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LA HABANA, Cuba - Junio
Mi siempre fiel, semiderruido
y despintado edificio:
El día en que
Teresa viajó con inodoro y todo desde un apartamento de
tu
cuarto piso hasta la planta baja sin perder la ternura -eso sí,
dos dientes,
tres costillas, un pedazo de carne de una nalga, varios mechones
de pelo y
algunas carnecitas de las distintas zonas geográficas de
su bien distribuida
figura-, comprendí tu propia guerra contra las calamidades
y el tiempo.
Esa tarde de sol y
de victorias deportivas en las Espartaquiadas de Moscú,
luego que fui salvado de imborrables fracturas al quedar colgado
de un
alambre por caer al balcón donde filosofaba entre nubes
de polvos y montañas
de escombros, supe que la vida de los edificios, como la de los
humanos,
también llega a su fin.
Y me dolió,
tembloroso y crujiente inmueble, que tus más de tres décadas
defendiéndonos de las olas del mar desenfrenadas al compás
de las lluvia y
el furor de los vientos lanzados contra ti por huracanes traicioneros,
tormentas insidiosas y depresiones tan vitales como un carnaval
en su
inauguración, no tuvieran un gesto de gratitud por parte
de quienes te
habitamos tanto tiempo.
Que llegues a la senectud
sin un repello, sin una pinturita siquiera, o con
más cabillas de fuera que costillas vistas tras el pellejo
de un faquir
descamisado, no es razón suficiente para declararte inhabitable.
Comprendo que los pisos
se hundan, las paredes se caigan, y que de las
instalaciones hidrosanitarias y eléctricas originales no
queden ni los
planos.
Sé que son los
propios inquilinos quienes vendieron los mosaicos que hacían
deslumbrante la escalera principal; las maderas preciosas que
conformaba una
marquetería insuperable en puertas y ventanas, y hasta
las tejas del techo,
las baldosas del piso, las turbinas, los ladrillos de la cisterna,
los
contadores y el catao para poner fin a una emergencia eléctrica.
Pero yo te pregunto,
traqueteante cuidador de nuestras vidas, ¿cómo podían
sobrevivir en la humedad interior de tus paredes sin calentar
los huesos en
una hoguera hecha con las tablillas de una persiana, el marco
de una puerta,
y los salvadores travesaños de un closet convertido en
corral colectivo,
donde pollos, gatos, carneros, perros y hasta chivos aguardan
por tu
sucesor, prometido desde el fatídico año 66 en que
te declararon
inhabitable?
Sólo han transcurrido
cuarenta años, pero sumados a los cincuenta que tenías
cuando te invadimos, te convierten en un nonagenario edificio
parado frente
al mar como un fantasma habitado por suicidas,
Además, ni te
va ni te viene que te digan inhabitable, pues tu interior
retoza como una maraca que acompaña el ritmo del sucu-sucu,
y es recorrido
por ratas y todo tipo de alimañas con más frecuencia
y mayor aglomeración
que aviones en el aeropuerto de Chicago, embarcaciones en el puerto
de
Rótterdam, y cubanos en las embajadas extranjeras en Ciudad
de La Habana,
respectivamente.
¡No-es-tás-so-lo!
Y mucho menos debes amilanarte por tu futura caída, ya
que
tu vida útil ha desgraciado y salvado a tantos que ya perdí
la cuenta.
Y lo de la desgracia
no lo digo por Teresa, que si bien desde su caída
padece de "inodorofobia", aún conserva el aperitivo
de su mirada, el plato
fuerte de su cuerpo y el postre de una conversación tan
inteligente que anda
buscando un ruso que la lleve a vender girasoles de a peso en
la calle
Arbat.
Eso sí, decrépito
inmueble, polvoriento edificio, pero en nuestra sucursal
del Edén en la tierra, es decir, en Cuba, tienes que caer
con dignidad.
No como esos edificios
que a la más leve brisa, ante un leve pisotón de
un
inquilino gordo, o el correteo entusiasta de los niños
comienzan a padecer
de polvaredas agudas, hundimientos frecuentes y tembleques de
vigas y
paredes que los hacen danzar cual si estuvieran en una cuerda
floja; si no
de aplomo, estruendoso como un manantial que cae desde lo alto
de una
montaña, o como alarido de indios atados al sillón
de un estomatólogo.
Sé que algún
día nos veremos en la evacuante necesidad de abandonarte,
y
espero que no sea por una tumba en el cementerio Colón
luego de ser sacado
de entre los escombros.
Pero eso demora, inquietante
armazón de semi-ladrillo y tablas de
apuntalamiento. Y no porque el Poder Popular no esté ojo
avizor con tu
inminente derrumbe para construir un parque o un parqueo donde
duerman su
fecunda laboriosidad los autos de una corporación, del
partido o de los
jóvenes comunistas, sino porque los materiales están
siendo empleados en
labores solidarias con los desposeídos en el extranjero,
pues nosotros,
aunque no pase un día sin que nos caiga una piedra en la
cabeza, un trozo de
madera en la cama, no podamos recostarnos a las paredes, ni bajar
corriendo
las escaleras, y durmamos con un ojo abierto y otro cerrado -por
si acaso tu
destino es caer sin avisarnos- contamos con un techo donde guarecernos.
Pero de algo hay que
morir, discutible morada con reconocimiento jurídico y
existencia real en el fondo habitacional de la dirección
de la vivienda en
Centro Habana, como reza en el carné de identidad y la
libreta de
racionamiento de tus inquilinos.
Además de invertir
materiales en tu restauración, ¿cómo sembrar
a Cayo Coco,
Cayo Guillermo, Cayo Largo del sur -para los del norte- y cuanto
cayo tenga
el archipiélago cubano, de lujosas y superconfortables
edificaciones a las
que sólo accederán turistas extranjeros, cuyo dinero
se revierte en comprar
argamasa, pintura de cal, tablas de pino, barro, piedras, yareyes
y hasta
bosta de vacas que posibiliten construir inmuebles de bajo costo,
pero
dignos, derrumbables, aunque nunca antes de un segundo aguacero,
que
asignaremos a la vanguardia de nuestro pueblo?
Y es mejor de un ladrillazo
tuyo, de tu azotea voladora o del derrumbe de tu
escalera que de una gripe en la calle, la mordida de un perro
o un
bicicletazo.
Aunque sé que
estás triste por lo que consideras tu abandono, la realidad
es
otra, ya que tu recuerdo imperecedero quedará en la rodilla
de Benigno
cuando se hundió graciosamente un escalón de la
escalera en la cabeza de
Cecilia, que padeció de amnesia hasta el día que
un fragmento de bloque
redentor, con alma de cirujano, le abrió una pequeña
herida de 23 puntos por
donde le volvieron sus antiguos recuerdos.
Mi polvoriento y desbalconado
edificio, no te lamentes más con esos crujidos
que nos mantienen despierto hasta el amanecer, si llueve, peor;
y si no
llueve, también, pues si mueres por falta de cabillas,
cementos, mosaicos y
pintura, no hay quien te quite lo bailao.
No tendrás el
garbo y la presencia de un Someillán, un Retiro Radial,
un
imponente Focsa; ni tendrán tu piscina de aguas purificadas
como el Meliá
Cohiba, el Habana Libre o el Saint John, pero tienes la forma
de un palomar
invertido, de una caja de fósforo familiar, y sobre todo,
de un guardagente
rústico levantado en Kalmukia para los desprotegidos.
Canta tu llanto de
cemento empolvado, de cabillas deshechas y de pisos
hundidos en las pesadillas de un reggetón, que yo recordaré
tu imagen desde
la cima de tus escombros o bajo ellos, si antes no me borras del
mapa de un
ladrillazo.
Sin nada más
que agregar, se despide de usted y se evacua por cuenta propia,
Nefasto "El Tenebroso Boza".
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