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NEFASTO Y LA INNOMBRABLE
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press


LA HABANA, Cuba - Mayo

Aunque hay personas que apenas (o nunca) nombramos, ya sea por deprecio,
amor o indiferencia, el caso de una niña nacida el 6 de octubre de 2005, en
Santiago de Cuba, es simple y llanamente porque no tiene nombre.

¡Se lo anularon! Quedó sumergido en la cuna y envuelto en los pañales y
sueños desechables de sus atribulados padres. ¡Lo volvieron fantasma en el
ritual burócrata de una legislación del Registro Civil de El Cristo, allá en
el impar Santiago!

Y no por feo, impronunciable, ni por causar ahogos como Yusmisisleidys,
taquicardia como Katiuska, o compulsión por dar alaridos y tirarse de los
pelos como ante el despetroncante Teótima Broselandia, sino por estar en
desacuerdo con nuestra educación, cultura y tradición.

Y ahí sí que no cejan las autoridades cubanas. La benevolencia y la
comprensión tienen un límite inviolable ante lo que atente contra el caudal
educativo de la patria, se aparte de forma escandalosa de nuestro acervo
cultural, y ponga como un trapo los caminos de la tradición.

¿Cómo es posible que en un país de juanes y marías, de pedros y josefas,
antonios y milagros, alguien pueda nombrarse Nichole sin que la tierra
tiemble, los árboles se disparen hacia el cielo y en un Registro Civil se
decida a poner en práctica una legislación que hace más de veinte años no
era aplicada, pese a enfrentar oscuras tempestades patronímicas cuales
Jennifer, Brian, Brean y las comunes Ashley, Aisha y Amaya, de tan fuerte
arraigo en nuestra identidad?

¿Sería justo calificar de negligentes, lerdos o extremistas a estos
abnegados cuidadores del ornato público en cuestiones de nombres, por sólo
veinte años y millones de patronímicos indescifrables de demora en aplicar
la legislación nacida en el año 1985?
¿Se puede llamar injustos, paranoicos, come catibía a quienes ven en el
nombre Nichole y hasta en la variante Nicol propuesta por los padres, un
algo subversivo, tal vez antipatriótico, contrarrevolucionario, en comunión
con el más allá -léase a 90 millas- oculto tras las letras en clave de un
patronímico desestabilizador por impronunciable?

¿Existe algún problema legal con que estos compañeros del Registro Civil se
hayan asustado, ofendido, o simplemente decidieran rectificar sus
apreciaciones después de veinte años y aplicar su poder burocrático y
revolucionario en decidir hasta el nombre de una inocente criatura?

No podemos obviar que la rectificación es de sabios, y más de cubanos que
después de meter la pata por más de dos décadas tienen experiencia
suficiente para meterla por dos más hasta encontrar el rumbo justo,
comedido, sin vaivén, saltos, choques contra la misma piedra, algo que les
proporciona el título de experimentados, con apego a la ley, y otros méritos
para seguir desbarrando por el bien y el equilibrio de la justicia social.

Si bien los padres tienen el derecho a ponerle a sus vástagos el nombre que
les dé la gana, deben tener en cuenta la moderación, el buen gusto, y un
alfabeto y un traductor a mano para deletrear el de sus inocentes niños,
condenados a veces a esconder en sus alias y motes la vergüenza innombrable
de llamarse Telesforo, Agapito, Esquicio, reducidos a Tele, Aga, y Ex,
respectivamente, por sus condolidos amigos.

Hay nombres que duelen más que una pedrada en la cabeza, hacen sufrir tanto
como una noche oscura bajo un aguacero, y sumen al condenado en una especie
de radar con misil que ante la primera sonrisa al pronunciar su nombre hace
cortocircuito, se dispara y le va para encima al posible burlón que a esa
hora recuerda que también tuvo madre.

Es cierto que por la hermandad que nos unió a los rusos extendimos
licencias, otorgamos premios y aplaudimos en público a los padres que
voluntariamente sacrificaron sus hijos en el altar de la patria socialista
al nombrarlos Stalin Pérez, Volokolams Martínez, Zuleika García y Varinka
Gómez, entre otros patronímicos tan dignos, que por el alto honor de
llevarlos ruegan cada día se los trague la tierra, donde de tan profundos no
puedan pronunciarse jamás sobre esta Isla de nombres indomables.

Pero ese acto de justicia con nuestros ancestros eslavos -recuerden que el
bailarín ruso Nikolai Go-Gó bailó un danzonete con nuestra Ma´Teodora en las
Alturas de Simpson- no significa que cualquiera pueda nombrar a un hijo como
le parezca, pues existen amos y patrones de conducta que dictan
legislaciones hasta para eso.

Sólo por ese lazo cultural fue que nos anudamos al olor a mofeta en celo de
un ruso sudando bajo el sol del trópico, que comprendimos su rumoroso idioma
de torrente de truenos, y que aceptamos sus pasivas armas para cuidar el
bien.

Además, deben recordar que en Cuba no es como en China, donde, según el
lingüista chino-cubano Lu Tse Mhal, alias "El Narra" de La Güinera, en la
tierra de sus abuelos los padres aguardan con una lata de Coca-Cola el
advenimiento de la criatura, y de acuerdo con el sexo, el padre o la madre
la lanzan por el piso -a la lata, no a la criatura-, y de acuerdo con las
vueltas que dé y los sonidos que provoque, así será el nombre del chinito o
de la chinita, para dar cumplimiento a la inviolable tradición.

El apego a la ley en Cuba cumple la misma función que un preservativo bien
empleado a la hora del relajo gozante y tradicional, pues impide que la
justicia adquiera un embarazo precoz de problemas insolubles, uno ectópico
en los más íntimos decretos por aplicar, y sobre todo, ser víctima de
enfermedades infecto-contagiosas, entre otras ETS (Extravagantes Tonterías
Sociales), de transmisión social.

Ante tan contundentes y profilácticas razones, nadie puede dudar que hasta
para decir: "Te llamaré Claudia", hay que contar con el permiso de la ley y
el cuño de un burócrata.

Si quiere que alguno de sus futuros hijos no clasifique en el aparatado de
los innombrables, bautícelos con apego a nuestra educación, cultura y
tradición, y nómbrelos Vladiarsenios, Mayoleyanis, y hasta pueden atreverse
Yuiyenisey, Katialina y Aliaydeceliarosagertrudis, que los veladores del
arca de los nombres en el Registro Civil de Santiago de Cuba se lo
agradecerán.

Jamás tire una lata en Cuba, pues terminará de seguro en la lista de los
innombrables, y no por censura, prepotencia, control o estupidez, sino por
el apego a la educación, la cultura y nuestras tradiciones revolucionarias.

¡No lo olvide! Eso, si no quiere perder hasta el nombre. Se lo asegura
Nefasto "El Innombrable".