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Carta de un canalla a Nefasto Celador
Por Víctor Manuel Domínguez


LA HABANA, Cuba -

Resulta tan ofensivo por epidérmica, antipatriótica y violadora del orden constitucional la carta enviada por el canalla rumbero a este viejo celador, que sólo desmentiré las acusaciones más infamantes.

De acuerdo con la misiva escrita desde su tumba por Papá Montero -el canalla-, quienes aseguran que los muertos descansan en paz porque morir es vivir en la paz de los sepulcros, ésos no son cubanos, y mucho menos tienen parientes enterrados en la Isla.

Sus lesivos argumentos, sustentados en la supuesta cochambre de que son víctima los personajes, las tumbas, los huesos, los panteones y los fantasmas que respectivamente y dada su alcurnia y apreciables valores arquitectónicos dieran al cementerio de Colón la categoría de Monumento Nacional, no ahondan en el misterioso maridaje espiritual que existe entre la cultura del muerto y la del cubano vividor.

Si bien se conoce de las anomalías, profanaciones y actos de vandalismo que a diario se cometen en este "ámbito de 56 hectáreas de sostenido silencio entretejido con apasionantes y curiosas leyendas, entre las que se encuentran la relacionada con La Milagrosa", no es para tanto.

A la hora de juzgar estos ultrajes es preciso ubicarse en la Cuba de la década de los 90 y seguir engañando a la parca hasta hoy, para luego de un infructuoso intento, establecer las posibles diferencias entre los vivos y los muertos en cuanto a estabilidad emocional, nivel de vida o muerte, y posibilidades de avituallamiento alimenticio pro y post mortem en el momento del punto cero de la nación, y sólo entonces llegar a conclusiones.

Uno de los señalamientos más conflictivos, divorciados del amor que siente la mayoría del pueblo y algunos dirigentes cubanos por el bembé, el cordón espiritual, las misas -negras, blancas y rojas-, los caracoles y los cocos en el Ifá; el violín, el tambor, el bautizo, la echadera de polvos y todo tipo de protección o despojos, es eso de que con el advenimiento de la revolución en el año 1959 "el ateísmo se deslizó como una supersónica culebra hacia todos los ámbitos y rincones posibles de la sociedad".

¡Ni en sueños el cubano es ateo! Y mucho menos por decreto, ideologías, manuales u otros mecanismos que sólo sirven para disfrazar la enorme fe o el fanatismo de los nativos de la Isla en la potencia de todo de dioses, cristianos o paganos, ante la poca efectividad y justeza del poder terrenal!

Imagínese. Si a uno le decía la revolución que de creer en Dios su hijo no clasificaría para una beca, su abuela para un blumer rifado en el comité, o el hermano para un puesto de confianza como analista en un cementerio, decía mil veces no, si en un final San Pedro negó a Cristo tres veces siendo uno de los apóstoles y fue perdonado.

Por otra parte, de haber sido amenazado con ir a la cárcel por practicar la santería, ser ñáñigo, abakuá u otros títulos que hoy resultan casi nobiliarios en el árbol genealógico de la nación, hubiera renegado hasta del propio Orisha de la forja, del hierro, de la guerra, de los cazadores y dueños de los caminos, el poderoso Ogún.

Ese punto no necesita ni explicarse, pues en Cuba no llevan una mano de Orula, un crucifijo, un salmo o una oración de San Judas Tadeo en la cartera, cargan un resguardo bien disimulado en su ropa interior.

Así que vayamos al punto más conflictivo de la carta, donde el señor Papá Montero se hace eco de chismes, exageraciones y realidades adulteradas sobre hechos y acciones ocurridas en el cementerio Colón, que sólo atribuye al satanismo, la insensibilidad y el descartado cartel de los ateos.

Según el canalla rumbero las apreciables obras artísticas y arquitectónicas del cementerio Colón, valoradas en algo más de tres millones de dólares, amén del valor histórico con que lo distinguen los restos de numerosas personalidades que reposan allí, están a punto de extinguirse.

Y toda esa alharaca sentimental es por los insignificantes cientos de actos delictivos y profanaciones ocurridos allí en los últimos 15 años y a la vista de todos.

Pero, ¿se ha preguntado él si eran cortos de vista, daltónicos, estrábicos o ciegos los fantasmales custodios del día en que arrancaron una pieza entera de mármol negro del panteón de la Academia de Ciencias donde reposan los restos de André Voisin?

¿Acaso averiguó si el otro equipo al que le pasaron bajo las narices la placa de bronce del tamaño de un barco que estaba colocada en la fachada de la capilla de Carlos Manuel de Céspedes, hijo del Padre de la Patria, padece la misma enfermedad de sus colegas, endémica entre los nacidos bajo el socialismo por su atinado amor de no ver los defectos de otros mientras no le pisen el callo?

Hay que ponerse en el lugar de los custodios, señor Papá Montero, pues a mí, Nefasto el Celador, célebre por la destreza en detectar y escapársele los traficantes de huesos, jardineras, flores, cruces, lápidas, tierra, tragaluces, rejas; así como por descubrir y controlar los actos de esoterismo, aquelarres sabáticos, panteonismo de ron y dominó, entre otras actividades lícitas e ilícitas cometidas en el cementerio Colón, me pasaron la escritura de El Ángel del Silencio por delante y juro que jamás la vi, aunque medía algo más de un metro.

Eso sí, por el esfuerzo mostrado en escarranchar los ojos, limpiarlos de algún resto de humedad, estrujármelo hasta las lágrimas de la vergüenza en el frustrado intento por visualizar el caso, fue premiable mi entrega con la módica cifra de cinco mil pesos moneda nacional.

Son gajes del oficio, canalla rumbero, señal de que al mejor cazador se le va una presa, aunque en el caso nuestro nunca hemos capturado ni un gato, por eso de "haz bien y no mires a quien", que atrás puede venir la tuya.

Si en algo estoy de acuerdo con Ud. es en criticar esas profanaciones cometidas contra el panteón de la Asociación de Detallistas del Comercio de La Habana, donde el vandalismo llegó al extremo de sacar las cajas, hurgar en ellas y tirar los huesos como si se tratara de un puñado de frijoles inservibles.

Y aún más en las injurias cometidas contra el panteón de los monjas de la Orden de las Carmelitas Descalzas de Clausura, a quienes en el año 2003 les secuestraron los restos de 26 osarios que quedaron vacíos, a sabiendas de que nada terrenal, sólo sus rezos, llevaron en el definitivo viaje al más allá.

¡Ni aunque estuviéramos en la década del 80 eso tendría sentido! Pues si bien en esa época ni las vacas podían mugir, los perros ladrar, los gatos ni siquiera emitir el más leve maullido y los caballos entonar sus relinchos so pena de ser encazuelados hasta el último hervor de su existencia, tampoco sería de humanos apelar a los huesos si así fueran de un chino, famosos por su eficacia en las brujerías de sanación y ensalmos contra el mal de ojo, del cuerpo, y sobre todo del alma.

¿Qué buscan esos profanadores dentro de las tumbas si ya no existe ni una muela de oro, un diente de plata, un arete, una copa, un estilete u otras cosas que se puedan vender luego de bajada la fiebre del oro que inspiraron aquellas casas de cambiar todo lo que brillaba por chavitos, bautizados por el real parentesco en sus acciones con el nombre de Hernán Cortés?

¿No será por el afán de coleccionismo, la búsqueda de inspiración poética, el desafío a lo desconocido, la intrépida misión de retar a la muerte y hasta quién sabe si sólo es a causa de invertir el tiempo libre en una recreación sana y sin peligro de sufrir un disparo, una detención o siquiera un llamado de alerta por algo sin real importancia en medio de una batalla de ideas?

Existen prioridades, señor canalla, y si hoy sólo contamos con seis custodios de los 21 que debían velar por la paz de los sepulcros, es que del lado de acá de las verjas que circundan el cementerio Colón los vivos están que arden de indisciplinas sociales, que van desde la corrupción a todos los niveles hasta el desvío ideológico y de recursos, el arrebato de histeria y de cadenas, el robo de cerebros, talentos, embarcaciones y cochinos, y tantas cosas más que el infierno sería una discotemba comparado con el aquelarre insular que estamos viviendo.

Así que no se me desalmidone, no sufra y mucho menos intente resucitar ahora, porque se arrepentirá.

Será mejor que aguarde con paciencia, pues se tomarán medidas cuando las autoridades terminen de leer las once mil quejas enviadas a sus oficinas en los últimos 15 años.

Pero recuerde que hay un solo lector que ve, escucha y puede corregir. Los demás son fichas de un dominó donde no existen dobles y sólo son utilizados para trancar el juego, dar agua o cuando más un pase.

Déjese de calumnias, amigo mío, descanse en paz y jamás repita el verso del poeta donde expresó afligido: "Dios mío, qué solos se quedan los muertos", porque aquí, en Cuba, están más que acompañados.