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Juan Antonio Fernández lo dijo sin medias tintas. Como
un tenor en la parte alta de una melodía dio muestras de
un registro vocal amplio y consistente. Su dicción fue
inmejorable. El tono no tuvo desafinaciones y el desempeño
escénico resultó en un revelador manejo de la dramaturgia
en función de lo que parece otra opereta de feria.
La mayor contribución que podría hacer a la
defensa de los derechos humanos en el futuro sería renunciar
a su puesto.
Esa fue la respuesta del embajador cubano en Ginebra al informe
presentado por la Sra Christine Chanet relacionado con el mandato
conferido por la Alta Comisionada de Naciones Unidas por los Derechos
Humanos.
A juzgar por lo sucedido, no se puede esperar nada novedoso respecto
a las formas y estilos de ciertos países representados
en la recién creada entidad.
El Sr. Fernández se ha encargado de menoscabar las intenciones
que favorecían una instancia dotada de respetabilidad y
un sentido de renovación, no solo semántico, sino
de claros matices prácticos.
No se pueden esperar manzanas del olmo. Tampoco soluciones, independientemente
de sus especificidades y alcances, rindiéndole culto al
desplante.
Es preciso tener en cuenta que los muros no solo se construyen
de piedras y cemento.
Basta con actitudes que excedan la frontera de la cortesía
y posicionamientos dados en favorecer la crispación para
avizorar en lontananza la pared que no permite dar un salto a
los señoríos del entendimiento.
En este caso se hace imprescindible el servicio de un equipo de
expertos en demoliciones. No para convertir en escombros el denominado
Consejo de Derechos Humanos. Su fin radicaría en derribar
las suspicacias, el verbo malediciente y la ausencia de valentía
para aceptar las críticas, más cuando se ventilan
con un perfil constructivo.
Es lamentable que estemos en los comienzos de una sucesión
de hechos que sustraen del recuerdo, refriegas insustanciales,
irreverencias vaciadas de cordura y desafíos que ponen
en ridículo la viabilidad de uno de los mecanismos de las
Naciones Unidas.
Para despejar entuertos y quitarle el polvo a las anomalías,
es menester poner reflectores sobre los más de 300 presos
políticos y de conciencia, enfocar su deplorable existencia,
sacar de las dudas sus padecimientos de salud, otorgarle visibilidad
al drama de sus familiares.
Encima de un acto de repudio vale verter un torrente de luz para
que desde Ginebra se perciba el horror de las víctimas
frente a las hordas blandiendo el grito como un arma blanca y
los golpes perdidos en la barahúnda, lozanos e impunes.
En un rincón con la suerte marchita, la disidencia con
sus mensajes libres de mezquindades y su insistencia en proponerle
al presente y al futuro una bocanada de tolerancia y el haz luminoso
de la reconciliación.
Tales descripciones son remedos de la justicia medieval, raptos
de histeria diseñados en los talleres ideológicos
del Partido de gobierno. Es el terror cabalgando en las llanuras
de la maldad con bríos felinos y arrojos alquilados al
filibusterismo.
Eso se niega, se rebaja a la bastedad de la mentira. Un voto a
favor de la animadversión y a la falta de voluntad para
admitir que el pluralismo es cultura y decencia, remanso de la
razón y semilla de una sociedad, sin alardes de perfección,
pero a resguardo de los extremos.
La Sra. Chanet, a pesar de los obstáculos para obtener
información in situ logra trascender en cuanto a objetividad.
A la no cooperación oficial responde con una silenciosa
e intensa labor que lleva el sello de eficacia.
Las fuentes consultadas no se equivocan. En la Cuba actual pensar
contracorriente es un acto punible, una transgresión de
naturaleza criminal.
El embajador Fernández se acoge a la misma agenda que hizo
de la desaparecida Comisión de Derechos Humanos un espacio
para fútiles batallas verbales y defensas a ultranza que
se alejan de posibles arreglos.
Veremos si el Consejo es apenas una fachada para camuflar las
ruinas de la Comisión o si en cambio es una institución
genuina y respetable.
Las primeras señales apuntan al descalabro. Quizás
en el transcurso de las sesiones queden sepultadas las esperanzas.
Aquí en La Habana se sintió la arenilla que suele
preceder a aun derrumbe. Ojalá sea una falsa alarma.
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