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Las razones de Chanet
Por Jorge Olivera Castillo.


Juan Antonio Fernández lo dijo sin medias tintas. Como un tenor en la parte alta de una melodía dio muestras de un registro vocal amplio y consistente. Su dicción fue inmejorable. El tono no tuvo desafinaciones y el desempeño escénico resultó en un revelador manejo de la dramaturgia en función de lo que parece otra opereta de feria.
“La mayor contribución que podría hacer a la defensa de los derechos humanos en el futuro sería renunciar a su puesto”.

Esa fue la respuesta del embajador cubano en Ginebra al informe presentado por la Sra Christine Chanet relacionado con el mandato conferido por la Alta Comisionada de Naciones Unidas por los Derechos Humanos.
A juzgar por lo sucedido, no se puede esperar nada novedoso respecto a las formas y estilos de ciertos países representados en la recién creada entidad.
El Sr. Fernández se ha encargado de menoscabar las intenciones que favorecían una instancia dotada de respetabilidad y un sentido de renovación, no solo semántico, sino de claros matices prácticos.

No se pueden esperar manzanas del olmo. Tampoco soluciones, independientemente de sus especificidades y alcances, rindiéndole culto al desplante.
Es preciso tener en cuenta que los muros no solo se construyen de piedras y cemento.
Basta con actitudes que excedan la frontera de la cortesía y posicionamientos dados en favorecer la crispación para avizorar en lontananza la pared que no permite dar un salto a los señoríos del entendimiento.

En este caso se hace imprescindible el servicio de un equipo de expertos en demoliciones. No para convertir en escombros el denominado Consejo de Derechos Humanos. Su fin radicaría en derribar las suspicacias, el verbo malediciente y la ausencia de valentía para aceptar las críticas, más cuando se ventilan con un perfil constructivo.

Es lamentable que estemos en los comienzos de una sucesión de hechos que sustraen del recuerdo, refriegas insustanciales, irreverencias vaciadas de cordura y desafíos que ponen en ridículo la viabilidad de uno de los mecanismos de las Naciones Unidas.
Para despejar entuertos y quitarle el polvo a las anomalías, es menester poner reflectores sobre los más de 300 presos políticos y de conciencia, enfocar su deplorable existencia, sacar de las dudas sus padecimientos de salud, otorgarle visibilidad al drama de sus familiares.

Encima de un acto de repudio vale verter un torrente de luz para que desde Ginebra se perciba el horror de las víctimas frente a las hordas blandiendo el grito como un arma blanca y los golpes perdidos en la barahúnda, lozanos e impunes.
En un rincón con la suerte marchita, la disidencia con sus mensajes libres de mezquindades y su insistencia en proponerle al presente y al futuro una bocanada de tolerancia y el haz luminoso de la reconciliación.

Tales descripciones son remedos de la justicia medieval, raptos de histeria diseñados en los talleres ideológicos del Partido de gobierno. Es el terror cabalgando en las llanuras de la maldad con bríos felinos y arrojos alquilados al filibusterismo.
Eso se niega, se rebaja a la bastedad de la mentira. Un voto a favor de la animadversión y a la falta de voluntad para admitir que el pluralismo es cultura y decencia, remanso de la razón y semilla de una sociedad, sin alardes de perfección, pero a resguardo de los extremos.

La Sra. Chanet, a pesar de los obstáculos para obtener información in situ logra trascender en cuanto a objetividad.
A la no cooperación oficial responde con una silenciosa e intensa labor que lleva el sello de eficacia.

Las fuentes consultadas no se equivocan. En la Cuba actual pensar contracorriente es un acto punible, una transgresión de naturaleza criminal.
El embajador Fernández se acoge a la misma agenda que hizo de la desaparecida Comisión de Derechos Humanos un espacio para fútiles batallas verbales y defensas a ultranza que se alejan de posibles arreglos.
Veremos si el Consejo es apenas una fachada para camuflar las ruinas de la Comisión o si en cambio es una institución genuina y respetable.
Las primeras señales apuntan al descalabro. Quizás en el transcurso de las sesiones queden sepultadas las esperanzas.

Aquí en La Habana se sintió la arenilla que suele preceder a aun derrumbe. Ojalá sea una falsa alarma.