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Carta pastoral de Su Eminencia señor Cardenal Jaime
Ortega Alamino, Arzobispo de La Habana, en el 150 aniversario
de la muerte del Padre Félix Varela.
Alos sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas,
fieles cristianos de la arquidiócesis de La Habana y a
todos los cubanos de buena voluntad.
Queridos hermanos:
En el aniversario 150 de la muerte del siervo de Dios Félix
Varela quiero dirigirles una carta pastoral que, al ser acogida
por ustedes, sirva de homenaje al cubano que, según el
decir de su discípulo José de la Luz y Caballero
``nos enseñó primero a pensar''¹, o si desean
seguir la intencionada inspiración del recordado arzobispo
de La Habana, monseñor Evelio Díaz, pueden también
decir que fue: ``el primero que nos enseñó a pensar
en cubano''.
El legado del Padre Varela: Dios ante todo
1 De hecho el pensamiento de Varela se volcó sobre
Cuba, su patria amada, y sobre el futuro de esta tierra a la que
brindó verdadera devoción. Fue el Padre Varela hombre
fundante, junto con otros de la estirpe del colegio-seminario
San Carlos y San Ambrosio. Sacerdote preclaro, de vida santa,
no veía ningún modo de abordar el mundo y el quehacer
de los hombres en él, que no incluyera una postura ética
ante la realidad y no concebía otro fundamento para la
ética sino la fe religiosa, asumida personalmente y respetada
socialmente.
``No hay duda --decía Varela-- que las instituciones
políticas y las leyes civiles sirven de protección
y de estímulo, pero no bastan para consolidar los pueblos...²
el freno santo de la religión es el único que puede
subyugar las pasiones humanas''³.
``¡Qué feliz sería la sociedad, si poniendo
freno a las pasiones y obedeciendo a una ley divina, se guiasen
los hombres por los sentimientos de justicia y de amor mutuo!''(s4).
2 El pensamiento del Padre Varela sobre Cuba, los cubanos
y la fe religiosa se halla resumido en la más conocida
de sus citas: ''No hay patria sin virtud, ni virtud con impiedad''(s5).
Es bueno destacar aquí que la palabra impiedad, en su acepción
original de la lengua castellana, significa actitud displicente,
irreverente o descreída hacia Dios y la religión.
Por eso muchos, queriendo con justeza hacer comprensible el pensamiento
de Varela a nuestros contemporáneos, formulan la afirmación
del sabio presbítero de este modo: ``No hay patria sin
virtud, ni virtud sin religión''. No sería tampoco
atrevido decir: ...ni virtud sin fe ni amor a Dios. El Padre Varela
considera la fe en Dios como piedra angular del edificio social,
su ausencia en el corazón del hombre acarrea muchos males.
Así lo expresa él mismo: ``Sólo hallándose
el hombre privado de todo temor de Dios, puede despreciar su ley
divina, desatender los dictámenes de la conciencia y arrojarse
como un tigre sobre sus semejantes para devorarlos''(s6). Aquí
hace referencia Varela, sin mencionarla, a la impiedad en su acepción
más común, como comportamiento personalmente malo
y duro hacia el prójimo, que él considera que tiene
su origen en la falta de fe en Dios.
La patria
3 Pensar primero, pensar en cubano, pensar a Cuba es el testimonio
histórico de Varela que las generaciones actuales no deben
pasar por alto. El hombre de pensamiento que es el Padre Varela
merece el homenaje que le brindamos en la hora presente si ejercitamos
nuestra facultad de ver la realidad según su metodología,
que va más allá del frío análisis,
para ensanchar la mirada con la fuerza del amor. ``El amor es
quien ve''(s7), diría más tarde Martí y Varela
había descrito de este modo la patria que él soñaba:
``No hay sociedad perfecta sin amor perfecto''(s8). Así
se inclinó sobre su patria cubana el Padre Varela: pensando
en ella con amor.
4 Es derecho y deber de todo cubano contemplar a su patria
con amor, pensarla con criterios éticos que tengan como
marco iluminador la mirada amorosa de Dios sobre el mundo, que
incluye a Cuba y su historia. Si nos decidimos a asumir nuestro
papel de cubanos pensantes es bueno recordar a nuestros hermanos
que al pensar rectamente según la ética propuesta
por el Padre Varela, sustentada en la verdad, quedamos comprometidos
a dejar la mediocridad y el adocenamiento y a practicar la virtud.
La virtud
5 Los valores nos mueven a actuar en el sentido del bien,
pero hay mucha ambigüedad y miseria en el ser humano para
que el simple hecho de presentarle un valor baste para que ese
valor sea asumido e incorporado a la vida. Es necesario, pues,
ejercitar la virtud. Virtud significa fuerza, fortaleza. Sólo
por el esfuerzo, esto es, ejercitándose en su cuerpo y
sobre todo en su espíritu, se hace capaz el hombre de asumir
los valores que exigen vencerse a sí mismo. La invitación
del Padre Varela a la virtud es un llamado al cubano, especialmente
a los jóvenes, a hacerse fuertes, fuertes de espíritu,
poniendo por fundamento de su vida la fe en Dios.
6 Este llamado lo quiero repetir ahora como obispo y pastor
y como cubano, especialmente a las jóvenes generaciones,
que deben hacerse firmes por la virtud y aprender a mirar el mundo
desde la elevación adonde nos conduce el amor de Dios:
es la altura del ideal, del esfuerzo, del sacrificio.
Que los jóvenes se decidan por la virtud
7 Queridos jóvenes: tienen que resistir al vaho decadente
del mundo, que viniendo de abajo los puede envolver. Reafirmen
sus pies en la altura de un ideal moral que los consolide como
hombres y mujeres capaces de mirar alto y lejos. Resistan a las
tentaciones de una vida llena de placeres fáciles, inmediatos,
pero fugaces, donde falta un proyecto portador de felicidad fundado
en el amor. La permisividad sexual, las relaciones tempranas que
queman las etapas del enamoramiento y del amor verdadero, no preparan
para fundar matrimonios estables y duraderos, familias donde la
vida pueda crecer en la seguridad y en el gozo del amor compartido,
y sin esto no hay felicidad.
8 No es cediendo a todos los deseos como se preparan un joven
y una joven para los retos de una vida adulta; por otra parte,
las virtudes son solidarias en el alma humana. Esto quiere decir
que las virtudes crecen juntas y los vicios también. Así
por ejemplo, quienes son firmes y tienen una postura moral bien
definida con respecto a las relaciones de amor entre el hombre
y la mujer, tendrán firmeza también para hacer frente
a otras tentaciones, muy presentes en nuestro medio actual, como
son el consumo abusivo de bebidas alcohólicas y aún
de drogas.
La extensión del uso de drogas en gran parte del mundo,
ahora también en Cuba, tiene sus promotores en delincuentes
perversos, pero sus mejores aliados son la falta de sentido para
la vida, el derrotismo y una postura ante el mundo habitualmente
débil por parte de jóvenes y adultos. Sería
de una superficialidad imperdonable pensar que, para que el joven
o la joven se alejen de la bebida o de la droga debe al menos
propiciarse el desahogo de sus pasiones sexuales, tomando sólo
precauciones contra embarazos o enfermedades. La experiencia demuestra
que sexo, alcohol y droga se entrelazan peligrosamente. No se
resignen como jóvenes a este pobre ideal de juventud, que
lleva en sí tantos riesgos, el primero de todos: no hallar
nunca el verdadero amor. No creas que la libertad consiste en
actuar según tus deseos. Dejo la palabra al Padre Varela:
``Medita... sobre las doctrinas destructoras de la libertad humana,
examina su origen, y verás que sólo tuvieron por
autores, y sólo tienen por partidarios, a los impíos,
que no pudiendo superar sus pasiones se declararon esclavos de
ellas''(s9).
Actualidad de Varela
9 Al referir estas cosas es como si evocara al Padre Varela
escribiéndoles a los jóvenes cubanos de este tiempo,
como escribió él a su ideal discípulo Elpidio
en la etapa de la historia que le tocó vivir. Porque Varela
se ocupaba de la patria y sabía que su futuro descansaba
en las manos y en los hombros de la juventud; por eso les pedía
a ellos virtud, pero virtud integral, aquélla que compromete
toda la vida. La permisividad no lleva esfuerzo, desconoce el
sacrificio y así no se favorece el desarrollo de la vida
social, ni se forja la patria; se produce más bien la postración
moral, que trae consigo la falta de entusiasmo y la desesperanza.
Hago llegar a ustedes, queridos jóvenes, el llamado del
Padre Varela a un compromiso ferviente con la patria: ``Diles
que ellos son la dulce esperanza de la patria, y que no hay patria
sin virtud, ni virtud con impiedad''¹(s0).
10 Como fuente de esperanza les propongo el Evangelio de Jesucristo.
En él bebió Varela su saber más hondo. Leído
y meditado él nos sitúa en una cumbre del espíritu
desde la cual el mundo real se nos revela bajo una nueva luz:
allí se descubre que el pasado, con todas sus miserias,
sirve de algo; que el presente tiene urgencia de nosotros y que
el futuro no es forzosamente sombrío y se construye hoy
con nuestras manos.
A los cinco años de la visita del Papa Juan Pablo II
11 Este año se cumplen cinco años de la visita
pastoral del Papa Juan Pablo II a Cuba. El quiso venir a nosotros
como mensajero de la verdad y la esperanza y sus palabras resonaron
con fuerza en nuestros corazones. Sin embargo, tenemos tendencia
a olvidar la verdad que ``nos hace libres''¹¹, al decir
de Jesús en el Evangelio, pero que resulta comprometedora.
La esperanza es una virtud, es una especial fortaleza de espíritu
ante el futuro, que nace de la confianza en Dios. Debemos pedirla
a Dios en la oración y cultivarla cada día. Si no,
retorna la desesperanza, el cansancio, la monotonía. Con
mirada cansada y sin aliento de vida no se puede contemplar el
mundo, un mundo lleno de retos, vacío a menudo de valores.
El Papa se dirigió en Cuba a los jóvenes y a las
familias y nos habló a todos del bien de la patria. Con
desesperanza no puede la juventud forjar su futuro, ni se puede
pensar cómo hacer que reine en la familia cubana armonía
y estabilidad. Tampoco podemos con desesperanza mirar a Cuba,
la Cuba de hoy y la de mañana, que todos, pero especialmente
las nuevas generaciones, tienen que construir.
Empezar a pensar
12 Para llegar a esta edificación de la patria, en
la cual todos debemos participar, es necesario seguir el consejo
de Varela: primero empezar a pensar. Este no es únicamente
quehacer de pensadores, de intelectuales, de políticos,
sino de todos los que hemos nacido en esta tierra y la llevamos
en el corazón.
13 Existen, evidentemente, buenos escritores y poetas cubanos
que pueden abrir brechas en este campo, pero si nos detenemos
en el lenguaje a veces intencionalmente críptico de sus
poemas, de sus novelas, de sus escritos, hay grandes zonas de
frustración, de vacío, de reclamos sordos, que difícilmente
llegan a esbozar senderos de futuro. Sucede algo parecido en nuestro
cine; aun en los lances cómicos de muchos filmes parece
latir la queja, o se descubre un envío a algo más
serio que se quiere decir. Son así también las canciones
de no pocos trovadores jóvenes o no tan jóvenes.
La extraordinaria creatividad del cubano aparece contenida y brotando
a un tiempo por todos los poros del cuerpo social, tratando ciertamente
de pensar en cubano. Algunos lo logran en cuanto a la forma: el
lenguaje es nuestro, los temas son nuestros, pero habitualmente
quedan más bien en la memoria de aquéllos que reciben
esos mensajes preguntas, sugerencias veladas, y casi siempre una
admiración hacia quienes, a partir de su arte, encontraron
un modo de decir que permite a muchos cubanos reconocerse en personajes,
situaciones o lances y hallar en ellos una especial y secreta
solidaridad.
Este modo de hacer es válido, constituye una aproximación
a la realidad como diagnóstico. Varela supo pensar así
también, pero llegaba más lejos, miraba hacia el
futuro de la patria y trataba de preparar caminos, al modo de
Juan el Bautista.
La misión profética de la Iglesia
14 Esta es también tarea de la Iglesia. Aún
cuando nos parece que no somos escuchados, cuando la realidad
parece ser ignorada, no sólo hay que evidenciar lo que
aparentemente se olvida o desconoce, sino preparar además
caminos de futuro en las mentes y los corazones de nuestros hermanos,
también si, como el Bautista, tenemos la impresión
de clamar en el de-
sierto. Eso es lo que intentó el Padre Varela. Esa
es siempre, en palabras del santo sacerdote, la misión
de la Iglesia: ``El bien de los pueblos ha sido siempre el objeto
de la Iglesia, no sólo en lo espiritual sino también
en lo temporal en cuanto dice relación a la paz y mutua
caridad, en una palabra, a la vida eterna que es la única
felicidad''¹².
Independencia de la Iglesia en su misión
15 La Iglesia tiene su origen en Cristo. Cuando Jesús
le dice a Simón Pedro: ''Tú eres piedra'', le anuncia
al mismo tiempo a su apóstol y al mundo que es El, Cristo
Jesús, quien establece y construye su Iglesia: ``Sobre
esta piedra edificaré mi Iglesia''¹³. Es Cristo
quien vive en su Iglesia y cada día y en cada época
la edifica, incorporando a su cuerpo, por la acción del
Espíritu Santo, a los hombres y mujeres que se adhieren
a El por la fe.
16 Escuchemos cómo el Padre Varela describe a la Iglesia
en la segunda de las cartas a Elpidio: ``La Iglesia es el conjunto
de los creyentes bautizados, que guiados por la luz de la fe,
unidos con el vínculo de la caridad, animados por la consoladora
y bien fundada esperanza y nutridos con los santos sacramentos,
corren por la senda de la virtud y de la paz hacia el centro de
la felicidad, bajo el eterno pastor que es Cristo y su vicario
que es el Papa''¹(s4). Esta es la realidad de la Iglesia
en el mundo y en el seno de cada nación. La misión
de la Iglesia es, ante todo, el anuncio de Jesucristo con sus
implicaciones éticas para la persona, considerada en el
ámbito de la familia y en el medio social y político.
Este no es un derecho concedido a la Iglesia, sino que nace del
mandato divino de Jesús. ``Vayan al mundo entero y anuncien
el Evangelio''¹(s5).
17 Describe también el Padre Varela las vicisitudes
y las luchas de la Iglesia por preservar su derecho de anunciar
y extender el Reino de Dios. Usando el vocabulario de su tiempo,
Varela emplea la palabra ''trono'' para significar el poder político
y se expresa así: ``La Iglesia... sólo espera del
trono que remueva todo obstáculo civil que pueda oponerse
a tan elevados fines: mas no depende del trono el que los consiga,
antes al contrario, a veces para conseguirlos se ve la Iglesia
en la dura necesidad de oponerse al trono para corregir sus demasías,
como lo hizo San Ambrosio con el emperador Teodosio y lo han hecho
otros muchos santos prelados... quiero sacarla (a la Iglesia)
de una esclavitud en que no debe estar, haciéndola juguete
del trono, sólo por suponer que le debe su existencia''¹(s6).
En efecto, la Iglesia tiene su origen en Dios, de ahí
nacen los derechos inherentes a su misión divina, y así
el poder político no debe obstaculizar o impedir el anuncio
del mensaje de Cristo, que la Iglesia debe hacer utilizando incluso
los medios actuales de comunicación social, ni la labor
educativa o caritativa de la Iglesia, ni nada que tenga que ver
con la misión propia que Dios le ha confiado.
Es misión de la Iglesia sembrar esperanza
18 Muchos hermanos nuestros se vuelven a la Iglesia en Cuba
pidiendo una palabra de futuro, porque existe en el pueblo cubano
un temor difuso y generalizado al porvenir: ¿cómo
se desenvolverán los acontecimientos en nuestra nación?,
¿habrá una mejoría de nuestras condiciones
de vida?, ¿se alcanzará la reconciliación
entre todos los cubanos?, ¿podrá preservarse siempre
entre nosotros el bien superior de la paz? Siempre son los mejores
y los más inquietos quienes manifiestan esta preocupación.
19 Faltan en Cuba propuestas que levanten el ánimo
y acrezcan la esperanza, que susciten proyectos de vida personales
y comunitarios donde brille un ideal noble y alto en los que todos
puedan sentirse implicados. Se siente la ausencia de Varela y
de Martí. No porque sus escritos y sus personas dejen de
ser conocidos y apreciados, sino porque no hemos estructurado
nuestra vida nacional según su espíritu. ¿Por
qué haber acudido a otros pensadores foráneos, incluso
con rango de fundadores de escuelas de pensamiento y acción,
pero que en sus doctrinas, semillas de otros climas que no se
dan en esta tierra, no alcanzan la estatura ética de Varela
ni el acento amoroso de Martí? Si Varela o Martí
no hubieran sido nuestros habría que haber ido a buscarlos
dondequiera que se hallaran, pero son de aquí y ellos nos
remiten, cada uno a su modo, a Jesucristo, a la civilización
cristiana que es la nuestra, donde brotó nuestra nación
y se desarrolló nuestra cultura.
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