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LA HABANA, octubre -
Que un colectivo de trabajadores con dirección y partido
incluidos no tenga donde poner el huevo; es decir, una oficina
para desordenar papeles, rehacer modelos, salir de compras en
horario laboral, vender coquitos prietos, pagar el sindicato,
poner la caja fuerte, y colocar trocitos de periódicos
sobre un cartón clavado a una pared que anuncie a todo
color: ¡EFEMERIDES DEL MES!, es algo digno de elogiar.
Sí, porque pese al demostrado aprovechamiento de la jornada
laboral por parte de los trabajadores cubanos -con sólo
pérdidas millonarias cada año en este medidor emulativo-,
existen muchos que interiorizaron tanto el sentido de pertenencia
a la entidad, que ya lavan, cocinan, miran la TV, duermen y hasta
disfrutan del aire acondicionado de la instalación.
Vean si no el grado de conciencia y apego al centro laboral mostrado
por los trabajadores del sector de la hotelería y el turismo,
que en sus días de asueto o de trabajo voluntario no dejan
en casa ni al reumático (aunque sonrosado) abuelo, ni al
despulgado, ladrador, oloroso perro de raza, con veterinario acompañante.
En contraposición, quienes se desempeñan en el corte
de caña, labores constructivas y otras tareas menos confiables,
lo hacen ante otra falta de opción y más solos que
el número uno con siete millones de ceros a la izquierda.
Por eso es que me asombra la denuncia de la trabajadora Clara
Rosario, quien, en desacuerdo o por desconocimiento de la nueva
modalidad de "Nomadismo laboral", califica de condiciones
anormales de trabajo ejercer sus funciones bajo una mata de mango
o en un local sin ventilación, ni iluminación, ni
baños.
Según la semi-oscura acusación de Clara, el rosario
de penalidades se inició cuando el local que acogía
la Oficina de Control de Multas del municipio habanero Mariel
mostró serias filtraciones y problemas en el techo, por
lo que en octubre de 2003 los trasladaron a la unidad de correos
de la localidad, los sacaron de ahí, y todavía es
la fecha que "nos tienen como si fuéramos pelotas,
de aquí par allá"
¡Y no es así, señora, como son las cosas cuando
son del alma!
Los funcionarios del nivel superior sí los quieren. Pero
como le decía, dentro de la modalidad del "Nomadismo
laboral", abiertos a la naturaleza, en contacto directo con
los de abajo, como nos legara Arquímedes Pérez,
aquel greco-cubiche nacido en Siracusa, Sicilia, y educado en
Alejandría, Egipto, para suerte y acción del socialismo
científico.
Sí, señora, porque este iniciador, este primer comunista
nacido antes de
Cristo, fue quien convenció al Homo Sapiens Idiotences
que todos llevamos dentro, de que sólo con la aplicación
del socialismo científico el hombre sería feliz
durante su residencia en la tierra.
Pese a ello, a través de la ciencia, y en especial de la
matemática, nos enseñó a emplear la "mecánica"
como símbolo de las relaciones en el socialismo.
Y por si fuera poco, definió "la palanca" como
el único medio para obtener, mediante "el invento"
de la polea compuesta" -o una mano lava la otra, y las dos
la cara- desde un puesto de almacenero en un hotel, hasta un certificado
de nivel universitario, pasando por una jeringuilla desechable,
una dieta de pollo, un viaje al exterior, dos bolsas de cemento,
la nacionalidad española y un libro de texto escolar, entre
otros beneficios.
¿Acaso duda usted que aquel grito de ¡Eureka! fue
sólo la premonición del advenimiento de una lavadora
soviética de igual nombre que sonaba más que un
tractor -también bolo-, y rompía ropa con igual
compulsión que rompe la tierra una retroexcavadora- igualmente
vodkiana y matriusqueña-, y no el anuncio del bien para
todos?
¿No ha escuchado en los pasillos de su centro laboral,
o mejor dicho, en los trillos, las plazas, los rincones y la sombra
de las arboledas donde emplazan el colectivo para corregir las
multas, que ya es hora de aplicar una "mecánica"
que mueva "la palanca" que saque se su inercia a esa
"polea de trasmisión" para que nos resuelvan
un local?
¿Me dirá que ese vocabulario no le resulta familiar?
¡Pues aplíquelo!
Hablen con algunas de sus posibles víctimas, y sin que
medien unos dineros que se han hecho bastante habituales en estos
tiempos de transacciones y transiciones, díganles que se
conforman con un techo, cuatro paredes y un patiecito interior
lleno de huecos, que lo demás lo ponen ustedes.
Y no se olvide que si la cosa se pone fea, es decir, los cogen
en el brinco, alguien cancanea, frena y grita ¡salgo!, acudir
a Isacito Newton es la solución, porque en eso de definir
la gravedad de un hecho ningún otro comunista lo supera.
Nunca pase por alto que del manzanazo que recibió Newton
en la cabeza nacieron las angustias de la Bella Durmiente, la
suma gravedad y decisión de un caso al colocar la fruta
prohibida en el güiro del hijo de Guillermo Tell -obligado
a disparar-, y sobre todo, la creación del casco protector
para nuestros insignes constructores, motoristas y peleteros del
equipo nacional de béisbol.
Así que si desdeña al "Nomadismo laboral"
como fuente de trabajo, préndale una vela a Karl Marx,
pues siendo el padre legítimo del socialismo científico,
y gustándole el jueguito de la igualdad, de seguro no estará
de acuerdo en eso de tener descendencia regada por ahí,
bastarda, cuando escuche el íntimo clamor lanzado por usted:
"No somos hijos de nadie".
De lo contrario, apréstese a vivir en tiendas de campaña,
refugios cubiertos de hierba, o en otro tipo de locales temporales
o móviles, como lo hace un verdadero nómada, un
digno revolucionario errante, un típico beduino del centro-sur
de Jordania, y un vendedor furtivo de ajos entre Las Maboas y
Manatí, allá en Las Tunas.
Medítelo, interiorícelo, trágueselo o devuélvalo,
pero no lo bote, que un buen consejo siempre hace falta para quienes
vivimos no sólo con la casa a cuestas, sino también
con el trabajo y otras aspiraciones, como aseguro yo, Nefasto
"El nómada".
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