Con apenas 21 años, Ana Lázara Rodríguez se
lanzó a la lucha por derrocar el gobierno de Fulgencio Batista
tras el golpe de estado del 10 de marzo de 1952, pero ya en 1956
mantenía preocupantes conversaciones con un amigo de la niñez
en su nativo Bejucal, cerca de la capital habanera. El joven, Angel
María Pérez de Armas, pertenecía a la Juventud
Comunista y compartiría con ella los planes que el habían
preparado para el futuro: cuando la revolución triunfara,
iría a México a tomar un curso de avioneta y luego
a Checoslovaquia a convertirse en piloto de jets. Para ella, era
evidente el estrés que le provocaba a su amigo el aceptar
algo planificado con tanta antelación y sin saber a ciencia
cierta si era lo que él quería hacer. Años
más tarde éste cambiaría su militancia y saldría
al exilio.
Por una parte, ella
desesperaba porque Batista cayera, pero, por otra parte, le angustiaba
la incógnita que presentaba el ascenso de Fidel Castro
al poder. La confesión de Angel le daba la medida de hasta
qué punto ya el Partido tenía planes totales sobre
Cuba y la colocaba en una difícil disyuntiva. Ana Lázara
estudiaba Medicina en la Universidad de La Habana y formaba parte
de un grupo que se alistaba para alzarse en la montaña
pero continuó luchando en el llano. Se sentía dividida
dentro de sí misma.
A la huída de
Batista y toma del poder por Fidel Castro, Ana Lázara hace
una pronta transferencia de lucha y no descansa en tratar de convencer
a sus ilusos compañeros del peligro que se cernía
sobre Cuba. Ellos justificaban los errores de la inexperiencia;
ella escudriñaba el futuro. Entre ellos se abría
una brecha que se tornaría insalvable, aunque era menos
arriesgado continuar peleando desde dentro del recinto universitario
que afrontar en los grupos de calle el peligro de la infiltración.
No obstante, se unió
al grupo de Acción y Sabotaje del Movimiento de Recuperación
Revolucionaria (MRR). Tal como temía, su grupo estaba infiltrado
por una tal Isis Nimo; más tarde comprobaría que
trabajaba para la Seguridad del Estado. Desconfiando de ella,
Ana Lázara inventa una trampa y la comparte con su compañera
de lucha Olga González Macías. Hablan de un presunto
contrabando de armas y lo sitúan, hipotéticamente,
frente a la casa de una amiga de Olga. Ana Lázara finge
tener que esconderse por unos días pero no revela la casa
de las armas. Olga era más allegada a Isis y le confía
la dirección. Efectivamente, las fuerzas de Seguridad allanaron
la casa y desde las paredes hasta los muebles los hicieron añicos.
Al pobre dueño de la casa se lo llevaron para interrogarlo
pero lo soltaron al comprobar su inocencia. En la oscuridad, desde
la casa de la amiga, ellas contemplaban el destrozo. Fue un hecho
penoso, pero era la única forma de desenmascarar a Isis
antes de que pusiera en peligro las vidas de los jóvenes
conspiradores.
-Olga y yo caímos
en la misma causa; ella cumplió una prisión muy
larga. Isis era una mujer muy inteligente y yo creo que tras este
hecho ella sospechó algo e hizo redoblar la vigilancia
sobre mí. Pero yo usaba todos los métodos imaginables
para escaparme
me colgaba de una guagua y a media cuadra
escapaba por el fondo, entraba a un edificio y salía por
la puerta de servicio, y así
Un día,
al llegar a casa, mi madre me dijo que unos compañeros
de la universidad habían estado tres veces buscándome.
Enseguida supe que ya estaba cercada y tuve dos opciones: o me
escapaba por los tejados o los esperaba. Y no tuve que esperar
mucho. Al rato llegaron a buscarme en forma muy aparatosa pero
llamaba la atención lo atemorizados que estaban. Yo era
una sola persona y desarmada y ellos eran muchos, así es
que para proteger a mi madre, enseguida les dije que mi cuarto
estaba en la planta alta, facilitándoles el registro. Sin
razón palanqueaban las armas, y yo, al comprobar el miedo
de los adversarios me armé de una especie de conciencia
de reto, "cuqueándolos", contestando sus preguntas
en tono de burla. Una actitud un poco suicida. Sólo encontraron
un poco de azufre que yo usaba para la piel, un dinero que era
de mi hermana y una caja con una cabeza de rata disecada
Me llevaron para
la pre-delictiva Guanabacoa hasta el juicio de la Causa 102 con
Flores Ibarra como fiscal, que pidió cinco penas de muerte.
Felizmente, uno de los muchachos era menor de edad e hijo de mexicano
y cubana y el Embajador de México intercedió por
ellos. Les conmutaron las penas de muerte por 30 años de
prisión domiciliaria. Entre las mujeres que estaban conmigo
recuerdo a Ilia Herrera, Nelly Urtiaga, Milagros Bermúdez,
Yara Borges, Olga González Macías y Genoveva Canaval.
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