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Carta de Nefasto a un edificio inhabitable
Víctor Manuel Domínguez
Lux Info Press

 


LA HABANA, Cuba - Junio

Mi siempre fiel, semiderruido y despintado edificio:

El día en que Teresa viajó con inodoro y todo desde un apartamento de tu
cuarto piso hasta la planta baja sin perder la ternura -eso sí, dos dientes,
tres costillas, un pedazo de carne de una nalga, varios mechones de pelo y
algunas carnecitas de las distintas zonas geográficas de su bien distribuida
figura-, comprendí tu propia guerra contra las calamidades y el tiempo.

Esa tarde de sol y de victorias deportivas en las Espartaquiadas de Moscú,
luego que fui salvado de imborrables fracturas al quedar colgado de un
alambre por caer al balcón donde filosofaba entre nubes de polvos y montañas
de escombros, supe que la vida de los edificios, como la de los humanos,
también llega a su fin.

Y me dolió, tembloroso y crujiente inmueble, que tus más de tres décadas
defendiéndonos de las olas del mar desenfrenadas al compás de las lluvia y
el furor de los vientos lanzados contra ti por huracanes traicioneros,
tormentas insidiosas y depresiones tan vitales como un carnaval en su
inauguración, no tuvieran un gesto de gratitud por parte de quienes te
habitamos tanto tiempo.

Que llegues a la senectud sin un repello, sin una pinturita siquiera, o con
más cabillas de fuera que costillas vistas tras el pellejo de un faquir
descamisado, no es razón suficiente para declararte inhabitable.

Comprendo que los pisos se hundan, las paredes se caigan, y que de las
instalaciones hidrosanitarias y eléctricas originales no queden ni los
planos.

Sé que son los propios inquilinos quienes vendieron los mosaicos que hacían
deslumbrante la escalera principal; las maderas preciosas que conformaba una
marquetería insuperable en puertas y ventanas, y hasta las tejas del techo,
las baldosas del piso, las turbinas, los ladrillos de la cisterna, los
contadores y el catao para poner fin a una emergencia eléctrica.

Pero yo te pregunto, traqueteante cuidador de nuestras vidas, ¿cómo podían
sobrevivir en la humedad interior de tus paredes sin calentar los huesos en
una hoguera hecha con las tablillas de una persiana, el marco de una puerta,
y los salvadores travesaños de un closet convertido en corral colectivo,
donde pollos, gatos, carneros, perros y hasta chivos aguardan por tu
sucesor, prometido desde el fatídico año 66 en que te declararon
inhabitable?

Sólo han transcurrido cuarenta años, pero sumados a los cincuenta que tenías
cuando te invadimos, te convierten en un nonagenario edificio parado frente
al mar como un fantasma habitado por suicidas,

Además, ni te va ni te viene que te digan inhabitable, pues tu interior
retoza como una maraca que acompaña el ritmo del sucu-sucu, y es recorrido
por ratas y todo tipo de alimañas con más frecuencia y mayor aglomeración
que aviones en el aeropuerto de Chicago, embarcaciones en el puerto de
Rótterdam, y cubanos en las embajadas extranjeras en Ciudad de La Habana,
respectivamente.

¡No-es-tás-so-lo! Y mucho menos debes amilanarte por tu futura caída, ya que
tu vida útil ha desgraciado y salvado a tantos que ya perdí la cuenta.

Y lo de la desgracia no lo digo por Teresa, que si bien desde su caída
padece de "inodorofobia", aún conserva el aperitivo de su mirada, el plato
fuerte de su cuerpo y el postre de una conversación tan inteligente que anda
buscando un ruso que la lleve a vender girasoles de a peso en la calle
Arbat.

Eso sí, decrépito inmueble, polvoriento edificio, pero en nuestra sucursal
del Edén en la tierra, es decir, en Cuba, tienes que caer con dignidad.

No como esos edificios que a la más leve brisa, ante un leve pisotón de un
inquilino gordo, o el correteo entusiasta de los niños comienzan a padecer
de polvaredas agudas, hundimientos frecuentes y tembleques de vigas y
paredes que los hacen danzar cual si estuvieran en una cuerda floja; si no
de aplomo, estruendoso como un manantial que cae desde lo alto de una
montaña, o como alarido de indios atados al sillón de un estomatólogo.

Sé que algún día nos veremos en la evacuante necesidad de abandonarte, y
espero que no sea por una tumba en el cementerio Colón luego de ser sacado
de entre los escombros.

Pero eso demora, inquietante armazón de semi-ladrillo y tablas de
apuntalamiento. Y no porque el Poder Popular no esté ojo avizor con tu
inminente derrumbe para construir un parque o un parqueo donde duerman su
fecunda laboriosidad los autos de una corporación, del partido o de los
jóvenes comunistas, sino porque los materiales están siendo empleados en
labores solidarias con los desposeídos en el extranjero, pues nosotros,
aunque no pase un día sin que nos caiga una piedra en la cabeza, un trozo de
madera en la cama, no podamos recostarnos a las paredes, ni bajar corriendo
las escaleras, y durmamos con un ojo abierto y otro cerrado -por si acaso tu
destino es caer sin avisarnos- contamos con un techo donde guarecernos.

Pero de algo hay que morir, discutible morada con reconocimiento jurídico y
existencia real en el fondo habitacional de la dirección de la vivienda en
Centro Habana, como reza en el carné de identidad y la libreta de
racionamiento de tus inquilinos.

Además de invertir materiales en tu restauración, ¿cómo sembrar a Cayo Coco,
Cayo Guillermo, Cayo Largo del sur -para los del norte- y cuanto cayo tenga
el archipiélago cubano, de lujosas y superconfortables edificaciones a las
que sólo accederán turistas extranjeros, cuyo dinero se revierte en comprar
argamasa, pintura de cal, tablas de pino, barro, piedras, yareyes y hasta
bosta de vacas que posibiliten construir inmuebles de bajo costo, pero
dignos, derrumbables, aunque nunca antes de un segundo aguacero, que
asignaremos a la vanguardia de nuestro pueblo?

Y es mejor de un ladrillazo tuyo, de tu azotea voladora o del derrumbe de tu
escalera que de una gripe en la calle, la mordida de un perro o un
bicicletazo.

Aunque sé que estás triste por lo que consideras tu abandono, la realidad es
otra, ya que tu recuerdo imperecedero quedará en la rodilla de Benigno
cuando se hundió graciosamente un escalón de la escalera en la cabeza de
Cecilia, que padeció de amnesia hasta el día que un fragmento de bloque
redentor, con alma de cirujano, le abrió una pequeña herida de 23 puntos por
donde le volvieron sus antiguos recuerdos.

Mi polvoriento y desbalconado edificio, no te lamentes más con esos crujidos
que nos mantienen despierto hasta el amanecer, si llueve, peor; y si no
llueve, también, pues si mueres por falta de cabillas, cementos, mosaicos y
pintura, no hay quien te quite lo bailao.

No tendrás el garbo y la presencia de un Someillán, un Retiro Radial, un
imponente Focsa; ni tendrán tu piscina de aguas purificadas como el Meliá
Cohiba, el Habana Libre o el Saint John, pero tienes la forma de un palomar
invertido, de una caja de fósforo familiar, y sobre todo, de un guardagente
rústico levantado en Kalmukia para los desprotegidos.

Canta tu llanto de cemento empolvado, de cabillas deshechas y de pisos
hundidos en las pesadillas de un reggetón, que yo recordaré tu imagen desde
la cima de tus escombros o bajo ellos, si antes no me borras del mapa de un
ladrillazo.

Sin nada más que agregar, se despide de usted y se evacua por cuenta propia,
Nefasto "El Tenebroso Boza".