nativos
de la Isla en la potencia de todo de dioses, cristianos o paganos,
ante la poca efectividad y justeza del poder terrenal!
Imagínese. Si a uno le decía la revolución
que de creer en Dios su hijo no clasificaría para una beca,
su abuela para un blumer rifado en el comité, o el hermano
para un puesto de confianza como analista en un cementerio, decía
mil veces no, si en un final San Pedro negó a Cristo tres
veces siendo uno de los apóstoles y fue perdonado.
Por otra parte, de haber sido amenazado con ir a la cárcel
por practicar la santería, ser ñáñigo,
abakuá u otros títulos que hoy resultan casi nobiliarios
en el árbol genealógico de la nación, hubiera
renegado hasta del propio Orisha de la forja, del hierro, de la
guerra, de los cazadores y dueños de los caminos, el poderoso
Ogún.
Ese punto no necesita ni explicarse, pues en Cuba no llevan una
mano de Orula, un crucifijo, un salmo o una oración de
San Judas Tadeo en la cartera, cargan un resguardo bien disimulado
en su ropa interior.
Así que vayamos al punto más conflictivo de la carta,
donde el señor Papá Montero se hace eco de chismes,
exageraciones y realidades adulteradas sobre hechos y acciones
ocurridas en el cementerio Colón, que sólo atribuye
al satanismo, la insensibilidad y el descartado cartel de los
ateos.
Según el canalla rumbero las apreciables obras artísticas
y arquitectónicas del cementerio Colón, valoradas
en algo más de tres millones de dólares, amén
del valor histórico con que lo distinguen los restos de
numerosas personalidades que reposan allí, están
a punto de extinguirse.
Y toda esa alharaca sentimental es por los insignificantes cientos
de actos delictivos y profanaciones ocurridos allí en los
últimos 15 años y a la vista de todos.
Pero, ¿se ha preguntado él si eran cortos de vista,
daltónicos, estrábicos o ciegos los fantasmales
custodios del día en que arrancaron una pieza entera de
mármol negro del panteón de la Academia de Ciencias
donde reposan los restos de André Voisin?
¿Acaso averiguó si el otro equipo al que le pasaron
bajo las narices la placa de bronce del tamaño de un barco
que estaba colocada en la fachada de la capilla de Carlos Manuel
de Céspedes, hijo del Padre de la Patria, padece la misma
enfermedad de sus colegas, endémica entre los nacidos bajo
el socialismo por su atinado amor de no ver los defectos de otros
mientras no le pisen el callo?
Hay que ponerse en el lugar de los custodios, señor Papá
Montero, pues a mí, Nefasto el Celador, célebre
por la destreza en detectar y escapársele los traficantes
de huesos, jardineras, flores, cruces, lápidas, tierra,
tragaluces, rejas; así como por descubrir y controlar los
actos de esoterismo, aquelarres sabáticos, panteonismo
de ron y dominó, entre otras actividades lícitas
e ilícitas cometidas en el cementerio Colón, me
pasaron la escritura de El Ángel del Silencio por delante
y juro que jamás la vi, aunque medía algo más
de un metro.
Eso sí, por el esfuerzo mostrado en escarranchar los ojos,
limpiarlos de algún resto de humedad, estrujármelo
hasta las lágrimas de la vergüenza en el frustrado
intento por visualizar el caso, fue premiable mi entrega con la
módica cifra de cinco mil pesos moneda nacional.
Son gajes del oficio, canalla rumbero, señal de que al
mejor cazador se le va una presa, aunque en el caso nuestro nunca
hemos capturado ni un gato, por eso de "haz bien y no mires
a quien", que atrás puede venir la tuya.
Si en algo estoy de acuerdo con Ud. es en criticar esas profanaciones
cometidas contra el panteón de la Asociación de
Detallistas del Comercio de La Habana, donde el vandalismo llegó
al extremo de sacar las cajas, hurgar en ellas y tirar los huesos
como si se tratara de un puñado de frijoles inservibles.
Y aún más en las injurias cometidas contra el panteón
de los monjas de la Orden de las Carmelitas Descalzas de Clausura,
a quienes en el año 2003 les secuestraron los restos de
26 osarios que quedaron vacíos, a sabiendas de que nada
terrenal, sólo sus rezos, llevaron en el definitivo viaje
al más allá.
¡Ni aunque estuviéramos en la década del 80
eso tendría sentido! Pues si bien en esa época ni
las vacas podían mugir, los perros ladrar, los gatos ni
siquiera emitir el más leve maullido y los caballos entonar
sus relinchos so pena de ser encazuelados hasta el último
hervor de su existencia, tampoco sería de humanos apelar
a los huesos si así fueran de un chino, famosos por su
eficacia en las brujerías de sanación y ensalmos
contra el mal de ojo, del cuerpo, y sobre todo del alma.
¿Qué buscan esos profanadores dentro de las tumbas
si ya no existe ni una muela de oro, un diente de plata, un arete,
una copa, un estilete u otras cosas que se puedan vender luego
de bajada la fiebre del oro que inspiraron aquellas casas de cambiar
todo lo que brillaba por chavitos, bautizados por el real parentesco
en sus acciones con el nombre de Hernán Cortés?
¿No será por el afán de coleccionismo, la
búsqueda de inspiración poética, el desafío
a lo desconocido, la intrépida misión de retar a
la muerte y hasta quién sabe si sólo es a causa
de invertir el tiempo libre en una recreación sana y sin
peligro de sufrir un disparo, una detención o siquiera
un llamado de alerta por algo sin real importancia en medio de
una batalla de ideas?
Existen prioridades, señor canalla, y si hoy sólo
contamos con seis custodios de los 21 que debían velar
por la paz de los sepulcros, es que del lado de acá de
las verjas que circundan el cementerio Colón los vivos
están que arden de indisciplinas sociales, que van desde
la corrupción a todos los niveles hasta el desvío
ideológico y de recursos, el arrebato de histeria y de
cadenas, el robo de cerebros, talentos, embarcaciones y cochinos,
y tantas cosas más que el infierno sería una discotemba
comparado con el aquelarre insular que estamos viviendo.
Así que no se me desalmidone, no sufra y mucho menos intente
resucitar ahora, porque se arrepentirá.
Será mejor que aguarde con paciencia, pues se tomarán
medidas cuando las autoridades terminen de leer las once mil quejas
enviadas a sus oficinas en los últimos 15 años.
Pero recuerde que hay un solo lector que ve, escucha y puede corregir.
Los demás son fichas de un dominó donde no existen
dobles y sólo son utilizados para trancar el juego, dar
agua o cuando más un pase.
Déjese de calumnias, amigo mío, descanse en paz
y jamás repita el verso del poeta donde expresó
afligido: "Dios mío, qué solos se quedan los
muertos", porque aquí, en Cuba, están más
que acompañados.
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