|
Los recientes acontecimientos en Cuba obligan a la reflexión
urgente de todos aquellos que fuimos militantes activos de la
revolución ocurrida hace más de cuatro décadas
en aquella isla y que, más temprano o tarde, nos distanciamos
o rompimos con el régimen político instaurado en
su nombre por considerarlo ajeno y en conflicto con nuestros ideales
de izquierda. Pero también deben constituir un estímulo
a la reflexión de todos los que aún creen que su
honrada y comprometida contribución al "proyecto"
revolucionario cubano desde dentro de un régimen
político que lo ha echado deliberadamente a un lado desde
hace décadas puede tener algún impacto en
el curso de los acontecimientos.
Desde el V Pleno del
CC del PCC, en 1996, y el cuidadosamente planificado derribo de
las avionetas de Hermanos al Rescate para provocar la aprobación
de la Ley Helms-Burton hasta hoy, la élite de poder cubana
ha dado pasos orientados a hacer irreversible, no el socialismo,
sino el actual modelo de socialismo de Estado que impera en el
país.
La intervención
directa o indirecta de cualquier espacio legal que gozara de relativa
autonomía para formular propuestas políticas, la
aprobación de la Ley Mordaza, la supuesta "batalla
de ideas" dirigida a reforzar el régimen de pensamiento
único; la declaración de "inamovibilidad"
legal del sistema (o sea, el cierre definitivo de todo espacio
legal para la posible reforma de aquel), seguida ahora por las
sentencias a más de un milenio en prisión decretadas
para un puñado de opositores pacíficos, marcan hitos
que no pueden ser ignorados por quienes alguna vez tuvimos la
ilusión de impulsar como intelectuales, ciudadanos
o funcionarios una reforma pacífica y gradual del
sistema hacia un nuevo paradigma de socialismo democrático.
Las 75 víctimas
de esta última ola represiva, sea cual sea el grado de
afinidad y cercanía que realmente guardasen respecto a
EE UU (ninguna de las supuestas "evidencias" de la fiscalía
cubana demostraría hasta ahora que fueran sus agentes directos),
sólo tenían por armas sus ideas, viejas máquinas
de escribir, alguna obsoleta computadora y un radio comercial
(como esos que es posible adquirir fuera de Cuba en cualquier
tienda de efectos eléctricos) con capacidad estándar
para escuchar no sólo estaciones AM y FM, sino también
de onda corta. En su inmensa mayoría se mostraban públicamente
críticos con varios aspectos de la actual política
de Washington hacia Cuba, en particular con la persistencia del
embargo comercial. Estos no son los grupos de oposición
armada, suministrados directamente por la CIA, que en los años
sesenta se enfrentaron al entonces naciente poder revolucionario.
Pero recibieron por su actividad intelectual caracterizada
por la proyección plural de diversas ideologías
dentro de su común oposición al poder posrevolucionario
sentencias tan graves como las que se les otorgó a aquellos
alzados en armas hace más de cuatro décadas. Su
"crimen" por el que algunos recibieron condenas
de hasta casi treinta años fue expresar públicamente
ideas que no eran del agrado del poder, en medios de comunicación
que tampoco eran de su agrado. El gobierno los ha situado ahora
en un régimen penitenciario con crueldad calculada, en
lo referente a las infrahumanas condiciones de su encarcelamiento
y las notables distancias de sus prisiones, respecto a la residencia
de sus familiares.
El mensaje es claro:
se tratará "cualquier" disidencia pacífica
con el mismo rigor implacable con el que se aplastaron los intentos
armados de la pasada oposición. Esa postura pone, de facto,
al disidente sistémico y al antisistémico ante los
mismos peligros y desafíos. El sentido de "otredad"
con el que hasta ahora era percibido el último por el primero
ha sido definitivamente eliminado desde la perspectiva del poder.
Ahora toda disidencia incluida la sugerencia de reformar
un régimen que se ha declarado constitucionalmente "inamovible"
será vista y tratada bajo el denominador común de
la intolerante Ley 88 (conocida como Ley Mordaza).
Con ello se replantea
con más fuerza la interrogante de cuál debe ser
la postura de un cubano de izquierdas: ¿continuar contribuyendo
a la construcción de discursos legitimadores de un régimen
con clara vocación totalitaria o recuperar de algún
modo su autonomía de pensamiento y propuesta frente a aquél?
Lo que sigue es un apretado inventario de notas con las que sólo
pretendo darle nuevo impulso al diálogo acerca de la ya
inaplazable necesidad de fundar una nueva escuela de pensamiento
de izquierda para la realidad cubana. Creo que semejante ejercicio
requiere abordar los puntos que expongo a continuación.
En la clásica
historia de Alicia en el país de las maravillas, la protagonista
le pregunta al Gran Gato: "¿Y cómo se sale
de aquí?", a lo que aquél responde: "Eso
depende de a dónde quieras ir". En el caso de la transición
cubana a la democracia, la respuesta a la interrogante ¿cómo
se sale de aquí? depende de la respuesta que demos a aquella
otra: ¿a dónde queremos ir ahora? Eso es lo que
separa a las izquierdas y derechas cubanas (ya que ambas tienen
más de una).
Pese a que todavía
pueden reportar cierta utilidad conceptual para deslindar posturas
en temas claves, el usar conceptos como los de "derechas"
e "izquierdas" para calificar las fuerzas en el interior
del espectro político cubano puede resultar un ejercicio
riesgoso. Nadie es de derechas o izquierdas en estado puro y permanente.
La izquierda y la derecha cohabitan en el gobierno y la oposición
en Cuba. En la izquierda internacional encontramos a aquellos
que se opusieron a la invasión estadounidense a Afganistán,
pero no a la soviética; se quejan de la monopolización
de la economía mundial por unas pocas transnacionales,
pero no el que ejercen los estados totalitarios sobre las economías
nacionales; critican el llamado intento de constituir un "pensamiento
único" en los medios de comunicación de sus
países, e internacionalmente, pero apoyan el actual régimen
de pensamiento y partido únicos en Cuba.
En la derecha es posible
encontrar personas que se oponen con vehemencia a la falta de
libertades en los países comunistas, pero nos dicen poco
o nada de sus violaciones en ciertos regímenes occidentales;
critican el régimen de partido único de los sistemas
totalitarios, pero no les preocupa la distorsión que crean
los financiamientos privados a partidos políticos en sociedades
de mercado; están a favor de promover la filantropía
internacional para aliviar la miseria, pero no los cambios estructurales
necesarios para erradicarla. En resumen: casi todas las personas
y organizaciones en todas partes son de derechas, en ciertos temas,
y de izquierdas (o progresistas), en otros.
Tampoco se trata de
posiciones fijas. Los ciudadanos y sus instituciones pueden tener
ciertas percepciones e ideas que luego se trasforman en su contrario.
En muchas partes, derechas e izquierdas se daban la mano hasta
no hace mucho en su homofobia, y ahora importantes segmentos de
una y otra vienen evolucionando hacia una nueva tolerancia en
este tema.
Resistir los intentos
de una reducida élite de poder de perpetuar el socialismo
de Estado cubano es una política "progresista",
aunque una parte de quienes la asumen tengan ideas de derecha,
respecto a algunos tópicos relacionados con la nueva sociedad
que deberá sustituirlo. En esa oposición progresista
al régimen reaccionario de socialismo de Estado cubano
se da una coincidencia entre diversas tendencias políticas
cubanas que bajo diferentes discursos y proyectos de futuro
convergen en su oposición a la actual realidad nacional.
Existen hoy puntos
de vista progresistas que pueden ser compartidos por todos desde
reformistas sistémicos e intelectuales orgánicos
hasta oposicionistas antisistémicos, acerca de las
condiciones necesarias y reglas de juego pertinentes para "salir
de donde estamos". Entre ellos se encuentran los recogidos
por el Proyecto Varela. Se trata de medidas "progresistas
respecto a la realidad imperante". Liberar a los presos de
conciencia, incluso preparar una amplia amnistía para presos
comunes cuyos "crímenes" no son tales bajo el
derecho internacional. Autorizar la existencia y funcionamiento
de la empresa privada nacional (y no sólo la extranjera,
como sucede ahora); garantizar las libertades básicas de
reunión, conciencia, asociación y expresión;
revisar para enmendar o suprimir la actual Ley Electoral
y otras (Código Penal, Ley de Asociaciones, las regulaciones
sobre la llamada "propaganda enemiga", la Ley Mordaza
etc.), y preparar elecciones "libres" en esas
circunstancias en un plazo no mayor de 12 meses, son aspectos
que pueden ser compartidos por todos.
Ello no significa,
más allá de la superación democrática
del régimen actual, que los propósitos y fines últimos
que motivan a unos y otros sean idénticos. Hay quienes
hoy se oponen al reaccionario régimen cubano con el objetivo
de instaurar en el futuro otro tipo de régimen autoritario:
el de una sociedad de mercado sin responsabilidad ecológica
ni social. Y hay aquellos que lo hacen con el propósito
de sustituirlo por uno genuinamente emancipador. Entre una visión
y otra existen muchas formulas intermedias. La actual oposición
cubana tiene fuertes corrientes democráticas y otras que
no lo son tanto, aunque todas sean antitotalitarias.
El gobierno cubano
procura descalificar como derechistas a todos los que se le oponen
para poder presentarse con una identidad de izquierda, que no
se compadece de sus posturas políticas reaccionarias. Hitler,
Mussolini, Stalin y Franco eran todos antinorteamericanos y proveían
servicios universales de salud y educación a sus pueblos,
pero no por ello lograron pasar a la historia como "progresistas".
Lo que siempre fue progresista per se fue oponerse a esos regímenes,
con independencia de las motivaciones ulteriores que movilizaban
a las diversas y contradictorias fuerzas que se les opusieron.
Sólo un sector fanatizado y seguidista de la izquierda
internacional fue incapaz de comprender entonces ese dato, en
el caso de Stalin, y todavía hoy, medio siglo después,
está pagando el precio político por ello.
Más allá
de la actual oposición a un régimen de vocación
represiva y totalitaria, se bifurcan los caminos con mayor claridad
en una serie de temas cruciales, aunque no en todos. Las futuras
diferencias que acompañarán a la transición
democrática no radicarán, sin embargo, en el viejo
debate sobre la existencia o no de una economía de mercado
y un régimen democrático, sino sobre los fines que
ellos deberían perseguir y las diferentes institucionalidades
requeridas para que se cumplan unos u otros.
La derecha cree que
ambos deben estar en función de garantizar, a corto plazo,
la más libre acumulación de riquezas producidas
de manera privada. Pero la nueva izquierda que va emergiendo tiene
la convicción de que ambos deberían estar en función
de asegurar el avance progresivo hacia una sociedad inclusiva,
pero no igualitaria. Una sociedad realmente participativa, en
lugar de movilizativa como hasta ahora, donde existirán
grandes diferencias de ingresos y niveles de consumo, pero no
marginalidad económica y social.
Mientras la derecha
buscará objetivos alcanzables a corto plazo, los fines
que se planteará la izquierda requerirán de estrategias
de mediano y largo plazo, dado el estado depauperado de los servicios
públicos, la ineficiencia y obsolescencia generalizadas
del aparato productivo y la endeudada renta nacional que se heredará
del régimen actual. Será difícil sostener
los servicios del estado de bienestar cubano asunto que
interesará más a la izquierda que a la derecha
en esas circunstancias, y con una población cuyo envejecimiento
ya se ha acelerado.
Por otro lado, la izquierda
tropezará con un inmenso obstáculo en su labor persuasiva:
el desgaste y desprestigio del ideario de izquierda por su ejercicio
distorsionado e imposición totalitaria durante casi medio
siglo. El ciudadano estará más inclinado a escuchar,
en el corto plazo, a aquellos que prometan libertades de cualquier
tipo (individuales, de empresa) sin cortapisa alguna, que a aquel
otro que le venga a hablar de favorecer las opciones "socialistas"
frente a las "capitalistas neoliberales". Hasta el uso
de conceptos como "izquierda" y "derecha"
sonará sospechoso a restauración totalitaria para
la inmensa mayoría, y probablemente tengan poco valor en
cualquier competencia por ganar la representación ciudadana.
La interrogante acerca de a dónde queremos ir ahora tendrá
que pasar, en lo inmediato, por la reconstrucción de significados
y códigos comunicativos. Pero el tema no se reduce a una
estrategia proselitista. Primero, de veras, necesitamos saber
nosotros mismos a dónde queremos ir, y ello supone entender
y comprender muy bien de dónde estamos saliendo. La sociedad
que deseamos dejar atrás no fue creación de la derecha,
sino nuestra. De aquel amplio sector de la izquierda cubana fuesen
funcionarios o simples ciudadanos que un día dio
su aquiescencia para anteponer los largamente anhelados fines
de justicia social a los procedimientos y principios democráticos.
Decir que las cosas
"tuvieron" que salirnos mal debido a la agresividad
del enemigo, o que todo fue una "desviación"
debido a la "traición" de un grupo de individuos,
es poco riguroso y menos marxista. No estaremos en condiciones
intelectuales ni morales de proponer nuevos rumbos nacionales,
sin antes comprender y admitir por qué obramos
de cierto modo y llegamos a la realidad actual, que ahora deseamos
superar. De todo lo anterior se deduce que pensar a Cuba desde
una perspectiva de izquierda en el umbral del nuevo siglo y milenio,
supone atender, como mínimo, a ocho aspectos:
Hacer el examen crítico
de nuestro pasado colectivo e individual (todos, en una u otra
medida, fuimos responsables, por acción y/o omisión,
de nuestro presente) para evitar incurrir nuevamente en nuestros
anteriores errores, contribuir honradamente a los procesos de
esclarecimiento de la verdad sobre los sucesos en el pasado reciente
en el que ambos bandos cometieron abusos y acudieron a medios
inaceptables para alcanzar sus propósitos y a generar
un genuino proceso de reconciliación nacional respecto
a ellos.
Tener una clara definición
de lo que hoy nos une y separa de la derecha antitotalitaria,
frente a la realidad nacional presente y futura. Imaginar un proyecto
de nación, cuya institucionalidad haga compatible la existencia
de diferencias de ingresos y consumo con la inclusión económica
y la igualdad de oportunidades sociales. Elaborar una nueva concepción
de la soberanía, independencia y seguridad nacionales en
el contexto de los actuales procesos mundiales de globalización.
Proponer los elementos institucionales y jurídicos para
la construcción de un régimen democrático
que sea, a la vez, representativo y participativo.
Afianzar la cultura
política de esa nueva izquierda y de la ciudadanía
en general en el más profundo respeto a la democracia,
la no violencia, la diversidad, la libertad y los derechos individuales
y colectivos, reconstruir los significados y códigos comunicativos
por otros que respondan a las ideas que pretendemos proponer.
Pero los ejercicios
reflexivos que aquí se proponen para poder construir
el proyecto de nación de una nueva izquierda cubana en
el futuro no pueden postergar el cumplimiento de ciertas
obligaciones éticas inmediatas, sin lo cual nadie daría
crédito a sus propuestas. Y el primer deber ineludible
que se plantea a todo cubano progresista (para hoy mismo; no para
mañana) es, precisamente, el de la solidaridad efectiva
con las víctimas de la actual represión contra las
libertades básicas de conciencia, reunión, asociación
y expresión, sea cual sea la ideología que profesen.
Asumir que se trata
de "esos otros que no respetaron nuestras leyes por injustas
que ellas fuesen", es coincidir con la ideología de
aquellos alemanes que deploraban el trato "excesivo"
contra los judíos, pero consideraban que su trágico
destino se realizaba conforme a las soberanas leyes del Tercer
Reich. Por otra parte, el mensaje enviado por el gobierno con
estas sentencias ha revindicado nuevamente el mensaje de Bertolt
Brecht: "hoy vienen por ellos; mañana vendrán
por mí".
Aquellas personas que
aún no han llegado a entender que todo ser humano tiene
derechos inalienables y universalmente reconocidos que deben ser
protegidos, deberían al menos razonar de manera utilitaria
que no escaparán a la represión en las nuevas circunstancias,
a menos que se plieguen sumisamente al diktat oficial. El poder
ya no admite el silencio como expresión de compromiso.
Exige la "pública e incondicional" adhesión
a sus decisiones. Se han venido cerrando o controlando, rigurosamente,
los espacios donde antes era relativamente posible preservar la
autonomía intelectual y personal. El intento de eternizar
el régimen totalitario y su represión ha creado
por si mismo la convergencia coyuntural de una muy
diversa oposición, cohabitada por múltiples visiones,
proyectos e ideologías. Si importante resulta "saber
a dónde queremos ir", no lo es menos esforzarnos juntos
por "salir de donde estamos".
La formulación
de una alternativa de izquierda a la realidad nacional debe comenzar
desde ahora. El miedo a un futuro insatisfactorio no debe paralizarnos
en un presente insoportable. La izquierda cubana, dentro del país,
incluidos funcionarios, militantes, académicos y oposicionistas
afiliados ideológicamente a esa tendencia política,
puede también contribuir en el presente a esa indagación,
a pesar de la permanente asfixia de su autonomía intelectual
por las políticas en curso. Pese a la lamentable lentitud
de nuestro aprendizaje, hemos adelantado en algo: ya sabemos que
no debemos esperar la comprensión de la élite de
poder para reformar el país y que cualquier proyecto de
izquierda para el futuro nacional tiene que incluir la plena vigencia
de todos los derechos humanos universalmente reconocidos y la
democracia para todos, no sólo para los simpatizantes del
socialismo.
El tema a considerar,
sin embargo, no es si una nueva izquierda cubana tendría
asegurada la posibilidad de hegemonizar la futura opinión
pública en su favor y abrir espacio por métodos
democráticos a una sociedad decente que realmente
represente una "superación"(aufheben) de todas
las anteriores. El asunto, como siempre, sigue siendo que intentarlo
es la única opción ética que aún sigue
en nuestras manos.
Tomado de Encuentro
en la red.
|