El pasado 16 de diciembre asistí a un foro organizado en
Valencia por el director de la Editorial Aduana Vieja, Fabio Murrieta
y la presidenta de la Asociación Con Cuba en la Distancia,
Grace Piney Roche titulado "El agujero en la valla". El
tema del mismo, justamente el de la inmigración masiva en
Europa de africanos (norte y subsaharianos) y las escasas posibilidades
de integrarlos en la cultura de Occidente, me parece capital. En
ese mismo foro Murrieta me extendió "Crónicas
occidentales", una antología de artículos de
opinión publicados por el catedrático sevillano Alfonso
Lazo en la edición andaluza del diario español El
Mundo en los últimos cinco años y que la editorial
Aduana Vieja acababa de publicar.
Debo confesar que devoré
los 92 artículos del libro en una noche. Mi entusiasmo
se debía a que por primera veo en negro sobre blanco lo
que muchos pensamos en Europa y que pocos nos atrevemos a decir.
Y de ello, ante todo, la tesis fundamental del libro: la defensa
de la cultura Occidental, de sus valores, sin complejos ni manipulaciones
que es lo que han venido haciendo lo que Lazo llama las "progresías
occidentales" siempre dispuestas a flagelar nuestra cultura,
a desangrarla apostrofándola y a utilizar a grandes masas
que a fuerza de leerles (pues tienen además el poder mediático)
viven sumidas en una supina ignorancia de la Historia y donde
todo se resuelve echándole la culpa al capitalismo, a la
colonización y a los norteamericanos.
Imposible abarcar todos
los temas del libro, pero veamos algunos ejemplos que más
que tesis son clarísimos enfoques de Lazo apoyados exclusivamente
en la verdadera Historia. Ahí está el artículo
"Negreros buenos y malos". Una joya. El autor recuerda
a las progresías que ahora pretenden hacer del mea culpa
de la esclavitud una pesadilla occidental que, si bien Europa
fue responsable del tráfico de 11 millones de africanos
hacia América, las condiciones en que ese mismo tráfico
fue llevado a cabo por los musulmanes, a través del Sahara
y hasta Arabia y el Califato de Damasco, entre el 650 y 1920,
eleva a 17 millones el número de infelices capturados por
"los rapiñeros del Islam. Bastaba con que una caravana
(lo cuenta el cónsul británico en Bengasi en 1875)
perdiera la orientación de pozos y oasis para que cientos
de esclavizados perecieran bajo las dunas del implacable desierto.
Sin contar que, las condiciones de la travesía (a pie,
desclazos, desnudos bajo el hirviente sol y con sólo una
taza de agua y un puñado de maíz) provocó
el doble de víctimas con respecto a los esclavos transportados
por los europeos a través del Atlántico.
Insiste Lazo, en que
tales datos y cifras nunca aparecen en los manuales escolares
de Occidente, siempre "tan exquisitamente correctos con culturas
diferentes a la nuestra". Como también recuerda que
la misma trata era propiciada por los propios africanos que sometían
a la esclavitud y vendían a las etnias que iban, a punta
de lanza, dominando.
El nacionalismo creciente
en las autonomías españolas es otro de los caballos
de batalla del catedrático. Sobre todo, el que ahora en
Andalucía y desde la propia Junta de gobierno pretende
vender la imagen de una Andalucía mora en donde convivían
felizmente las tres culturas, o sea, moros, cristianos y judíos.
Lazo lo aclara muy bien: las fronteras de Al-Andalus, el territorio
de expansión musulmana en la península ibérica,
no coincidió nunca con el trazado actual de la región
autónoma de Andalucía. Pues dicho territorio se
extendía en ocasiones hasta la misma Barcelona y en otras
quedaba reducido al reino de Granada y sus alrededores. O sea,
que tan Al-Andalus fue Salamanca en un momento como Cádiz
en otro.
Y aquí aparece
lo que considero un brillante memento de Lazo: tres pueblos convivieron
en ese territorio, "pero sólo los musulmanes tenían
plenos derechos, mientras cristianos y judíos, situados
en las márgenes, eran tolerados, por los servicios que
prestaban y los impuestos especiales que pagaban".
Lazo recuerda, ahora
que Europa se aplica en borrar toda referencia al cristianismo
histórico en su Constitución, que el Islam nació
como una "religión intransigente". Y que "los
llamados califas perfectos, sucesores directos del Profeta, conquistaron
por la espada medio mundo". Y recuerda que si los soberanos
de Al-Andalus vivieron, en una época, en el disfrute de
la vida, no tardaron en ser destronados por los almorávides,
una secta islámica rigorista que los asesinaron, ocuparon
el territorio y prohibieron todo debate filosófico además
de que obligaron a los judíos a convertirse al tiempo que
no dejaron a un sólo cristiano en la región de la
Andalucía actual. Almorávide en árabe significa
"los consagrados a Dios".
Pero la incongruencia
(e idiotez) de las progresías no tiene límites.
Levantan manifestaciones contra la presencia de bases norteamericanas
en el territorio español y claman, a su vez, porque Madrid
reduzca al máximo el presupuesto militar, así como
el servicio militar. A Rosa Regás, la escritora catalana
siempre a la cabeza de estas progresías, le responde cuando
la misma se preguntaba qué valor tendría la democracia
si miles de ciudadanos gritando en la calle no contaban para que
España se retirara de Iraq: "La respuesta es muy fácil,
querida señora, la democracia no es la policía municipal
contando cabezas de manifestantes, la democracia cuenta votos".
Creo que Lazo resume
muy bien, en su artículo "Jerusalén y Atenas",
lo que para muchos, aunque lo callen es una evidencia. Nos cuenta
que paseando por un parque sevillano se topó con un grupo
de indios navajos que celebraban al aire libre una ceremonia religiosa.
No tardó en descubrir que no eran navajos sino simples
sevillanos adeptos de una de esas tantas tendencias que puso de
moda el New Age.
Concuerda que lo que
allí resultaba evidente era el odio y repugnancia de aquellos
congregados a la cultura Occidental. Y recuerda que poco faltó
para que las progresías (esta vez en Estados Unidos) condenaran
al cadalso a investigadores serios norteamericanos que revelaron
que ciertas etnias americanas (probablemente algunas de las que
evocan con nostalgia los convertidos del New Age) practicaban
el canibalismo. Sin contar la crueldad con que dominaban a otros
grupos y las barbaries que cometían. De eso tampoco hablan
nunca los manuales de Occidente. Pero Lazo está consciente
de su orgullo de Occidental, una sociedad ni peor ni mejor que
las otras. Y en lo que a él respecta nos dice que "en
vísperas de Nochebuena y puesto a elegir, prefiere la Misa
del Gallo a los tambores del Gran Manitú".
Alfonso Lazo,
Crónicas occidentales,
Ed. Aduana Vieja, Cádiz, 2005, 292 pp.
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