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El alboroto a causa del contenido de una pizarra lumínica
se convierte en un océano de intolerancia que ahoga la
razón.
LA HABANA, Cuba
Visto y comprobado. Mahatma Ghandi es un subversivo, Martín
Luther King un elemento perturbador e infame. Ilegal y entrometido
Abraham Lincoln, el hombre que abolió la esclavitud en
los Estados Unidos apenas dos años después de haber
sido electo presidente en 1861.
Sus pensamientos han aguijoneado el lomo del totalitarismo. Se
rebelan como movimientos que refuerzan el perfil excluyente de
un gobierno que impone y no expone, que obliga y no persuade,
que impugna el criterio diferente y abraza el asentimiento unánime.
Una secuencia de frases proyectadas sobre una pantalla bastan
para que suene el tambor de la guerra.
Confirmo mi certeza de que la unanimidad es frágil y su
temperamento asustadizo ante los axiomas rellenos con palabras
que abogan por expandir los derechos de naturaleza cívica
y política paridos por una democracia genuina y garante
de las libertades fundamentales.
Considero no andar por caminos errados cuando compruebo que el
alboroto a causa del contenido de una pizarra lumínica
se convierte en un océano de intolerancia que ahoga la
razón, al menos la que se cobija en cerebros medianamente
aptos para su funcionamiento. Ampliar la visión informativa
del pueblo cubano es una afrenta que va más allá
de lo previsible. Eso es un delito. Lo sé por propia experiencia.
No es el hecho que los mensajes hayan aparecido en la fachada
de la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en la Habana.
El asunto que destapa los baúles de la ira del régimen
comunista, poco tiene que ver con el lugar. En este caso el sitio
sólo amplía la hostilidad.
Lo mismo da que hubiesen tenido de fondo la sede del Vaticano,
el Consulado de Costa Rica o la representación de la Unión
Europea. Nadie puede enarbolar aforismos, a la ligera, en un país
donde la distribución y contenido de ideas, literatura
u otras manifestaciones de índole informativa e intelectual,
permanecen bajo control. ¿Cuál? Pues, el del Partido
de Gobierno que ejerce funciones de policía, educador,
fiscal, abogado y muchas más imposibles de enumerar. Sería,
aparte de vergonzoso, alucinante.
Sólo me atengo a reflejar un punto de vista sobre este
nuevo incidente que pone al rojo vivo las normalmente tensas relaciones
entre Cuba y Estados Unidos. Me tomo tal atribución aunque
sea un ejercicio peligroso y sujeto a tergiversaciones promovidas
por personas afines o patrocinadoras de esta posición que
dibuja con sus actos la censura.
Esto que escribo es un asomo de espontaneidad de alguien que cree
en cualquier mensaje tendiente a fomentar la pluralidad y la convivencia
pacífica.
Yo no percibo en esos pensamientos nada que incentive la confrontación
y haga retoñar los odios. Al contrario, invitan a la reflexión
y ponen en perspectiva la sapiencia de hombres que aportaron lo
mejor de sí para el progreso de la humanidad. Ningún
argumento sirve para proscribir a King, Ghandi y Lincoln. Intentarlo
es inútil. Ellos nunca aprendieron a morir.
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