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Lo que en Cuba era un lujo aquí resulta una necesidad.
El carro, por ejemplo, era un lujo. Yo conocí a muchísimos
hombres que vivieron felices y muy tranquilos durante toda una
vida y jamás tocaron el timón de un automóvil.
Sin embargo, aquí es completamente imposible vivir sin
(por lo menos) un carro. El automóvil es una necesidad
perentoria. Se necesita carro para trabajar, para hacer los mandados,
para poder convidar a una muchacha a pasear y hasta para ir a
la esquina.
El otro día un amigo me dijo: "¡Chico, tengo
tremendo problema, se rompió el carro de mi señora,
y la verdad es que nosotros con un solo carro en mi casa no podemos
vivir!".
El teléfono es otro artefacto que jamás fue una
necesidad en Cuba. Yo podía pararme en la puerta de mi
casa y dar un grito y todo el pueblo lo escuchaba. Aquí
el teléfono se descompone por dos días y nos parece
que es una tragedia. Aquí hay que tener dos o tres teléfonos
en la casa, una línea particular para los muchachos, y
el celular para cuando estemos en la calle.
El televisor (y no un televisor sino dos o tres) es aquí
una necesidad, sobre todo en momentos de soledad. Donde yo me
crié no había soledad. Todos los familiares y amigos
viviendo cerca, y un parque para reunirme con mil coterráneos
a mi disposición.
Aquí, hasta estar en el "Internet" y recibir
"E- Mails" es una necesidad. Ya usted si le dice a alguien:
"No, yo no estoy en el Internet" es como decirle: "No,
yo no estoy en nada".
Y yo me pregunto: "¿No éramos felices, disfrutábamos
de la vida, de las playas, de los parques, de las amistades, en
la Cuba de antaño, y nos divertíamos sanamente,
sin tan siquiera haber escuchado la palabra "Internet"?".
¡Por favor, si yo conocí guajiros cubanos que vivían
muy felices y no tenían ni luz eléctrica en sus
bohíos con piso de tierra!.
¿Cuál es el mejor invento del mundo? Y la gente
responderá: "El televisor, el fax, la máquina
contestadora de llamadas, el beeper, el celular etc.".
Pero la verdad es que yo vivía más feliz cuando
creía que los mejores inventos eran la quimbumbia, los
trompos, los caniques, los papalotes, el Parque de Güines,
el río Mayabeque y la Playa del Rosario.
Constantemente, en mi entorno, escucho quejas: "Yo no puedo
vivir sin la computadora, sin las tarjetas de crédito,
sin el VCR.".
El otro día llamé a un amigo y me dijo: "Espérate,
te llamo luego, porque ahora estoy loco buscando el control remoto
del televisor". Vaya, como si levantarse del sofá
y encender, apagar, y cambiar los canales, del televisor fuera
un crimen imperdonable.
Y yo opino, y quizás esté loco, que lo difícil,
lo duro, lo grande, no es la falta (por un ratito) de algún
artefacto moderno, lo GRANDE, lo triste, es vivir eternamente
sin el Cabaret Regalías, sin Jueves de Partagás,
sin el Cauto, sin el Hanabanilla, sin Varadero, sin Guanabo, sin
los Tomeguines del Pinar, y sin la jutía. ¡Eso si
es grande!.
¿Saben ustedes qué cosa es un millón de
veces más GRANDE que perder (por unos días, porque
están rotos) el televisor, el carro, el teléfono,
la computadora?: haber perdido PARA SIEMPRE a Leopoldo Fernández,
a Alberto Garrido, a Aníbal de Mar, a Ñico Membiela,
a Barbarito Diez, al Benny Moré, a Mimí Cal, a Edmundo
Amorós, a Roberto Ortiz, a Willy Miranda, a Celia Cruz.
Yo daría todos mis artefactos eléctricos, y los
suyos si fueran míos, por la única verdadera necesidad,
y el único lujo, de los cubanos: LA LIBERTAD DE CUBA.
Mucho más triste que morirse sabiendo que no podemos llevarnos
a la tumba los cachivaches eléctricos modernos es morirse
sin ver la Patria libre. Y no es lo mismo dejar de herencia mil
tarecos que una patria propia y un millón de palmas reales
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