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LA HABANA,
Cuba
Resulta increíble la insensibilidad que desarrollan algunos
dirigentes sindicales ante la imagen de un trabajador con los
brazos cruzados en medio de un taller; pescando renacuajos en
el cráter dejado por la chimenea de un central reconvertido
en la fábrica de raspadura "Qué dolor, qué
dolor, qué pena", o recostado a la carrocería
de una guagua que no arranca hace 25 años ni con el pensamiento.
Es duro escuchar expresiones que hablan de "la necesidad
de quedar libres de trabajadores interruptos en las empresas transportistas",
como fue ratificado durante un pleno del Comité Nacional
del Sindicato del Transporte.
Ellos no son un lastre, compañeros, ni un gordo de 500
libras muerto sobre la espalda de cada trabajador. Al contrario,
cumplen el honroso papel de cifras en el cero desempleo del país.
¿Razones para tan injusta propuesta? Ninguna de importancia.
Sólo que algunos dicen que hay administraciones que no
reubican ni ponen a estudiar a este personal debido a la carencia
de equipos, y esto influye en el cumplimiento del plan y en los
salarios.
Pero, ¿cuál es el apuro de esta gente por cumplir
el plan si sólo estamos a mil años luz de volver
a lo que se denominó transporte público?
¿Cuál es la preocupación con los salarios,
si muchos interruptos en sus ocho horas de ocio no han dejado
taller con tuercas ni tornillos, motores, gasolina o petróleo
sin vender, no para su beneficio personal, sino con tal de que
ahorren los choferes de autos particulares que sacan del apuro
a la población?
Son unos altruistas, unos pensadores que se pasan el día
meditando sobre cómo salir adelante sin perjudicar al prójimo
que duerme en las terminales y le llega la jubilación a
la parada de ómnibus por la prolongada espera.
El ejemplo de que la empresa Cubataxi de Santiago de Cuba tiene
una plantilla de 60 chóferes y de los 47 autos sólo
funcionan un promedio de 20, con la implicación de que
40 hombres sean perjudicados diariamente en sus salarios, no es
más que llevar a la práctica la máxima de
los marxistas-mosqueteros: "Todos para uno, y uno para todos".
¿Qué hay de malo en que los pocos que trabajan compartan
el dinero con quienes sin estar al timón del taxi asisten
cada día a la base, marcan la tarjeta de entrada y de salida,
les hablan de lo buena que se ha puesto la vecina que vive al
lado del garaje, de los vuelos interespaciales, del posible cruce
genético de un F-1 cubano con una llama boliviana para
ver si logramos un "toro en llamas", así como
de la serie nacional de béisbol, los precios en el agro
y la volubilidad de un dólar halado por los pelos hasta
que quede calvo?
¿Quiénes si no ellos, los interruptos, ayudan a
empujar el taxi cuando no arranca, le ajustan el espejo retrovisor,
le avisan a los choferes cuáles de los mil baches tienen
agua, en qué curva aún quedan una vaca y un caballo
con vida, o puede salirles un tractor con una carreta llena de
músicos para la canturía semanal en Las Brujas,
Charco Mono o Aguacate?
Hay que ser justos, pues detrás de los torneos de dominó,
los cumpleaños colectivos, las asambleas de producción
y servicios, el recibimiento de la condición de vanguardias
nacionales, la repartición de la merienda fuerte, el aviso
de que no hay almuerzo, dieta o estímulo para el fin de
mes aunque haya sobre cumplido con el micro plan de la base, y
sobre todo en la confección del mural de las efemérides
donde se reflejan los logros alcanzados, se encuentran las manos
y las lenguas diligentes de losinterruptos.
Otro de los malos ejemplos por la falta de compañerismo,
de visión patriótica al querer eliminar a unos ex
trabajadores víctimas del bloqueo está ocurriendo
en la base de transporte escolar de Bayamo, donde el parque de
ómnibus es de 48 y funcionan un promedio de 27.
Según los analistas y seguidores del "estudia y dale
a vender fritas a los portales si no aceptas la plaza de conductor
de cocodrilos en la Ciénaga de Zapata, o de un coche tirado
por un chivo en el parque de la empresa de transporte para el
solaz y esparcimiento de los hijos de los trabajadores que sí
alcanzan guaguas", hay 21 choferes reubicados en la misma
base, sin producir bienes ni servicios.
Y lo que más les irrita -cayendo de nuevo en la cuestión
monetaria- es que el pago se afecta, ya que lo que producen unos
pocos hay que repartirlo entre muchos.
Así no resolvemos el asunto, pues si los reubicamos en
una fábrica de talco, en un taller artesanal de chorizos
o en un curso intensivo para cazar a bazucazos a los maleantes
Aegiptys, se caería de nuevo en el teje y maneje del dinero,
como si fuéramos capitalistas y nos interesara la plata
más que la moral revolucionaria con la que nos alimentamos
y
vestimos.
Aquí la cuestión es de iniciativas, de incentivos
coyunturales donde el interrupto se sienta útil en el seno
de un colectivo en el que lleva quizás 20 años como
chofer, más allá de que no creo injusto que se les
pague por ser parte activa de la comisión de embullo de
una empresa, del club de recogedores de hojas muertas en las áreas
verdes del taller, y de La Claque oficial en una reunión
donde se ventila el destino de un Panda o el sálvese quien
pueda de una base de transporte sin transporte.
Para mantenerlos en su entorno, no desarraigarlos de su oficio,
tenerlos entretenidos y laboriosos sin pensar en indisciplinas
ni delitos -como plantean algunos dirigentes que provoca el no
hacer nada de los interruptos- se precisa un plan de medidas innovador,
volcado a la estrategia de la productividad socialista.
Si realmente preocupa que el deteriorado parque de la Empresa
de Ómnibus Urbanos de Ciudad de La Habana sea la causa
de que los choferes y conductores dupliquen o tripliquen el número
de guaguas, y trabajen una o dos veces a la semana, nada mejor
que aplicarles el multioficio revolucionario en aras de que "el
que no trabaja no come".
Una de las iniciativas que sería recibida con gran satisfacción
por trabajadores y pasajeros, es que los interruptos realicen
labores de pelado y afeitado sobre el ómnibus en marcha,
además de tintes, manicura, lustrado de zapatos, venta
de agua fría, caramelos de menta, trámites de inmigración
y mudanzas, recogida de materia prima y otras tareas primordiales
en el desarrollo de la economía del país.
También resaltaría por su eficacia y capacidad de
resolver los problemas de los comedores obreros, que cada guagua
parada por falta de motor, chasis, gomas, parabrisas u otros elementos
imprescindibles para su puesta en funcionamiento, sea reconvertida
en un organopónico donde la lechuga y el
>tomate rompan de rojizo verdor por las ventanillas rotas;
en una cocina móvil donde, al compás del son, se
cuezan los restos de cuanto grano o bicho sirvan para dar categoría
de potaje a cualquier mezcla, o en un aula de capacitación
sindical para preparar a los venideros interruptos.
Existen miles de fórmulas socialistas para perder el tiempo,
comerse la guanaja y hacer ovillos sin necesidad de trasladar
a nadie a otra parte donde también sobrará y querrán
enviarlo de aquí para allá, de allá para
acá, hasta que se jubile sin haber disparado ni un chícharo
en los últimos
diez años de vida laboral.
Y en la aplicación de esas y otras medidas es donde mejor
se pueden apreciar los valores humanos de una dirigencia sindical
que vive del invento de cifras, de la manipulación de bondades,
del supuesto cumplimiento de los planes, y de la autorización
teórica del igualitarismo, están los seguros resultados
productivos de un país que a la vuelta de cinco años
será la primera potencia de la economía mundial.
Estas y no la denigrante fórmula capitalista de productividad
contra dinero que llena de productos las vidrieras de las sociedades
de consumo hasta la saciedad del más exigente comprador,
son las que nos llevarán a la invulnerabilidad sociolaboral
y sindical en las maquilas de la corrupción.
>Así que si los enemigos de la revolución en
esta Trilogía Sucia de las Guaguas pretenden ver igual
derrumbe social que en la novela casi homónima de Pedro
Juan Gutiérrez, se cogerán un dedo con la puerta.
Porque, a falta de taxis, mulos; y ante la ausencia de guaguas,
tractores y bicicletas. ¡Pero jamás a pie!
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