Color




Cóctel habanero: El viejo líder
de la porra

Por Raúl Soroa


LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - Cuando después de algunos años regresé al barrio, me costó trabajo reconocerle. Una joroba le deformaba la espalda, el cabello, escaso y grasiento, le caía en mechones sobre la frente, caminaba a trancos y ya no tenía aquella mirada segura y fanática de antaño.

Siempre fue líder en la cuadra. Le recuerdo con sus camisas de manga larga perfectamente abotonadas, los pantalones de kaki, las botas militares lustrosas. Siempre llevaba un manojo de papeles en el bolsillo de la camisa.

Era el clásico movilizador de masas, serio, adusto, autoritario. Ante sus órdenes nohabía reparo ni queja posible. Por su boca hablaba la revolución proletaria, el futuro de la humanidad. Su voz era eco de las palabras del máximo líder.

Su familia acaparaba todos los cargos de las organizaciones de masas, CDR, FMC y cuanta actividad se orientaba por las "alturas" encontraba seguros organizadores en ellos. Su entrega era motivo de elogios y premios. Las paredes del apartamento donde residían estaban llenas de diplomas y certificados otorgados por el gobierno. Ese era su mayor orgullo, y mostraba las paredes repletas a cuantos le visitaban.

Por eso me causó cierta impresión verle así tan depauperado. No voy a decirle que no me alegré un poco. Aunque no le deseo mal a nadie, el tipo siempre fue un bicho malo, un delator, un fanático que le hizo daño a mucha gente. Tenía el poder de dar o quitar un buen trabajo mediante el sistema de verificación que se aplica en Cuba en las cuadras a todo aquél que desea trabajar o estudiar. Una mala opinión de las organizaciones de masas de tu lugar de residencia es fatal para las aspiraciones de cualquiera. Significa perder una oportunidad de ascender en tu carrera o de lograr una plaza en un centro de estudios o simplemente de obtener un trabajo para poder mantener a tu familia. Eso les da mucho poder a tipos como el de nuestra historia.

Cuando el Mariel le recuerdo muy activo. Era uno de los organizadores de mítines y actos de repudio. Recuerdo su cara, transfigurada por la ira. Le recuerdo lanzando improperios, apaleando, apedreando casas y personas. Era el más entusiasta, el más entregado, el más creativo, el peor de todos. En la zona introdujo los baños de pintura roja, que consistían en arrojar sobre las víctimas, que obligaban a desfilar, en muchas ocasiones desnudas, entre dos hileras de lanzadores de huevos, en medio de ofensas y malas palabras, de latas de pintura roja. Se puso de acuerdo con taxistas que aparecían de pronto en la escena de las humillaciones como pretendidos salvadores, y cuando la víctima creía haber escapado del tormento le regresaban al lugar de su calvario. Era un sádico, un verdugo, un hombre que disfrutó y tuvo su momento de gloria en ese año 80.

Después llegaron uno tras otro los problemas. Llegó la era del combate contra los "errores y tendencias negativas", y él, que no era muy querido por algunos jefes que miraban con malos ojos a ese subordinado fanático e intruso que se creía guardián de la moral socialista, fue escogido como víctima, como chivo expiatorio. Le encontraron un enorme faltante en su empresa, fue revocado del cargo y le sancionaron en el Partido.

Cayó en desgracia. La esposa le abandonó, uno de los hijos se fue en una balsa en 1994, y la menor de las nietas es una famosa jinetera de El Comodoro y la Marina Hemingway. Nada, al que no quiere caldo le dan tres tazas. Como no contaba con las simpatías de los vecinos, su vida se tornó bien difícil. En eso estaban las cosas cuando regresé al barrio, allá por los finales del año 2000.

Cabizbajo, rumiaba su desgracia entre niños que le hacían burla, jóvenes que disfrutaban martirizando a "Esopo, el jorobado". Se dio al alcohol y muchas veces lo encontré borracho, tirado entre las cajas y desperdic ios de la bodega de la esquina.

Sin embargo, una tarde de 2005 estaba yo sentado en el portal viendo pasar las horas, recuperándome de una vieja lesión en la rodilla, recuerdo de la guerra de Angola, cuando le vi. Su vista se cruzó con la mía unos instantes. Sus ojos brillaban. Era esa mirada terrible, desprovista de alma, de los fanáticos, de los miembros de ciertas sectas apocalípticas. Llevaba prisa y enarbolaba un bate de béisbol en la mano. Sonrió con aire triunfal, y siguió su camino. Ahora con paso seguro -la joroba apenas se notaba- desafiante se unió a un grupo que pasaba gritando consignas.

Frente a una casa en la esquina se congregaba la multitud. Gritaban ofensas contra los moradores. Arrojaban piedras. La casa de un conocido disidente era rodeada por las turbas, y al frente del grupo se encontraba nuestro viejo conocido. Rejuvenecido, llevaba la voz cantante. Era el más enardecido, el más entusiasta, el peor de todos.

Desde entonces ha cambiado mucho, ahora encabeza el núcleo zonal del PCC de jubilados, es jefe de la Brigada de Respuesta Rápida del área, jefe de la Asociación de Combatientes de la zona. Ya se le ve de nuevo patrullar las calles, organizar los grupos de vigilancia, chequear a los vecinos.

De su casa entran y salen constantemente tipos misteriosos. Se le ve en las esquinas o en el parque acompañado del jefe de sector. Es la pesadilla de vendedores clandestinos, de los maniceros, de los heladeros, de los viejos que venden melcochas.

Ha regresado de nuevo, junto a la porra. A falta de pan, casabe, dirán los jefes. No siempre se encuentran partidarios tan decididos, tan baratos, tan eficaces y creativos. Este es su cuarto de hora, hora de sacar a pasear los viejos espantajos.