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En la espera letal
Por Shelyn Rojas


31 de agosto de 2006

La Habana – www.PayoLibre.com – Lázaro Ferry era un negro gangulero querido por todos sus ahijados. Tenía 39 años. Esperaba los 17 de diciembre para festejar su cumpleaños y la víspera de San Lázaro. Aprovechaba ese día para dar de comer la sangre de los animales sacrificados a las prendas que trabajaba.

Una mañana, amaneció quejándose de dolores en la parte baja de la espalda. El dolor era tan agudo que apenas podía caminar. Le costaba trabajo respirar.

Ese día a pesar de sus dolencias, fue a trabajar. Era el encargado de repartir la comida en varios pisos del hospital Hermanos Amejeiras. Pensó que allí estaría protegido si se agravaba.

Se equivocó. Sus compañeros de trabajo no le prestaron atención a lo que le sucedía. Quizás por la tensión laboral.

Al día siguiente, el dolor era más intenso. Casi sin poder caminar, decidió dirigirse hacia la posta médica que le pertenecía en su localidad. Estaba cerrada.

La mayoría de las postas médicas y hospitales en el país se encuentran en esta situación desde que comenzó la trata de médicos. Doctores y enfermeros cubanos han sido enviados para Venezuela, Bolivia y otros países a prestar servicios en aras de la propaganda política.

Después de caminar varia cuadras, encontró un doctor en una posta (a varios kilómetros de su hogar), que estaba atendiendo pacientes. El doctor, al verlo en estado crítico, lo remitió urgente hacia el policlínico más cercano. Cuando llegó al policlínico, le explicaron que allí no lo podían atender, porque no le pertenecía esa zona. Reglamentos.

A unas seis cuadras queda el policlínico de 30 de Noviembre. En ese era en el que debían prestarles los auxilios. A Lázaro no le quedó otra alternativa que arrastrarse hasta el policlínico que le correspondía.

El doctor de turno que lo reconoció, le envió unos análisis. El resultado arrojado por los análisis fue hepatitis e infección en los riñones.

Regresó a su casa con un tratamiento. Acudió a sus ahijados más allegados, Viviana y Juanito el mecánico. Viviana decidió quedarse con él esa noche, por si empeoraba.

Amaneció. Al mediodía, cuando su ahijada le estaba dando el almuerzo, Lázaro escupió un buche de sangre. Viviana se asustó. Llamó por teléfono a su hermano de religión Juanito. Este estaba trabajando en el taller. Ante la noticia pidió permiso y sin cambiarse de ropa fue para casa de su padrino. Directo para el hospital Miguel Enrique, la antigua Benéfica, ubicada en Ciudad Habana.

Después de una larga espera en una cola interminable, para que fuera atendido, el doctor que lo reconoció lo envió al laboratorio para hacerle análisis de urgencia.

El enfermero del laboratorio no se encontraba. Viviana dejó sentado a su padrino al lado de la puerta del laboratorio. Asustados, los dos ahijados se dirigieron hasta información para localizar al enfermero.

La recepcionista levantó su mirada y de forma déspota les respondió -El muchacho del laboratorio no está- y continúo sumergida en papeles. Juanito le pidió de favor que lo tratara de localizar por el audio. Le expresó que era un caso de urgencia.

Esta vez, la recepcionista disgustada se levantó y groseramente les respondió, con la mirada fija en el overol sucio de grasa del atribulado mecánico, que como se visten las personas así eran atendidas.

El enfermero no apareció. La recepcionista retornó a su posición habitual entre los papeles, sólo interrumpida por alguna que otra llamada telefónica.

El 19 de julio, Lázaro el gangulero, sentado en el banco del laboratorio, esperando que le hicieran su análisis, ahogado en llanto por el dolor, falleció.

Shelyn2005@hotmail.com