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20 de febrero de 2006
La Habana www.PayoLibre.com
La señora Mirta Wong, esposa del periodista independiente
Oscar Mario González Pérez, hizo llegar a este reportero
la siguiente carta enviada a ella por el comunicador desde la
prisión 1580, ubicada en el municipio capitalino de San
Miguel del Padrón.
En la misiva González
muestra gran optimismo, dice tener convicción de lo injustificado
de su encierro, denuncia las condiciones de vida carcelarias que
ha tenido que sufrir en 6 meses de encierro y envía un
mensaje de amor que patentiza que a pesar de todo no ha perdido
la ternura y sencillez que siempre le han caracterizado como ser
humano.
A continuación
el texto íntegro de la carta:
Lunes, 6 de febrero
de 2006.
Prisión 1580, La Habana.
Vida mía:
Parece que ha pasado
mucho tiempo desde que se inició esta larga ausencia que
ya sobrepasa los seis meses. Entonces ninguno de los dos pensábamos
que pudiera ser tan angustiosa y prolongada. El tiempo tiene una
enorme relatividad cuando pasa en la subjetividad humana; y así,
veinte años pueden no ser nada mientras que seis meses
nos pueden resultar largos y agobiantes.
Yo no era ajeno al
inminente peligro que se cernía sobre mí y esperaba
cualquier represalia por parte de las autoridades policíacas
de mi país. Así me lo había hecho saber la
seguridad del estado cuando en múltiples ocasiones me habían
conminado a abandonar el periodismo independiente. Yo en cambio
persistía en mis propósitos, tal y como lo han venido
haciendo mis colegas periodistas durante largos años, haciendo
propio aquello de que los derechos se ejercen pese a todo y por
sobre todo.
Más, nunca pensé
que la crueldad del régimen se ensañara de tal modo
en mi persona como para confinarme en los principales calabozos
de la capital del país durante 180 días; sumiéndome
con ello en el terrible mundo de las mazmorras inhóspitas,
saturadas de humedad y en medio de letrinas desbordadas donde
se incuban moscas y cucarachas. Porque la prisión donde
ahora me encuentro tiene la precaria ventaja de algún movimiento
corporal, permitiendo además ver el sol y contemplar con
todos sus tonos de azul.
El calabozo sin embargo
encadena el cuerpo como preludio de un estrangulamiento espiritual
que quiebra la voluntad y anula las esperanzas hasta convertir
al hombre en un objeto inanimado. Por todo ello y por otras mil
razones, tan ciertas como inefables, no pensé que el régimen
pudiera confinarme en las fétidas mazmorras durante seis
meses, teniendo en cuenta mi edad y mi frágil salud. Pero
lo hizo, convenciéndome una vez más de que en lo
tocante a crueldad el totalitarismo sobrepasa toda expectativa
y todo pronóstico.
Pero aún en los peores momentos, desde lo profundo y oscuro
de la celda; cuando la noche parecía eternizarse y en los
escasos minutos de la visita semanal, siempre conté con
tu presencia. Tu figura ocultaba la acritud de una existencia
calamitosa y al contemplarte se disipaba mi angustia.
Entonces supe del valor
del tiempo. Conocí de su fugacidad y de lo inútil
que resulta para el hombre retenerlo o retardarlo cuando se erige
en portador de dicha y felicidad. Frente a ti se extinguían
las cadenas del sufrimiento y parecía como si el solo goce
de tu encuentro justificara la agonía del cautiverio.
Nunca me faltó
la luz de tu mirada como faro conductor de puerto seguro; siempre
me sentí cobijado bajo el cielo amoroso de tus ojos. Tu
amor, la convicción de mi inocencia, la bondad de mis ideas
y el decisivo favor de Dios hicieron inútil las intenciones
evidentes de doblegarme y reducirme a un adefesio desprovisto
de voluntad. Los adversarios no pudieron danzar jubilosos sobre
mis despojos. En ello tuvo que ver tu perseverancia y tu resolución.
Hoy la realidad que
envuelve mi existencia tiene un acento menos dramático.
Mis nuevos carceleros son tan déspotas como los de siempre,
las rejas que me atan tienen igual rigidez e indiferencia. Convivo
con los mismos microbios e insectos como inseparables compañeros
en este triste bregar. Pero hoy el espacio en que me muevo no
se reduce a dos metros cuadrados de una celda y sobre mi cuerpo
bate la brisa mañanera y resplandece el brillo dorado de
los crepúsculos. Ello ensancha el aroma de tu recuerdo
potenciado en cada uno de nuestros breves encuentros. Tu imagen
permanece en mí sin necesidad de evocación. Como
fragancia de esas flores del campo en cuya humildad y sencillez
se esconde el secreto de la dicha.
No sé cuando
volveremos a estar juntos, pero ninguna separación hará
menos real tu presencia en mi espíritu. Algún día
nos encontraremos con la mutua alegría ensanchada por esta
triste ausencia. Mientras tanto sigamos queriéndonos con
la añoranza de la distancia que Dios siempre tiene reservado
un lugar especial en su corazón para los seres que se aman
de verdad.
Tuyo por siempre: Mario.
Oscar Mario González,
de 61 años, pertenece al Grupo de Trabajo Decoro. Fue detenido
el 22 de julio de 2005 por fuerzas policiales mientras compraba
el pan en un establecimiento al efecto en el municipio capitalino
de Playa, donde reside. Aún se encuentra en una especie
de limbo penal pues no se le han formulado cargos ni se le ha
celebrado juicio. Se ha distinguido en sus varios años
de trabajo en la prensa independiente cubana por escribir interesantes
crónicas que reflejan la realidad de lo que sucede a diario
en Cuba.
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